viernes, 6 de julio de 2012

EL HOMBRE DEL MARAÑON


Muchas veces hemos nombrado en este blog al genial periodista, Jorge “Cumpa”Donayre Belaúnde, fallecido en 1996. Inclusive en una oportunidad  publicamos una sentida semblanza de su vida y el famoso poema de su inspiración, “Viva el Perú Carajo”. (Ver archivo: Junio del 2010). En esta oportunidad, lo volvemos a hacer con beneplácito, incluyendo uno de sus artículos aparecidos en el libro “Ellos También Hicieron el Perú”, que sacó a luz la empresa minera Southern Perú en 1989. Aquí descubre la personalidad de un aguerrido peruano que mucho hizo por el país y poco se le conoció: Antonio Mesones Muro.  Vale la pena leerlo por la calidad del personaje que describe y, evidentemente, por el indudable valor periodístico de la nota en sí. El “Cumpa, definitivamente, fue uno de los grandes del periodismo nacional.
En 1990 se cumplirán sesenta años de la muerte de uno de los grandes pioneros de la conquista del Nor Oriente Peruano, Manuel Antonio Mesones Muro, aguerrido explorador,  viajero  rotundo soñador e intrépido visionario ferreñafano.


Antonio Mesones Muro.

A más de medio siglo de su deceso, ocurrido en la capital de Lambayeque, víctima de un proceso de gangrena, pareciera que todo aquello que predijo, que pronostico Mesones Muro, se ha puesto en marcha. Por el abra de Prculla, llamada ahora “Paso de Mesones Muro”, trepa hacia la vertiente oriental, la carretera Olmos-Corral Quemado. Por allí, el punto mas bajo de la Cordillera Norte, viene el oleoducto que trae el petróleo del Oriente.
En el año 1903, Manuel Antonio Mesones Muro deja el estrecho camarote del barco que lo ha traído desde Eten con los papeles, mapas y croquis ordenados en una valija. Viene a Lima y se aloja en el hotel “Francia-Inglaterra”. ¿Cómo va ampliarse ante el terror de recorrer ministerios, oficinas públicas, residencias de personajes, si el es un personaje que venció a la selva?
Vino a la capital con su propio dinero para tratar de convencer a los propios funcionarios del gobierno de que era posible la incorporación al desarrollo y la producción de toda la vasta riqueza del Nor Oriente. Pero ocurre que el fornido lambayecano encuentra que la selva burocrática es más difícil de vencer que la manigua a la que riega el fabuloso Marañón.
En ese entonces, don Manuel Candamo gobernaba el país. En el Ministerio de Fomento escucharon a Mesones Muro. Extendió sus mapas sobre los escritorios, describió el curso de los ríos que había recogido en balsa. “Esta montaña no es inaccesible, porque aquí podemos entrar sin miedo, argumenta Mesones Muro y se encorajina. Les asegura que es posible vencer a la cordillera. “Aquí esta el abra de Porculla, a solo 2,144 metros sobre el nivel del mar. Es posible trazar un camino carretero o un ferrocarril, se pueden aprovechar los enormes caudales de los ríos de la vertiente oriental para regar los desiertos de la Costa norte”
Los técnicos lo escuchan, sonríen desconfiados. Muy buenas sus ideas señor Mesones Muro, lo felicitamos, estudiaremos estos proyectos. Pero esto costaría millonadas de soles, las limitaciones presupuestales, usted sabe. Claro que son programas de gran envergadura, casi sueños, señor Mesones Muro, pero volcar los ríos que están al otro lado, al Huambabamba, esto es una proeza. El viajero de Lambayeque reúne sus papeles, sabe que no le creen. Dos días después aborda en el Callao la lancha del barco que lo llevará de regreso a playas de su tierra. Se siente derrotado.
Un abra, lo dice el diccionario: abra es un hueco o abertura entre dos montañas. Y el abra, cuello a paso de Porculla o Tulte, aparte de ser el punto más bajo de la Cordillera de los Andes en el sector norte ( a una hora quince minutos del desvío de Olmos) en el mismo límite de los departamentos de Lambayeque y Piura, es la majestuosa puerta, entrada o abertura que comunica la Cuenca del Pacífico con la Cuenca del Atlántico.
De su existencia habría tenido noticia muchas gentes, pero su verdadero descubridor, puesto que el diseñó sus innumerables posibilidades, es el explorador ferreñafano Manuel Antonio Mesones Muro.
El afirma: 1º) Que conoce la vía más rápida para llegar al río Marañón, y de allí seguir en barco la navegación hasta Iquitos. 2º) Que por esa vía (caminera o ferrocarrilera) puede traerse toda la vasta producción del Nor Oriente; presume también la existencia de ricas fuentes petroleras. 3º) Sostiene que mediante sistemas de oleoductos que venzan las montañas se puede traer el agua de los ríos nororientales para vaciarlos en los ríos que secularmente riegan los valles costeños y aumentando su caudal, posibilitar nuevas irrigaciones, entre ellas Olmos.4º) Cree que el porvenir del país radica en mucho en la conquista del Nor Oriente.
A  ochenta y nueve años de que Mesones Muro concibiera todo este amplísima esquema de conquistas que había verificado a través de sus viajes y exploraciones, las obras por el él sugeridas están en marcha. La vía Olmos Corral Quemado es estratégicamente, una de las mas importantes de la República (sus bifurcaciones que van hacia el Marañón, hacia –Chachapoyas, hacia Bagua, etc.); llueve en el Nor Oriente y el Norte recibe aquella bendición en el aumento del caudal de sus ríos.

