martes, 17 de julio de 2012

LAS ULTIMAS HORAS DEL BISMARCK

Este es uno de los episodios más dramáticos de la Segunda Guerra Mundial. El hundimiento del más potente y moderno acorazado del orbe que salió, sin ser observado  del mar Báltico, acompañado por otro crucero pesado y con el objetivo de atacar los convoyes aliados. En su primera acción, el Bismarck hundió al  navio que constituía el orgullo de la Marina de Guerra inglesa, el poderoso Hood. Con ello se inició una de las mayores epopeyas de la guerra naval, que terminó con el hundimiento del Bismarck. Veamos lo último:
Tras el hundimiento del Hood y la fuga del Prince of Wales, la atmósfera a bordo del Bismarck, en mayo de 1941, era exultante. La eficaz defensa contra los aviones del Victorius y el hecho de haber logrado desorientar a los cruceros que lo seguían, acrecentaron todavía más esta sensación de triunfo entre los hombres de la tripulación.
Sin embargo, el Almirante Lutjens consideró oportuno cortar un poco las alas a aquella exagerada alegría y puesto que aquel domingo coincidía con su cumpleaños, poco antes del medio día habló, brevemente, a sus hombres.
En un sobrio lenguaje militar, les agradeció las felicitaciones que le habían presentado y después pasó a exponer sus puntos de vista. Tras haber elogiado el magnífico espíritu de disciplina y del sentido del deber, que acababan de dar tan buenos frutos, hizo observar que lo peor aún estaba por llegar, puesto que cada una de las unidades de la Escuadra inglesa había recibido la orden de “ajusticiar” al navío  que acaba de hundir al Hood.



El Bismarck
.
VENCER O MORIR
Por lo tanto, ahora se trataba de “vencer o morir”. Pero antes de irse a pique, el Bismarck haría que le precedieran al fondo del océano, un buen número de buques enemigos.
Con estas palabras, el Almirante intentaba evitar que la tripulación se abandonase a una excesiva confianza y que, por el contrario, adoptara una actitud mental más realista. Conducta ésta quizá no demasiado afortunada. Pues lo cierto es que destruyó el buen espíritu que reinaba, difundiéndose entonces entre la tripulación una sensación de desaliento, que pronto alcanzó a todos los niveles, desde el más alto al más bajo.
Por lo que respecta a los oficiales, cuanto más examinaban la situación en que se encontraba el Bismarck, más profundo era su pesimismo. Los más veteranos, hablando con sus colegas más jóvenes, decían explícitamente que ya no creían en la existencia de un “camino de salida”. 
DESCONFIANZA
Los suboficiales, por su parte, se presentaban en sus puestos de servicio con los chalecos salvavidas, aunque estaba prohibido llevarlos sobre el uniforme habitual. Los marineros empezaron a murmurar, a desconfiar y a cumplir sus tareas con menos entusiasmo y hasta con descuido.
Frente a esta conducta de la tripulación, los oficiales superiores decidieron adoptar una actitud de firmeza. Hablaron con sus hombres, dándoles a entender la diferencia que existe entre el orgullo por el éxito alcanzado y la capacidad de valorar los términos de la situación. Con ello lograron elevar un poco la moral.
No se sabe si el tono del mensaje de Lûtjens se debió simplemente a una desgraciada elección de las palabras o si, en cambio, exponía con franqueza su personal escepticismo respecto a la situación táctica del Bismarck. Sin embargo, no puede descartarse la idea de que el Almirante,que conocía a fondo la situación política alemana intuyera, de alguna forma, que el fin de Alemania era inevitable y que aún más breve seria la existencia de su navío. Lo cierto es que muy pronto en el Bismarck la atmósfera se hizo tensa.
APARECE UN HIDROAVION
En el transcurso de las treinta horas siguientes, el acorazado continuó navegando a toda velocidad rumbo  a la costa francesa, sin que los ingleses tuvieran conocimiento de su posición o de sus intenciones.
Pero el lunes por la mañana, a las 10.30, el Bismarck avistó un hidroavión inglés en un jirón de cielo sereno y abrió fuego contra el aparato. El hidroavión desapareció rápidamente entre las nubes. Pero el Bismarck-que tal vez hubiera podido evitar su identificación gracias a una segunda chimenea fingida y al hecho de conocer las señales inglesas- había traicionado su identidad y posición al disparar inútilmente contra el aparato.
Desde ese momento era obvio que el enemigo atacaría desde el aire y que los aviones procederían del Ark Royal, el portaviones inglés con base en Gibraltar. El día transcurrió en una sucesión de continuos y rápidos cálculos, a fin de establecer la probable posición del citado portaaviones.
Finalmente a las 20.45 sonó la alarma aérea. Los aviones del Ark Royal llevaron a cabo dos ataques con torpedos, apareciendo por todas partes, entre las nubes, y lanzándose en picada  sobre los alemanes.
Un torpedo hizo blanco en el centro del buque, pero sin provocar daños. En cambio el segundo averió los timones en forma irreparable, bloqueando el de estribor en un ángulo de 15 grados. A partir de este momento, el Bismarck ya no pudo ser gobernado.



