martes, 11 de septiembre de 2012

UNA DE LAS TRADICIONES


El tema  enteramente pícaro. Un reirse de las costumbres legales.  La lectura fácil. Mucho de historia, mucho de anécdota. Así, precisamente, así eran los relatos de Palma en su obra cumbre. La más conocida, evidentemente, “Tradiciones Peruanas”. Colgamos a continuación, para deleite de nuestros lectores, una de ellas que lleva como título: "Don Dimas de la Tijereta". Cuento de viejas que trata de cómo un escribano le ganó un juicio al diablo.
Erase que era y el mal que se vaya y el bien se nos venga, que allá por los años del pasado siglo existía en pleno portal de Escribanos de las tres veces coronada ciudad de los Reyes del Perú, un cartulario de antiparras cabalgadas sobre nariz ciceroriana, pluma de ganso u otera ave de rapiña, tintero de cuerno, greguescos de paño azul a media pierna, jabón de tiritaña y capa española de color parecido a Dios en lo incomprensible y que le había legado por legítima herencia pasando de padres a hijos durante tres generaciones.
Conocíale el pueblo por tocayo del buen ladrón a quien don Jesucristo dio pasaje para entrar en la gloria; pues nombráse don Dimas de la Tijereta, escribano de número de la Real Audiencia y hombre que, a fuerza de dar fe, se había quedado sin pizca de fe, porque en el oficio gastó en breve la poca que trajo al mundo.
Decíase de él que tenía más trastienda que un bodegón, más camándulas que el rosario de Jerusalén que cargaba al cuello, y más doblas de a ocho, fruto de sus triquiñuelas, embustes y trocatintas, que las  que cabían en el último galeón que zarpó para Cádiz y que daba cuenta La Gaceta. Acaso fue por él por  quien dijo un caquiversista lo de
un escribano y un gato
en un pozo se cayeron;
como los dos tenian uñas
por la pared se subieron
Fama en que a tal punto habíanse apoderado del escribano los tres enemigos del alma, que la suya estaba tal de zurcidos y remiendos que no la reconociera su Divina Majestad, con ser quien es y con haberlo creado.Y tengo para mis adentros que si le hubiera venido en antojo al Ser Supremo llamarla a juicio, habría exclamado con sorpresa: -Dimas, ¿qué has hecho del alma que te di?
Ello es que el escribano, en punto a picardías era la flor y nata de la gente del oficio, y que si no tenía el malo por donde desecharlo, tampoco el ángel de la guarda hallaría asidero a su espíritu para transportarlo al cielo cuando le llegara el  lance de las postrimerías
Cuentan de su merced que siendo mayordomo del gremio en una fiesta costeada por los escribanos, a la mitad del sermón acertó a caer un gato de la cornisa del templo, lo que perturbó al predicador y arremolinó al auditorio. Pero don Dimas reestableció al punto la tranquilidad, gritando:- No hay motivo para barullo, caballeros. Adviertan de que el que ha caído es un cofrade de esta ilustre congregación, que ciertamente ha delinquido en venir un poco tarde a la fiesta. Siga ahora su reverencia con el sermón.
Todos los gremios tienen por patrono a un santo que ejerció sobre la tierra el mismo oficio o profesión; pero ni en el martirologio romano existe santo que hubiera sido escribano, pues si lo fue o no lo fue San Aproniano está todavía en veremos y proveeremos. Los pobrecitos no tienen en el cielo camarada que por ellos interceda.
Mala pascua me dé Dios y sea la primera que viniere, o deme longevidad de elefante con salud de enfermo, si el retrato así físico como moral de Tijereta, ha tenido voluntad de jabonar la paciencia a miembro viviente de la respetable cofradía del ante mi y el certifico. Y hago esta salvedad digna de un lego confitado no tanto en descargo de mis culpas, que no son pocas, y de mi conciencia de narrador, que no es grano de anís, cuanto porque ésa es  gente de mucha enjudia, con la que ni me tiro ni me pago, ni le debo, ni le cobro. Y basta de dibujos y requiloquios, y andar andino, y siga la zamba, que si Dios es servido, y el tiempo y las aguas me favorecen, y esta conseja cae en gracia, cuentos ha de enjaretar a porrillo y sin más intervención de cartulario. Ande la rueda y coz en ella.
