lunes, 28 de marzo de 2011

AREQUIPA EN EL CORAZON

Como poeta y escritor también destacó José Luis Bustamante y Rivero. Allá por 1947 sacó un libro descriptivo y minucioso al máximo que es un homenaje a la tierra donde nació: Arequipa, con portada del famoso pintor Enrique Camino Brent y varias fotografías impactantes de la blanca ciudad. La edición de la publicación corrió a cargo de otro renombrado intelectual y periodista, Cesar Miró.
A continuación presentamos fragmentos sintetizados y condensados de la obra que, evidentemente, tiene inigualable valor literario e histórico:
Arequipa es la ciudad de las trilogías. Tres épocas, tres razas y tres civilizaciones imprimieron en ella sus signos tutelares. En el paisaje como genios míticos, atalayan su valle tres volcanes. Y en las gentes coraje, llaneza y fe forman la trilogía de las almas.
Tribus collas de las riberas del Titicaca debieron de poblar el privilegiado paraje que, mirado desde el entonces recio imperio del Tiahuanaco, tenía su emplazamiento al otro lado de los montes, esto es, en la vertiente occidental de los Andes: Arequipa en efecto, quiere decir en lengua aimará “detrás de las cumbres”, según la interpretación etimológica de Middendorf.
Probablemente guerreros aborígenes que bajaron del altiplano a la costa fueron sus pobladores iniciales. Hacinamiento primitivo de chozas y rediles. Luengos años, tal vez de paz bucólica. Un día, la furia de un terremoto y el bramar de un monte en llamas. Fuga. Silencio. Espuma gris de piedras calcinadas entre cactus erectus como esqueletos insepultos.
EL MILAGRO DEL MAIZAL
La segunda vez tuvo un amanecer hace ocho siglos. Muchas lunas habían alumbrado la desierta comarca. Sofrenadas sus iras, el volcán señoreaba con ademán piadoso el ancho valle en quietud. Tímidamente, la tierra madre prolongaba en el aire sus corolas silvestres, como anuncio florido de su fecunda gravidez. Sobre la antigua vega, viejas simientes olvidadas reverdecían el milagro de la quinua y el maizal. Tibio era el hábito del viento y diáfana la luz. Y frente al calmo panorama, las pupilas del río, desde su cuenca de lava, reflejaban un cielo serenamente azul
Mayta Capac, el Inca, reinaba por entonces en el Cusco. Floreciente su imperio, quiere agrandarlo en extensión y en poderío. Tras afortunadas campañas con los collas, sus rivales de Tiahuanaco, cruza de largo a largo la meseta del Collao y domina sucesivamente otras poderosas tribus. Cumplida esa etapa de su empresa, busca descanso a la fatiga de sus hombres, se orienta hacia la costa y acampa en el valle risueño del sur. El Misti es el centinela de este campamento indio y en las aguas del Chili sacian los triunfadores sus resecas gargantas ávidas.
LEYENDA INCAICA
Les seduce la idea de quedarse a vivir en medio de ese marco cautivante de belleza plástica. El Inca quechua accede y su asentamiento se esculpe en una frase del dulce idioma nativo: “Ari,  qquepay”, “Esta bien quedaos”. Era el bautizo del nuevo pueblo.
Tal la leyenda incaica de la fundación incaica de Arequipa recogida por Calancha y Garcilaso. Mayta Capac envió desde el Cusco tres mil familias escogidas preferentemente de entre la de los propios jefes y soldados expedicionarios para poblar la comarca. Un racimo de pueblecitos surge alrededor del  núcleo inicial. La Chimba, Yanahuara, Caima, Chilina, Chihuata, Tincu, Tiahuaya y otros.
En las colinas aledañas constrúyense las bellas andenerías de Paucarpata, y Sahuantilla que transforman las laderas en algo así como monumentales escalinatas de terrazas- jardines, donde prosperan sembradíos y arboledas.
Cuatrocientos años más tarde se abre la tercera época. Clareaba el siglo XVI. Don Francisco Pizarro organizaba en Lima para la corona de España los reinos del Perú. Corria el año 1539 cuando los primeros españoles llegaron al valle y asentaron sus reales en medio del elemento aborigen. Era el Teniente Gobernador don Manuel García de Carbajal y fundó la ciudad llamada Villa Hermosa de la Asunción de Arequipa, el 15 de agosto de 1540.
MUY NOBLE Y MUY LEAL
Alrededor de la villa germinó una campiña primorosa, salpicada de caseríos blancos y trabajada por hidalgos de exigua renta  y de cristiano corazón. Multiplicáronse las chacras y los huertos.
Elevada la villa al rango de ciudad por el Emperador Carlos V, el 22 de setiembre de 1541 y dotada de escudo de armas. Mas tarde mereció el título de muy noble y muy leal conferido por el Virrey Toledo. El dictado de Fidelísima fue dado en 1805 por el Rey de España.
Sobre 23,900 habitantes que, según Hipólito Unanue llegó a contar Arequipa en 1794, 15,700 eran hispanos,1,500 indios y 6,700 mestizos. Destacáronse, desde entonces, las dos notas permanentes de la fisonomía arequipeña: agro y criollismo; el paisaje y la sangre; la vocación agrícola y una armoniosa convivencia de sus pobladores. Una sociedad variada pero coherente que había de incubar el fermento de un regionalismo apretado  y heroico en las ulteriores jornadas republicanas.