Un libro sobre su vida de Jose Mejía Baca


Conocido como el “Hombre del Marañón”, porque ´el, en efecto, conquistó el futuro de este río, domeñó sus rabiones y sus pongos, le arranco sus secretos. Demostró que por su camino de guas y corrientes, el futuro hombre del Perú podría llegar hasta Iquitos, partiendo desde las costas de Lambayeque.
Mesones Muro dijo que era posible llegar desde el puerto de Eten, en el mar mochica, hasta el río Marañón en cuatro días de jornada. Lo que entonces camino a pie entre el fango de la selva a ratos, y a veces a lomo de bestia, sería en el trazo ideal, la ruta férrea con que allá por 1900 se pretendía unir la Costa con la Selva.
El distinguido escritor lambayecano, José Mejía Baca, publicó el hermoso libro “El Hombre del Marañón, con el cual se propuso rescatar del olvido, la figura y la obra de este visionario norteño. El  documento detalla todos los sueños de Mesones Muro, cálidos como su tierra; sus proyectos tildados en su nombre de fantásticos, sus expediciones, sus fracasos, sus triunfos y  alegrías.
Junto al camino que penetra en la espesura, al lado de los tubos que trae el petróleo, transita el espíritu precursor de Mesones Muro, señalando rumbos y sembrando hitos.
Refiere el historiador Raúl Porras Barrenechea que Mesones Muro “encarna uno de los más bellos audaces y desinteresados empeños en atar con el firme lazo de las rutas terrestres la Amazonía al haz de la nacionalidad”. Y, añade luego que, “Obsesionado por llegar al Dorado Amazónico por el trazo más corto, se lanzó al mundo de la aventura que es la selva, reviviendo en su fuerte personalidad el coraje de vivir y de soñar que tenían los quiméricos exploradores del siglo XV”

