jueves, 1 de agosto de 2019

VERLAINE Y LA GUERRA

Eramos doscientos escritores, esta mañana, agrupados en torno a la estatua de Verlaine en el Jardín del Luxemburgo. Un cielo de medias tintas, -el cielo que él amaba- un sol decrepito sobre los árboles sin nidos, la elevada perspectiva de las terrazas en cuyas urnas se pudren hojas muertas. Paisaje verleniano y sentimental, muy oportuno para evocar a nuestro más grande maestro
Hace 20 años que murió y hay muchos que no pueden consolarse. Cada año vuelven a dejar rosas. Pero ninguno de los años pasados, revistió tal importancia la ceremonia. Y era singular, casi chocante, el contraste de tantos poetas vestidos algunos de guerreros que venían de celebrar al más pacífico Silvano de la selva interior, cuando sólo parecen tener razón los épicos de cuartel y de plaza pública.
El poeta decía que sólo debe gustar la muerte, según la expresión del libro santo, después de haber rodado sobre los más impuros senos aquella cabeza de niño viejo de niño terrible, sonora de besos y triste de música. Pero, oportunamente murió. ¿Qué hubiera hecho ahora?’ Fue un momento de la sensibilidad francesa. Representaba ese desmayo tan exquisito que todavía dura entre nuestros nervios
Y aunque era un buen loreno de Metz, un chauvinista como le decía orgullosamente a Jules Huret, le hubieran reprochado tal vez hoy que sólo pusiera oídos al rumor de las fiestas galantes y a las melancolías egoístas. Francia, que no había preparado sus arsenales, no preparó tampoco su literatura para la guerra.

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Paul Verlaine: poeta francés de renombre

CANTOS
Solo en estos últimos años siguiendo a Whitman y a Verhaeren, los jóvenes literatos comenzaron a cantar inquietudes y alegrías unánimes. Aquella “torre de marfil” cuyo culto se difundió, precisamente, cuando cantaba Verlaine, se desmorona con las catedrales. Hasta una linda mujer, la condesa de Noailles, como esas amazonas que se cortaban los pechos para pelear mejor, se prepara a entonar el himno terrible de las victorias mutiladas.
Es una guerra para Víctor Hugo y no para Verlaine. Los fatalistas de la critica literaria dirán tal vez que ambos hombres nacieron para simbolizar dos épocas. El Emperador, a toda Francia a caballo. De cumbre en cumbre, el vuelo del águila. ¡Cómo podía evitarse en el tumulto la armonía imitativa, el pleonasmo fanfarrón, el fastuoso orientalismo del adjetivo!
Viendo los cuadros de   Meissonier, se excusan ciertos oropeles de Hugo. Es la suya una literatura estratégica ronca y a veces vacía como el tambor. Pero pasa “el año terrible” y ya parece corresponderle a Verlaine la misión de cantar aquella fatiga del vencimiento. Flota en años que tornaron acerba la sonrisa de Renán, una melancolía ya no pomposa como la de los románticos, sino sincera y sutilísima.
¡Quién mejor que Verlaine simboliza aquella literatura de los cuchicheos en un parque de las confidencias a media voz y a media sonrisa de los desvaídos anhelos cuando los chorros y los cisnes tienen siempre para el poeta la forma del signo que interroga! Después del “tambor mayor” venía el zíngaro.

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Luxemburgo se distingue por su hermosura.

PREFERENCIAS
¿Quiere decir que haya desaparecido para siempre los Musset?. De ningún modo. Sólo hago notar que los poetas de pasado mañana, los que comenzaron a cantar antes de la guerra, frecuentaban de preferencia talleres, fábricas, “ciudades tentaculares”, multitudes en brega.
Mi amigo Barzun sólo quiere escribir poesía simultánea, es decir, que pueda ser declamada por coros como las cantatas de Claudel y que exprese el alma de las muchedumbres. Jules Romains compuso “la plegaria de una calle” … La distracción de los periodistas desocupados era pues la de preguntarse si la futura poesía continuará siendo heroica y multánime. O si, fatigados los poetas de tanta epopeya vivida, volverán a las endechas a Manón.
Por eso esta mañana tenía tan conmovedor aspecto el homenaje. Tal vez era un adiós. El adiós a los Poemas Satornianos, a las Fiestas Galantes. Un asistente, joven cantor de Francia, me aseguraba, para desconsolarme, que Deroulede-buen patriota y mal poeta- había sido más útil que Verlaine. Iba más lejos este hereje. La canción de El Clarín-deciame- la han repetido minutos antes del ataque, millares de soldados frenéticos.

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Palacio de Versalles

Mientras que en este instante nos entumecen y deprimen al recordarlos el exquisito soneto a la amada fogosa o los elásticos ritmos en que el otoño solloza como un violín. Afirmé, on polca fe, la absoluta separación de la Literatura y la oratoria. Junto a los poetas marciales, los épicos urbanos y los salmistas del optimismo existirán siempre los divinos rezagados de la añoranza.
Pero al marcharme por la alameda verleniana, vi que el rostro del poeta en el monumento se parecía singularmente al de aquellos dioses. Termino que, en la espesura de Versalles, están solos, al fin de una ruta abandonada, junto a la perpetua elegía del agua. (Editado, resumido y condensado del libro “Obras Escogidas de Ventura García Calderón”, destacado intelectual peruano que, con sus estudios, rescata los orígenes culturales de este país. Nació por un azar patriótico en Paris, retornó al Perú donde estudió. Posteriormente volvió a Francia en 1905 salvo cortos intervalos por aquí, Rio de Janeiro y Bruselas hasta 1959 en que murió, siempre habitante de la ciudad luz)

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