jueves, 26 de mayo de 2016

QUINQUELA Y LA BOCA INDIVISIBLES

La Boca, el Riachuelo, Quinquela Martin y sus cuadros son una sola cosa indivisible. Más esta unión total del artista con el ambiente no fue una obra de un día sino de toda una vida. Porque Quinquela nació en la Boca, a un paso de la Vuelta de Rocha, lugar epónimo del barrio porteño y allí padeció. Allí encontró su destino y allí fue la fama a buscarlo con su mejor sonrisa para llevarlo de la mano por el camino de los días triunfales.
Hijo adoptivo de una familia humilde, Benito fue en su mocedad cargador de carbón y su primer lápiz de dibujo resultó ser el mismo carbón que transportaba sobre sus espaldas. Después leyó a los grandes escritores Guyau, Taine, Ruskin, Rodin y Nietzsche. Todo eso lo desconcertó y lo enfermó hasta los lindes de la locura
Pasada la crisis, ya supo que estaba en el mundo y salió a ganarlo con una tela y una espátula. Con sus herramientas precisas, en un idioma enérgico y útil, con un montón de dolor en un montón de color, se dedicó a expresar los heridos cascos de las naves
Las planchadas cimbreantes hormigueando de hombres encorvados, las garras siniestras de determinados seres. Todo lo que es la vida de la ribera, desde el amanecer al ocaso. En 1918, presentó su primer cuadro en una exposición.

Resultado de imagen para Quinquela Martin
Quinquela Martin: pintor argentino

IDIOMA
Y en seguida, como sus barcos, salió a tocar puertos y dejar sus telas colgadas en los museos de Roma, Luxemburgo, Londres, París, Nueva York, Madrid. Después podía vérsele amarrado en la Escuela Museo que el mismo donó,trabajando en un estudio que más parecía el comedor de una casa de campo que el atelier de un maestro pintor que conocía el rostro de la apoteosis.
Quinquela conoció en estas andanzas el halago de la riqueza, el cordial abrazo de la fama y la sonrisa sugestiva que las mujeres alcanzan, en un idioma que sintetiza todos los idiomas del mundo, a los hombres que nacen signados por los dioses y saben responder a su destino.
Cuando volvió pleno de triunfos, en lugar de buscar un marco esplendoroso pero ajeno a su manera, buscó de nuevo el rincón de sus antiguos padecimientos y trabajos, las calles sureñas de su bohemia. Murió en 1977, en la Boca de su intenso amor que está  enclavada en el corazón de Buenos Aires, Argentina
Hijo de una madre desconocida que lo abandonó en la Casa de los Niños Expósitos. Siete años después fue adoptado por la familia Chinchela, los dueños de una carbonería. Había nacido en tierras argentinas, el 1° de Marzo de 1890. Sus nombres de nacimiento eran Benito Juan Martín.
AUTODIDACTA
Exhibió sus obras en varias  exposiciones realizadas en su país y el extranjero. Logró vender varias de sus creaciones y otras tantas las donó. Con el producto económico obtenido por estas ventas realizó varias obras solidarias en su barrio. Entre ellas un plantel-museo conocido como Escuela Pedro de Mendoza que podía albergar a unos mil niños, repartidos en 18 aulas decoradas con murales de su creación.
Careció de una educación formal en arte. Resultó un autodidacta de polendas. Lo que ocasionó que la crítica, varias veces, sea negativa en contra de sus creaciones. Usó como principal instrumento de trabajo la espátula, en lugar del tradicional pincel.
Fue abandonado el 20 de Marzo de 1890, con una nota que sólo decía: “este niño ha sido bautizado con el nombre de Benito Martín Juan” Se encontraba con ropas de buena calidad. La madre biológica nunca se presentó para reclamarlo. Ella dejó al lado del bebe, como recuerdo, un pañuelo cortado en diagonal, adornado con una flor bordada. Nunca  se encontró la otra mitad.
Sus primeros siete años los vivió en un asilo. El artista tenía escasos recuerdos de aquella época y aparecía en su memoria como desdibujada y nebulosa. Vivió entre los delantales y hábitos negros de las monjas de  la caridad, careciendo de figuras paternas en una edad critica para su formación psíquica posterior
Una infancia triste y solitaria, caracterizada por el encierro. Sin embargo, su carácter siempre fue alegre y compasivo  con actitudes agradables. Quizás porque creció en un lugar amplio, donde la comida nunca faltaba.