Igualmente, al prologar la obra de Mejía Baca, Porras dice lo  siguiente de los hombres lambayecanos: “El ambiente del Norte es de alegría continua. Su propia religiosidad no tiene más proyecciones que las del día de fiesta, el santo, el jolgorio, liturgia de cera y chicha. En este ambiente de procesión y de banda de músicos, de castillos, de cohetes y de jarana criolla, surge a veces el aire dolorido y triste de la Chongoyapana (Si porque tienes amores, ya no me quieres). O la parranda se interrumpe porque ha pasado por el umbral de la fiesta una figura grave y severa, obsesionados los ojos y el alma por una idea avasalladora. El hombre del norte que se olvida de la fiesta criolla, para pensar en ese deber profundo que es la patria, se llama Manuel  Antonio Mesones Muro.
La historia de unir la costa con la amazonia a través de los puntos aparentemente más bajos de la Cordillera de los Andes situados en los departamentos de Piura y  Lambayeque se remonta a 1830. Se hicieron desde entonces muchos estudios, se lanzaron numerosas iniciativas, se suscribieron contratos que más tenían de quimera y fantasía que de realidad. Hasta que alla por 1901 surgió una idea más seria y ponderada; una ley autorizó a que se proyectará una vía férrea que, partiendo de Paita, pasara por la sierras de Huancabamba, salvara el turbulento Pongo de Manseriche y llegara a la planicie selvática del Nor Oriente. Se encargo este proyecto a Jorge von Hassel.
Casi de inmediato, Mesones Muro publica una carta en el diario “El Comercio” y en ella sostiene con respeto y conocimiento que por Olmos había una ruta más cercana y un paso más bajo en la Cordillera de los Andes. Sus categóricas afirmaciones reflejaban a un profundo conocedor de la zona, un  caminante con las botas llenas de barro y de aventuras.
Y lo que más llamó la atención es que Mesones Muro se atrevió a decir que él mismo en el comando de la expedición, llegaría al Marañón partiendo de Eten en una jornada de cuatro días.
En mayo de 1902, Mesones Muro acompañado por el etnólogo alemán Enrique J. Brunning y el hijo Eduardo de Habich (hijo), emprendieron la gran aventura de poner a prueba su afirmación. Solo ellos tres, más cuatro nativos y una piara de bestias que conducían las vituallas.
Partieron de Eten, siguieron por las pampas de Olmos, salpicadas de huarangos, cactus y piedras. Comenzaron a trepar la Cordillera de los Andes y ratificaron que a solo 2,144 metros de altura estaba el Abra de Porculla. Desde aquel punto, teóricamente, podían verse frente a frente las dos cuencas del Pacífico y del Atlántico. Ellos bajaron hacia las sierras de Cajamarca por Pucara y Chamaya, pasaron por Jaén y llegaron a Bellavista a orillas del Marañón
Pero no quedó allí la hazaña de Mesones Muro y sus amigos, proeza que había seguido el país día a día, pues él había prometido también salvar el Pongo de Manseriche. Decía que era navegable. Y en una precaria balsa de palos iniciaron y cumplieron el recorrido viendo a ambos lados las gargantas graníticas de la montaña llamada Assahuaccanqui que los reclamaba con amenaza.
El tiempo se encargo de verificar la posibilidad de tender una carretera donde Mesones Muro pensó que podía construirse una vía férrea. Cuando se hizo realidad el proyecto carretero, el tramo entre Chiclayo, Jaén o Bellavista se podía cubrir en cinco o seis horas. Hoy la carretera lleva su nombre.
Explorador incansable, Mesones Muro demostró un increíble espíritu de sacrificio. Su meta esta vez era irrigar Olmos, y en su afán de convencer crédulos e incrédulos sobre las posibilidades de su proyecto, recorrió diversas oficinas públicas. Tocó muchas puertas y gastó su propio dinero.
Hasta que en 1930, rodeado por su esposa y sus hijos, doblegado por la  diabetes que se convierte en gangrena, expira un día de octubre, auxiliado por un misionero que le oye decir a media voz: “es azul el cielo de la selva, me voy a dominar los rabiones del Manseriche”.
Hoy que llega ala Costa el petróleo de la selva y que las pampas de Olmos se cubren de vegetación, aún sigue rondando por el desierto y la espesura, el espíritu triunfal del ilustre e incomprendido caballero de Ferreñafe.  (Jorge Donayre Belaúnde)

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