En esa comunión espiritual del blanco y el cholo tienen su razón de ser los grandes movimientos cívicos de aquella tierra. Durante la colonia fue opaca su actuación porque el régimen absolutista de la época no daba pábulo a las expansiones latentes de la personalidad.
 Pero desde los albores de la Emancipación, el espíritu adormecido del arequipeño parece lanzarse en algo así como un salto de felino a la conquista de una nerviosa  de idealismos desorbitados y de nobles reivindicaciones. Viejos rasgos heredados de los indígenas, sobriedad, misticismo y tesón; individualismo, inquietud y ensueño españoles. Todo ello embebido en esa especie de fuerza cósmica del amor al terruño, que exalta el poder de defensa hasta el sacrificio y el orgullo personal hasta la sublimación
Arequipa durante todo un siglo vive su vértigo de revoluciones. Así se hace rectora, gobierno tras gobierno, de la política nacional. Hay en esta epopeya de cien años un hombre representativo: el Deán Valdivia. Sacerdote y guerrillero, apóstol y político, catedrático y jurisconsulto, astuto y virtuoso, parece suma y compendio de todas las posibilidades energéticas de su pueblo.   Fundador de la Academia Lauretana de Artes y Ciencias, es un enciclopédico y forjador de hombres. Un eminente profesor con diversas especialidades. Un revolucionario y jurista. Un símbolo de Arequipa.
CIUDAD DEL DERECHO Y DE LA LEY
Esa ciudad de corte patriarcal y de desaforados estallidos es también la ciudad por excelencia del Derecho y de la Ley. La vocación a la jurisprudencia originó allí una extraordinaria floración de hombres públicos. De la Facultad de San Agustín salieron abogados, legisladores, magistrados e internacionalistas de renombre nacional: Luna Pizarro, Gómez Sánchez, Martínez, Paz Soldán, Tejeda, Ureta, Quimper, Pacheco, García Calderón y Bustamante.
Bien puede afirmarse que en cada rebelión suya puso el pueblo de Arequipa la promisora lontananza de un mejoramiento local o patriótico, vale decir, de una afirmación del orden jurídico, ya que para restaurar normas violadas, ya para promover el reemplazo de las viciadas o caducas. Y todo ello con una atrayente característica romántica: el desinterés.
Junto a los dos rasgos típicos y aparentemente contradictorios de la psicología arequipeña: la rebeldía y el legalismo, la beligerancia y la academia, la política militante y la especulación racional, hay un tercero que tiene, a mi juicio, su raíz en la doble influencia de la tradición y del medio físico. Es el sentimiento religioso. Arequipa ha sido siempre profundamente creyente.
Arequipa es mística aún al margen de sus gentes por la virtud irresistible de su paisaje. El ambiente invita al éxtasis. Una especie de iluminado panteísmo baña y se infiltra en los seres y en las cosas de su naturaleza circundante.
EL MISTI
El Misti señorea  en su cono gigante la visión de Arequipa. Es como un dios voluble, a un mismo tiempo amenazante y protector. Entre sus pliegues graníticos acoge amorosamente la blanca desnudez de la ciudad. Vive metido en el alma de las gentes.
Las viejas casas de Arequipa están hechas de lava. En  los estratos plutónicos de los aledaños se cantea la escoria petrificada de remotas erupciones; y asi nace, en bloques cúbicos, el sillar, piedra volcánica de acentuado color blanco.
Ciudad y campiña tienen por marco exterior el desierto. Geográficamente hablando Arequipa entra, pues, en la categoría del oasis: un pueblo en un islote de verdura. Todo es árido y yermo a su alrededor: de un lado las montañas solitarias y mudas; de otro lado, la pampa rugosa y escueta. El oasis labra su vida y el hombre cincela su personalidad. Allí se adquiere tesón y autonomía. El oasis tiene sus símbolos vitales: el agua, el árbol, la alegría. Arequipa tiene también los suyos: la acequia, el sauce, las campanas.
Así es Arequipa. Así la evoca a través del lente del recuerdo, mi retina filial. Así se resumen en un puñado de estampas su leyenda, su historia y su carácter. Vieja ciudad patricia, en que buscó solar y encontró asiento, sobre el poblado indígena, la reciedumbre castellana.
Simple ciudad labriega. Campiña multicolor, relumbrante de sol. Laboreo cariñoso del agro, en menudos tablados prolijas y minúsculos huertos colgados, como macetas del balcón de los Andes.
Blanca ciudad sonora. Alero de golondrinas de tañidos y de cantares. Revolar incansable de alegrías y de penas en las agujas de las iglesias y en el campanario de las almas. Campanadas en el día, caudalosas como cascadas de cristal. Campanadas en la noche, finas y distantes como un cascabeleo de estrellas. Sinfonía obsesionante de campanas, en la cual las notas de esta prosa lírica quisieran ser como un repique nuevo, vigoroso y cordial (Jose Luis Bustamante y Rivero)

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