Resultado de imagen para Quinquela Martin
Uno de sus geniales cuadros.

SUS PADRES
Lo adoptaron Manuel  Chinchella y Justina Molina. “Mi vieja me conquistó enseguida y desde el primer momento encontró en mi un hijo y un aliado”, dijo el pintor en su autobiografía publicada en 1963.
Su padre era italiano oriundo de Nervi, de costumbres antiguas y conservadoras que nunca imaginó educar a un artista plástico. Hombre robusto, con gran fuerza muscular que había llegado a la Argentina para mejorar su situación económica.
Una tarde de trabajo se cruzó con Justina quien sería su esposa proveniente de la ciudad de Entre Ríos, de quien se enamoró a primera vista. Ella tenía sangre india y era analfabeta. Lo cual no le impedía atender la carbonería con perfecta eficiencia: se acordaba, mejor que nadie, del estado de cuentas de cada cliente.
Previamente había trabajado como sirvienta en una fonda. Los esposos instalaron juntos una carbonería. El aprovechaba su fuerza física para redondear sus ingresos económicos, cargando de a dos las bolsas de 60 kilos. Como no tuvieron hijos, la pareja decidió adoptar uno.

Resultado de imagen para Quinquela Martin
Un trazo firme, colorido y de gran impacto.
EDUCACION
El trato de su madre fue tierno sin escatimar  el brazo cariñoso, mientras que su padre era más distante. Ruda ternura pero cada tanto una caricia. Cuando  llegaba del trabajo le tiznaba de negro la cara del niño. Mientras el mayor de la familia trabajaba cargando, la mujer y el niño atendían la carbonería.
Comenzó su educación primaria en la Escuela Berrutti del Barrio de la Boca. Su maestra fue Margarita Erlin, quien le enseñó los conocimientos elementales: leer, escribir y nociones de matemáticas. Cursó hasta tercer grado porque la situación económica no dio para más y, a renglón seguido, debió trabajar con el padre.
Entabló amistad con los mellizos García, conocidos por pendencieros, pero inteligentes y capaces. Ellos ayudaron a Benito en sus tareas y le enseñaron conocimientos callejeros como usar la honda, tirar piedras con puntería y robar alambres de las cercas para emplearlos en defensa propia, durante las peleas barriales. Los de Barracas (descendientes de los españoles) se enfrentaban a cada rato contra los de la Boca, que eran de procedencia italiana.
La familia se mudó a una zona donde era popular la militancia social y la política parecía ser el camino para construir un futuro mejor. Nacían entonces los sindicatos, los gremios y los centros educativos.
Benito comenzó a participar en la campaña de Alfredo Palacios, candidato a diputado socialista. Aunque era menor de edad, lo que aprendió en esos años es inclinarse a esa corriente política. Colaboró repartiendo volantes, manifiestos y pegando carteles. La elección la ganó Palacios.

Resultado de imagen para Quinquela Martin
El maestro en uno desus talleres.

TRABAJO
Pero las cosas empeoraron, el año siguiente, en lo económico y su padre lo puso a trabajar en el puerto. Allí subía barco por barco con una bolsa vacía, llenarla con carbón hasta dejarla en los diques. La paga era de 50 centavos cada 25 bolsas y el agregado consistía en agudos dolores de espalda.
Destacó en esta labor, no obstante que era flaco. Menudo y huesudo. Lo que lo ayudaba era contar con una firme voluntad de hierro. Laboraba desde las 7 de la mañana hasta las 19 horas y lo apodaron “el mosquito”, por el contraste entre su físico y la velocidad del trabajo.
Había empezado a dibujar inspirado en las escenas y colores que observó en el puerto. El muchacho usaba técnicas intuitivas, que ignoraba los más elementales conocimientos del dibujo. Sus creaciones eran rudimentarias, utilizando carbón y lienzos de madera. Muchas veces, las eliminaba para evitar las bromas de sus compañeros.
A los 14 años iba a una Escuela de Pintura de la Sociedad Unión La Boca, un centro escolar vecinal donde se reunían estudiantes y obreros. En esa academia se enseñaba de noche música, canto, economía hogareña y otros cursos prácticos. Mientras de día trabajaba en la carbonería.