II
No se quien sostuvo que las mujeres eran la perdición del género humano, en lo cual, mía la cuenta si no dijo una bellaquería gorda como el puño. Siglos y siglos hacen que a la pobre Eva, le estamos echando en cara la curiosidad de haberle pegado un mordisco a la consabida manzana, como si no hubiera estado en manos de Adán que era a la postre un pobrete educado muy a la pata la llana, devolver el recurso por improcedente; y eso  que, en Dios y en mi anima, declaro que la golosina era tentadora para quien siente rebullirse una alma en su almario. ¡Bonita disculpa la de su merced el padre Adán! En nuestros días la disculpa no lo salvaba de ir a presidio, maguer barrunto que para prisión basta y sobra con la vida asaz trabajosa y aporreada que algunos arrastramos en este valle de lágrimas y pellejerías. Aceptemos también los hombres nuestra parte de responsabilidad en una tentación que tan buenos ratos proporciona y no hagamos cargar con  todo el mochuelo al bello sexo
¡Arriba piernas,
Arriba zancas!
En este mundo
Todas son trampas
No faltará quien piense que esta digresión no viene a cuento. ¡Pero vaya si viene!. Como me sirve nada menos que para informar al lector que Tijereta dio a la vejez, época en que hombres y mujeres huelen no a patchouli, sino a cera de bien morir, en la peor tontura en que puede dar un viejo. Se enamoró hasta la coronilla de Visitación, gentil muchacha de 20 primaveras, con un palmito y un donaire y un aquel capaces de tentar al mismísimo general de los padres beletmitas, una cintura pulida y remonona de esas de mirame y no me toques, labios colorados como guindas, dientes como almendrucos, ojos como dos luceros y más matadores que espada y bastó en el juego de trecillo o rocambor. ¡Cuando yo digo que la moza era un pimpollo a carta cabal!
No embargante que el escribano era un abejorro rescatado de bolsillo y tan pegado al oro de su arca como uin ministro a la poltrona y que en punto a dar no daba ni las buenas noches, se propuso domeñar a la chica a fuerza de agasajos: y ora la enviaba unas arracadas de diamantes con perlas como garbanzos, ora trajes de rico terciopelo de Flandes, que por aquel entonces costaba un ojo de la cara. Pero mientras más derrochaba Tijereta, más distante veía la hora en que la moza hiciese con él una obra de caridad y esta resistencia traílo al retortero.
Visitación vivía en amor y compañía con una tía vieja como el pecado de gula, a quien años más tarde encorzó la Santa Inquisición por rufiana y encubridora, haciéndola pasear en las calles en bestia de albarda, con chilladores delante y zurradores detrás. La maldita zurcidora de voluntades no creía, como Sancho, que era mejor sobrina mal casada que bien abarraganada; y endoctrinando pícaramente con sus tercerías a la muchacha, resultó un día que el pernil dejó de estarse en el garabato por culpa y travesura de un pícaro gato. Desde entonces si la tía fue el anzuelo, la sobrina mujer completa ya según las ordenanzas del birlibirloque, se convirtió en cebo para pescar maravedises a más de dos y más de tres acaudalados hidalgos de esta tierra.
El escribano llegaba todas las noches a casa de Visitación y después de notificarla un saludo, pasaba a exponerla el alegato de bien probado de su amor. Ella le oía cortándose las uñas, recordando a algún boquirubio que la echó flores y piropos al salir de la misa de la parroquia, diciendo para su sayo:
 -Babazorro, arróparte que sudas, y limpiate, que estás de huevo-o canturreando:
No pierdas en mis balas,
Carabinero,
Porque yo soy paloma
de mucho vuelo.
Si quieres que te quiera,
me has de dar antes
aretes y sortijas,
blondas y guantes
Y asi atendía a los requiebros y carantoñas de Tijereta como la piedra berroqueña a los chirridos del cristal que en ella se rompe. Y asi pasaron meses hasta seis, aceptando Visitación los alboroques, pero sin darse a partido ni revelar intención de cubrir la libranza, porque la muy taimada conocía a fondo la influencia de sus hechizos sobre el corazón del cartulario.
