jueves, 2 de septiembre de 2021

RICARDO LEON EN LA ACADEMIA

 Un nuevo semanario, “España”, abre la encuesta: “¿Qué opina usted de la entrada de Ricardo León en la Academia?” Azorín “lee con gusto” sus libros, pero no está conforme con la idea que tiene León del clasicismo. Baroja se encoge de hombros y otros literatos clavan su sátira al responder. Con la entrada en la Academia ha obtenido pasajera actualidad este  escritor mediocre.

Ricardo León no es un hombre, sino un símbolo triste. En la bifurcación dedos Españas, la que surge y la que se derrumba, es el conservador de las viejas zampoñas y los vulgares sistros, el Anticuario Mayor del Reino. La religión de “nuestros mayores”, “las veneradas tradiciones”, “nuestro gran siglo de oro”, tienen en él a un vocero nato. Es el genio del “cliché” y el más hábil remendón que ha parido Málaga.

Hay en Madrid, en un rincón del Rastreo, una perenne feria intitulada “Las Grandiosas Américas”. Aquí van a parar los restos de un naufragio de siglos, lo desechado por la “peña” y es aquel un pintoresco mercado de antiguallas al aire libre. El bargueño apolillado, el traje de luces, castañuelas incompletas, cacharros desportillados de Talavera, grasientas barajas y un paño de altar en trizas todo se junta allí, se funde casi bajo el polvo miserable y la compasión del sol  que presta al pudridero un falso esplendor y como una quimérica vida

¡Las Grandiosas Américas! Sería el titulo digno de las obras del señor León. Una frase deshilachada en Cervantes, tropos usados de Quevedo, un giro de Teresa, el anticuario lo aprovecha todo. Como el siglo es “de oro”, algún brillo le queda entre los dedos y el ágil contrabandista vende bien su nombre de un pasado tan famoso.

PARTES

“La del alba sería”, comienza algún capitulo suyo. ¿No hemos leído ya esta frase en alguna parte? Cervantes, Quevedo, Argensola, Manrique…Grandes partes siempre, las mejores que vienen los siglos. Imitando así lo inevitable, se llega derecho a la Academia.

Los académicos reconocieron enseguida con su instinto infalible de monederos falsos al “hermano en Apolo”. A los cuatro años de aplicada su primera novela, le llamaban. Era un predestinado este escritor de prosa” legitimista, en donde nunca podría desentonar el desacato de un adjetivo enérgico o la peligrosa rebeldía de un tropo original. Benavente, Valle Inclán o Azorín daban irisaciones nuevas a la vieja lengua sublime…Solo Ricardo León brindaba enteramente la garantía de ser mediocre.

Y luego ¡que justo premio a la modestia! Una modestia de capuchino que no ha perdido nada y acepta en nombre de quien alimenta a los uros de corazón y a las aves del cielo, una modestia que recibe el elogio como limosna y la censura como prueba del señor. A un periodista le confiaba sus estupores académicos. El no era digno de penetrar en la santa morada. Vive aterrado de los dones  que le deparan la munificencia del Señor y de Maura.

Por eso avanza en la vida con vuelo tardo y nocturno de mochuelo que va a su olivo sabroso. Arrastra ya los pies por afición a los viejos y desde que le vi comprendo que el Tartufo de Moliere debiera usar lentes gruesos.

VEJEZ

Su estilo tiene la misma vejez artificial y la blandura sin nervio. León no puede negar su origen andaluz. (Un día habrá que estudiar en la literatura española como en la pintura  de la Península “el murillismo”.) Vino Leon de Málaga a Santander para imitar a Pereda; más solo pudo ser un  Pereda apócrifo, adulzorado y sin estridencia.

Luego llegaron los triunfos. España y nuestra pobre América, tan desorientada siempre en sus quehaceres, aplaudieron al autor de Casta de Hidalgos. A favor de este  triunfo se propaga un equivoco que algunos escritores sinceros quisiéramos disipar para siempre: el del taimado amor a los antiguos destinado a aplastar a los modernos. ¿Significa amor el calco minucioso o es intolerable en nec plus ultra que ponen los académicos a toda nueva y espontánea literatura? ¿No se ha repetido ya que si Cervantes  hubiera escribiera un Quijote diferente?

Por fortuna mil urgencias de espíritu, mil inquietudes en sazón han hecho estallar, como granada madura, la retórica antigua. Una juventud admirable-puesto, empero, el oído al murmurar de las fuentes” cervantescas y al “son dulce acordado” del fraile- empieza a escribir en España  como  siente y como  ama , es decir, con magnífica intemperancia.

Esta juventud es precisamente la que aborrece a León y se comprende. León quisiera regresar a los malos años del siglo XIX, prolongar esa literatura pomposa, desmayada y manida que aprendimos con vergüenza a llamar literatura española. ¡Arrojemos, pues, a este simulador de clasicismo, a latigazos!

ERROR

Ya en España los escritores no le hacemos caso. Vive solo amparado en sacristías y propagado en la confesión como un pecado vitando. Error de clérigos que confunden catolicismo eterno y metáforas anticuadas  como si el lirico revolucionario Verlaine no hubiera escrito las más dulces plegarias a su Madre María.

En los últimos años ha publicado poco Leon Parece querer orientarse a más fresca y juvenil literatura. Pero la juventud no se recobra ni se inventa. Acabo de leer una página suya sobre la danza española.

Penoso es verle hablar de gracias y contoneos. Cuando se arriesga a alabar la pierna entrevista y adivinada en un escorzo de sevillana, recordamos con ironía sus novelas morales, para damas proyectas o para hidalgos que murmuran del siglo porque los mortifican la impiedad y la gota. ¡Pobre escritor mohoso! Nos inspira lastima-uy una ligera repulsión- como los niños que no rompieron juguetes, como los jóvenes que no hicieron tonterías para alguna mujer. (Editado, resumido y condensado del libro “Obras Escogidas de Ventura García Calderón”, destacado intelectual peruano que, con sus estudios, rescata los orígenes culturales de este país. Nació por un azar patriótico en Paris, retornó al Perú donde estudió. Posteriormente volvió a Francia en 1905 salvo cortos intervalos por aquí, Rio de Janeiro y Bruselas hasta 1959 en que murió, siempre habitante de la ciudad luz)

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