Resultado de imagen para Quinquela Martin
Otra de sus grandes creaciones.

AMIGOS
Su maestro fue Alfredo Lazzari, el pintor que le dio los primeros conocimientos técnicos sobre el arte. Como práctica le proporcionaba yesos, donde reproducía dibujos en lacre oscuro. Realizaron excursiones a la Isla Maciel, los domingos por la tarde, para entrenarse con el dibujo de las escenas al natural.
Conoció al compositor de tangos Juan de Dios Filiberto y otros artistas con quienes se relacionaría toda su vida. Intento incorporar  el conocimiento de golpe. Después del trabajo, el joven iba a alguna biblioteca y así cubría la carencia de educación formal.
Comenzó a aprender que el arte debe ser sencillo y natural para el artista, según las enseñanzas que escribió el escritor Augusto Rodin. Eso lo impresionó por completo y le abrió enteramente su vocación.
Convino que lo acertado era pintar el propio ambiente que quemarse las pestañas, persiguiendo motivos ajenos. De esas enseñanzas, Quinquela extrajo: “Pinta tu aldea y pintarás el mundo”. Nunca se apartó de ese dicho.
Su aldea sería el barrio de la Boca, sus vecinos y el puerto. Asistió además a las tertulias que se realizaban en la peluquería de Nuncio Nuciforo donde se conversaba de política, de técnicas pictóricas. Además de que se compartían lecturas y preocupaciones.
AMBIENTE
En 1909 se enfermó de tuberculosis. Sus padres lo mandaron a la casa de un tío en Villa Dolores, Córdova, para que se mejorase con el aire serrano. Fueron 6 meses de reposo que le sirvieron para curarse y relacionarse con otro pintor, Walter de Navazio, exponente de la creación romántica que dibujaba los sauces y algarrobos que adornaban el paisaje.
Este ambiente le reforzó la idea de retratar solamente su propio mundo. El paisaje cordobés no le inspiraba tanto como el porteño. De regreso a su hogar, montó un taller en los altos  de la carbonería
El lugar se llenó de oleos con un constante paso de gentes dedicadas al arte hasta altas horas de la noche, con tertulias y discusiones de por medio.  Lo que sorprendía por completo a sus padres. Adema Benito usaba huesos humanos para estudiar su anatomía.
Por esta circunstancia se difundió el rumor que en el taller habitaban los fantasmas y se exageró tanto que, determinado día, un amigo llevó los restos óseos al cementerio. Todo esto no le gustaba al progenitor. Ni los fantasmas. Ni los jóvenes que los llamaba raros. Ni la pintura.
Un día a raíz de las fuertes discusiones y a pesar de que su madre lo apoyaba, Benito abandonó el lugar familiar, siguió en el puerto para mantenerse y le dedicó más horas a la  pintura, debiendo alimentarse de mate y galletas marineras.