Pero ya la encontraremos caminito de Santiago, donde tanto resbala la coja como la sana
III
Una noche en que Tijereta quiso levantar el gallo a Visitación, o lo que es lo mismo, meterse a bravo, ordenóle ella que pusiese pies en pared, porque estaba cansada de tener ante los ojos la estampa de la herejía que a ella y no a otra se asemejaba don Dimas. Mal pergeñado salió éste, y lo negro de su desventura no era para menos, de casa de  la muchacha; y andando, andando, y perdido en sus cavilaciones, se encontró, a obra de las doce, a pie del cerrito de las Ramas. Un vientecillo retozón, de esos que andan preñados de romadizos, refresco un poco su cabeza y exclamó:
-Para mi santiguada que es trajín el que llevo con esa fregona que la da de honesta y marisabidilla cuando yo se me de ella milagros de más calibre que los que reza el Flos-Sanctorum. ¡Venga un diablo cualquiera y llévese mi almilla en cambio del amor de esa caprichosa criatura.
Satanás, que desde los antros más profundos del infierno habia escuchado las palabras del plumario, tocó la campanilla y al reclamo se presentó el diablo Lilit. Por si mis lectores no conocen a este personaje, han de saberse que los demonógrafos, que andan a vueltas y tornas con las Claviculas de Salomón, libro que leen al resplandor de un carbuncio, afirman que Lilit, diablo estampa, muy zalamero y decidor, es el correveidile de su  Majestad Infernal.
-Ve Lilit, al cerro de las Ramas y extiende un contrato con un hombre que allí encontrarás, y que abriga tanto desprecio por su alma, que la llama almilla. Concédele cuanto te pida y no te andes con regateos, que ya sabes que no soy tacaño tratándose de una presa.
Yo, pobre y mal traído narrador de cuentos, no he podido alcanzar pormenores a cerca de la entrevista entre Lilit y don Dimas, porque no hubo taquígrafo a mano que se encargase de copiarla sin perder punto ni coma. ¡Y es lástima, por mi fe! Pero baste saber que Lilit, al regresar al infierno, le entregó a Satanás un pergamino que, fórmula más o menos, decía lo siguiente:
“Conste que yo don Dimas de la Tijereta, cedo mi almilla al rey de los abismos en cambio del amor y posesión de una mujer. Item me obligo a satisfacer la deuda de la fecha en tres años. Y aquí seguían las firmas de las altas partes contratantes y el sello del demonio.
Al entrar el escribano en su tugurio, salió a abrirle la puerta nada menos que Visitación, la desdeñosa y remilgada Visitación que ebria de amor se arrojó a los brazos de Tijereta. Cual es la campaña, tal la badajada.
Lilit habia encendido en el corazón de la pobre muchacha el fuego de Lais, y en sus sentidos la desvergonzada lubricidad de Mesalina. Doblemos esta hoja que de suyo es peligroso extenderse en pormenores que pueden tentar al prójimo labrando su condenación eterna, sin que le valga la bula de Meco ni las de composición.
IV
Como no hay plazo que no se cumpla, ni deuda que no se pague, pasaron, día por día tres años como tres berenjenas y llegó el dia en que Tijereta tuviese que hacer honor a su firma. Arrastrado por una fuerza superior y sin darse cuenta de ello, se encontró en un verbo transportado al cerro de Las Ramas, que hasta en eso fue el diablo puntilloso y quiso ser pagado en el mismo sitio y hora en que se extendió el contrato.
Al encararse con Lilit, el escribano empezó a desnudarse con mucha flema, pero el diablo le dijo:
-No se tome vuesa merced ese trabajo que maldito el peso que aumentará a la carga la tela del traje. Yo tengo fuerzas para llevarme a usted vestido y calzado.
-Pue sin desnudarme no caigo en el cómo sea posible pagar mi deuda.
-Haga usted lo que le plazca, ya que le queda todavía un minuto de libertad.
El escribano siguió en la operación hasta sacarse al almilla o jubón interior, y pasándola a Lilit le dijo:
-Deuda pagada y venga mi documento.
Lilit se echó a reir con todas las ganas de que es capaz un diablo alegre y truhán.
-Y que quiere usted que haga con esta prenda?
-¡Toma! Esa prenda se llama almilla y eso es lo que yo he vendido y a lo que estoy obligado. Carta canta. Repase usted, señor diabolín, el contrato, y si tiene conciencia,  se dará por bien pagado. ¡Como que esa almilla me costó una onza, como un ojo de buey, en la tienda de Pacheco.