El buque en primero plano.

SACUDON
Este torpedo, que había estallado junto a los timones, sacudió el buque de tal forma que el casco sufrió una violenta vibración. Incluso en la sala de maquinas, las planchas del puente volaron por los aires. Poco después, el agua irrumpió en la sala a través de las escotillas de las escaleras del lado izquierdo y nubes de vapor y humo saturaron el recinto, hasta que se consiguió disiparlas mediante la ventilación artificial.
Los compartimentos situados en la popa empezaron a inundarse. No obstante, los hombres que en ellos se encontraban pudieron ser salvados. En cuanto a los carpinteros y el personal de reparaciones, ellos lograron abrirse paso hacia aquel lugar.
Pero la mar gruesa hacía cabecear el buque de una forma tan violenta que resultó casi imposible mantener el equilibrio en el agua que se precipitaba a través de la apertura de la puerta estancada.
Entre tanto, se estaban considerando y estudiando todos los posibles sistemas capaces de devolver al navío, aunque fuera temporalmente, su capacidad de maniobra. El Comandante del buque, Capitán de Navio Lindemann, recibía los informes del Jefe de Maquinas, Lehmann, quien se hallaba en contacto ininterumpido con las escuadras de reparación y de socorro.
TIMON AVERIADO
Reinaba una intensa actividad, todos hablaban, gesticulaban y en un determinado momento, el propio Jefe de Maquinas abandonó la cabina, se alejó  e hizo un gesto de renuncia. Sin embargo, poco después, los técnicos lograron poner en funcionamiento el timón auxiliar
Pero el timón averiado no se movía un milímetro. El estado del mar hacia imposible cualquier intento de cortarlo con sierras submarinas. Por otra parte, la idea de cortar el timón por debajo, mediante el empleo de cargas explosivas,  fue rechazada  a  causa de la proximidad de las hélices. Por lo tanto, puesto que el timón averiado era inamovible, todo intento de emplear el auxiliar fue abandonado por considerarlo superfluo.
Pese a todos los esfuerzos que se hicieron para  intentar dirigir el buque mediante las hélices, no se consiguió ningún resultado positivo, pues se vió que era imposible mantenerlo en ruta hacia el Sudeste. Por lo tanto, fue preciso poner proa, a velocidad reducida, precisamente hacia donde se encontraba el enemigo.


 
Navegando

POSIBILIDADES
El navío era de sólida construcción y tal vez el timón averiado se habría podido arrancar de la popa mediante explosivos y sin dañar las hélices. Pero los oficiales responsables no quisieron correr este riesgo. Ni tampoco intentaron colocar un flotador para estabilizar la ruta. Cuesta aceptar que, con tres hélices en condiciones de impulsar el Bismarck a 28 nudos, no quedara alternativa que la de ir derechos hacia el enemigo a velocidad reducida.
En el transcurso de aquella noche, los destructores ingleses aparecieron una vez más aproximándose para lanzar sus torpedos. Más el fuego de los cañones del Bismarck fue tan eficaz que ninguno de los buques atacantes logró hacer blanco ni una sola vez.
Pero a las 8.45 se inició un enérgico ataque coordinado de todos los buques ingleses. Había empezado el último combate del Bismarck. Dos minutos después, el acorazado alemán respondió al fuego de los navios británicos y su tercera salva centró al Rodney. Esta precisión no podía durar mucho, dada la continua lucha contra el mar y contra un enemigo enormemente superior que ya atacaba en tres direcciones, el fuego del Bismarck forzosamente había de empeorar.


Efecto de los ataques.

DESTROZOS
Al poco rato de iniciada la batalla, la estación de tiro que se encontraba a la altura del palo de la proa, fue destrozada. A las 9 y dos minutos, las torres de proa, con su armamentro principal quedaron fuera de combate. Otro proyectil destruyó el puesto director de tiro de proa, y el de popa siguió la misma suerte inmediatamente despues, lo que constituyó el fin de las instalaciones de dirección de tiro.
Durante cierto tiempo, las torres posteriores siguieron disparando. Pero alrededor de las 10, los cañones del Bismarck fueron, definitivamente, reducidos al silencio. Por los conductos de la ventilación bajaba agua. Evidentemente, las salvas enemigas estaban cayendo muy cerca del buque, inundando los puentes.
Al cabo de poco tiempo empezó a penetrar entre los ventiladores un humo rojo amarillento. Todos, a bordo, se pusieron caretas antigases. Era, evidente, que en alguna parte, se había declarado un incendio importante.
El fragor del combate se fue haciendo cada vez más irregular, hasta cesar del todo, dando paso entonces a una serie de esporádicas explosiones. Incluso el telégrafo del puente de mando dejó de sonar. 

No hay nada que hacer.


PREPARACION
Las tres salas de maquinas estaban llenas de humo, que procedía de la sala de calderas. Pero, afortundamente, ninguna granada había perforado aún la coraza que protegía dichas maquinas y los generadores eléctricos
Hacia las l0.15 de la mañana, el jefe de maquinas ordenó la preparación del buque para el hundimiento. Inmediatamente toda la instalación para la transmisión de órdenes, dejó de funcionar.
La sala de turbinas estaba funcionando todavía lentamente. La siguiente orden que se cumplió fue conectar las cargas explosivas. Todos abandonaron la sala y, al poco tiempo, los puentes interiores saltaron por los aires de un modo perfecto.
Después reinó una extraña paz parecida a una tarde festiva de un puerto. Sólo rompía el silencio el fragor de las explosiones bajo cubierta de las cargas de demolición que actuaban. Por todas partes se levaban penachos de humo y se veía el resplandor rojio de numerosos incendios.
Un numeroso grupo de marineros en popa, que no habían recibido instrucciones, no tenían idea de lo que iban a hacer. Los exhortaron  a la calma y el orden. El portillo metálico de la escotilla que llevaba a los puentes superiores había quedado bloqueado y semicerrado.
SE NECESITABA RAPIDEZ
Los hombres que llevaban las caretas antigas y los chalecos salvavidas sólo odian salir lentamente y con grandes dificultades. Se les dio la orden de tirar el ya completamente inútil equipo de combate y de deshinchar los chalecos salvavidas. Asi las operaciones de salida se desarrollaron de una forma mucho más rápida.
Algunos aspirantes y más de 100 suboficiales y marineros se reunían entre las dos torres posteriores. Pero en el centro del navío flotaba una densa cortina de humo que  impedía ver lo que sucedía en proa. Sólo el palo mayor surgía entre la espesa humareda. La bandera ondeaba todavía en el mástil de popa y los tubos de los cañones destacaban oscuros, contra el cielo. Uno de ellos destrozado por una explosión.
Entre tanto, el buque si iba hundiendo considerblemente. Los hombres que quedaban tomaron algunas medidas propias de la situación: permanecer cerca del agua, mantener la calma, no desalentarse y ser prudentes en el curso del interrogatorio a los que le sometería el enemigo si caían prisioneros. Hasta que se abandonó el buque

El hundimiento

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EL HUNDIMIENTO
Inmediatamente, el navio escoró hacia babor. El tracanil se ocultó bajo la superficie del agua y, en cambio, emergió la aleta estabilizadora. Tras una dramática pausa, el Bismarck dio la vuelta y  se pudo observar el casco que no había sido dañado por los torpedos. Después, lentamente, la proa se levantó y, de popa, el Bismarck se hundió en los abismos.
Un crucero inglés se aproximó. Se trataba del Dorsetshire, que se acercó a los restos del naufragio y se detuvo para recoger a los sobrevivientes. Unos 85 hombres, de los 400 que estaban en el agua, fueron puestos a salvo. El buque se alejó a toda maquina, dejando en el agua a varios porque creyeron que   los alemanes podrían aparecer y atacar. Solo temor. Nadie había por allí.
Más tarde el destructor Maori recogió a los hombres. Al cabo de dos días, muchos hombres fueron salvados por un barco metereológico alemán y por un crucero español. De los 2,200 marineros del Bismarck, 115 sobrevivieron. De cien oficiales, solamente dos de ellos. La derrota de los alemanes era una realidad. (Sacado, editado, resumido y condensado de la Revista “Así Fue la Segunda Guerra Mundial”)

Lo que finalmente quedó.




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