-Yo no entiendo de tracamandanas, señor don Dimas, Véngase conmigo y guarde sus problemas en el pecho para cuando esté delante de mi amo.
Y en esto expiró el minuto, y Lilit se echó al hombre a Tijereta, cuidándose con el de rondón en el infierno. Por el camino gritaba a voz en cuello el escribano que habia festinación en el procedimiento de Lilit, que todo lo fechó y actuado era nulo y contra la ley, y amenazaba al diablo alguacil con que si encontraba gente de justicia en el otro barrio le entablaría pleito, y por lo menos le haría condenar en costas. Lilit ponía orejas de mercader a las voces de don Dimas y trataba ya, por vía de amonestación, de zabullirlo en un caldero de plomo hirviendo, cuando alborotado el Cocyto y apercibido Satanás del laberinto y causas que lo motivaban, convino en que se pusiese la cosa en tela de juicio. ¡Para ceñirse a la ley y huir de lo que huele a arbitrariedad y despotismo, el demonio.
Afortunadamente para Tijereta no se habia introducido por entonces en el infierno el uso de papel sellado que acá sobre la tierra hace interminable un proceso y en breve rato vio fallada su causa en primera y segunda instancia. Sin citar las Pandectas ni el Fuero Juzgo, y con sólo la autoridad del Diccionario de la Lengua, probó el tunante su buen derecho; y los jueces que en vida fueron probablemente literatos y académicos, ordenaron que sin perdida de tiempo se le diese soltura, y que Lilit lo guiase por los vericuetos infernales hasta dejarlo sano y salvo en la puerta de su casa. Cumplióse la sentencia al pie de la letra, en lo que dio Satanás una prueba de que las leyes en el infiereno no son, como en el mundo, conculcadas por el que manda y buenas solo para escritas. Pero detruído el diabólico hechizo, se encontró don Dimas con que Visitación lo había abandonado, corriendo a encerrarse en un beaterio, siguiendo la añeja máxima de dar a Dios el hueso después de haber regalado la carne al demonio.
Satanás por no perderlo todo, se quedó con la almilla; y es fama que desde entonces los escribanos no usan almilla. Por eso cualquier constipadito vegonzante produce en ellos una pulmonía de capa de coro y gorro de cuartel, o una tísis tuberculosa de padre y muy señor mío
V
Y por más que fui y vine, sin dejar la ida por la venida, no he podido saber a punto fijo si, andando el tiempo, murió don  Dimas de buena o mala muerte. Pero lo que si es cosa averiguada es que lió bártulos, pues no era justo que quedarse sobre la tierra para semilla de pícaros. Tal es, ¡oh lector carísimo¡, mi creencia.

Pero un mi compadre me ha dicho, en puridad de compadres, que muerto Tijereta quiso su alma, que tenia más arrugas y dobleces que abanico de coqueta, beber agua en uno de los calderos de Pero Botero, y el conserje del infierno le gritó:-¡,largo de allí! No admitimos ya escribanos.
Eso hacia barruntar al susodicho mi compadre que con el alma del cartulario sucedió lo mismo que con la de Judas Izcariote; lo cual pues viene a cuento y la ocasión es calva, he de apuntar aquí someramente y a guisa de conclusión
Refieren añejas crónicas que el apostol que vendió a Cristo echó, después de su delito, cuentas consigo mismo y vio que el mejor modo de saldarlas era arrojar las treinta monedas y hacer zapatetas, convertido en racimo de árbol.
Realizó su suicidio, sin escribir antes, como hogaño se estila, epístola de despedida, y su alma se estuvo horas y horas tocando a las puertas del purgatorio, donde por más empeños que hizo se negaron a darle posada.
Otro tanto le sucedió en el infierno, y desesperada y tiritando de frío regresó al mundo, buscando donde albergarse.
Acertó a pasar por casualidad un usurero, de cuyo cuerpo hacía tiempo que había emigrado el alma, cansada de soportar picardías y la de Judas dijo: -aquí que no peco-, y se aposentó en la humanidad del avaro. Desde entonces se dice que los usureros tienen alma de Judas.
Y con esto lector amigo, y con que cada cuatro años uno es bisiesto, pongo punto redondo al cuento deseando que asi tengas la salud como yo tuve empeño en darte un rato de solaz y divertimiento (1864)

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