Con sus padres adoptivos

TALLERES
Su vida fue, a partir de entonces, muy parecida al vagabundeo. Vivió en la Isla Mauriel donde se relacionó con ladrones y malandros. Pintó muchas telas con imágenes del lugar y aprendió  de los códigos de honor de la gente de mal vivir. Todos estos saberes abrieron su mente e hicieron más rica su pintura.
Montó sus talleres en distintos lugares, desde altillos hasta barcos. Incluso tuvo uno anclado en el cementerio. Continuaron los ruegos de su madre que le decía: “si no te gusta el carbón búscate un empleo del gobierno”.
Todo ello lo hizo retornar al hogar y consiguió un puesto como ordenanza en  la Oficina de Muestras y Encomiendas de la Aduana en la Dársena Sur. Su obligación consistía en limpiar ventanas y cebar mate.
 Lo que le dejaba tiempo libre para pintar. Trabajo allí hasta que le solicitaron tareas de mensajería y traslado de caudales. Presentó su renuncia irrevocable, temeroso de lo que le podía pasar si le robaban una encomienda.
A los pocos meses, el año 1910, se presentó en una exposición en ls Sociedad Ligur de la Boca. Fue su debut exponiendo cinco obras: el oleo “Vista de Venecia”, dos dibujos realizados  a pluma y dos paisajes confeccionados con témpera. Labores que no encontraron el éxito. Ni menos la consagración o la admiración.
Benito deseaba crecer como pintor y sabía que tenía que mejorar su técnica. Aprendió el dibujo  natural. Se reunió  con otros artistas del  pueblo. Ahí estaban Boggio Adolfo Bellocq, Guillermo Facio Hébecquer, José Arato y Abraham Vigo.
CRITICAS
Ninguno de estos pintores eran aceptados en el Salón Nacional, la principal galería que tenía la ciudad. Entonces ellos crearon el Primer Salón de los Recusados. Lo que le sirvió a Benito para exponer dos cuadros: “Quinta en la Isla Maciel” y “Rincón del Arroyo Maciel”.
 Las críticas fueron divididas. El diario “La Nación” apoyaba, mientras que “La Prensa” atacaba a mansalva. Lo significante era que sus trabajos, para bien o para mal, eran comentados por los medios de comunicación
Comenzó como profesor de dibujo en la Escuela Fray Justo Santa María de Oro, dependiente del Consejo General de Educación, donde los obreros concurrían a completar sus estudios secundarios. Quinquela les enseñaba los secretos del dibujo ornamental, con el fin de aplicar el arte a la industria.
La revista “Fray Mocho” le dedicó una nota titulada “El Carbonero” donde se expresaba admiración por su obra. Este artículo lo ayudó  a dedicarse por entero a la pintura y le permitió vender su  cuadro “Preparativos de Salida” al inmigrante español Dámaso Arce.


Quinquela en la plenitud de la niñez.

IDEALES
El español se interesó por la vida de Benito dado que él mismo había adoptado chicos huérfanos como Quinquela. Uno de los nenes de unos 15 recogidos y siendo grande, estudió pintura y formó el  Museo Hispanoamericano de Arte de Olavarría, con la colección de obras de su padre.
Los editores de la revista “Caras y Caretas” prestaron atención a la obra pictórica de Quinquela y publicaron una copia de uno de sus cuadros. Su padre al leer la noticia sintió más respeto por la vocación de su hijo y solía comentar: “Tenemos un gran artista en casa, lo hemos leído en los diarios”…
Benito se hizo amigo en el puerto de Facio Hécquecquer, un pintor con ideas afines sobre el arte. Ellos sostenían que la pintura aprendida en la escuela no es la que está incorporada en el alma y el mensaje transmitido es más importante que la técnica.
 Ambos, junto con otros colegas, formaron la institución denominada “Artistas del Pueblo”, con la idea de incentivar el descubrimiento del arte entre personas de recursos insuficientes que no podían concurrir a escuelas ni institutos privados de la especialidad.
Con su   amigo, pintaron en la nueva casa ubicada en Magallanes  887, a donde Benito se fue a vivir con su familia. Además siguió colaborando en las tareas domésticas y con el trabajo del carbón de su padre. Aunque la mayor cantidad de horas la dedicaba a la pintura.
TALADRID
Luego conoció a Pio Collivadino, Director de la Academia Nacional de Bellas Artes, que lo conduciría por el circuito de las grandes galerías y los viajes  para vender sus obras. Cuando ocurrió ello, surgió el asombro por la pintura de Quinquela y, sobre todo, con los cuadros de La Boca. Comenzaba a ser famoso el pintor carbonero.
El  Secretario de dicha academia, Eduardo Taladrid, lo conoció  y quedó impresionado de su obra. Le recomendó pintar en telas grandes y financió de su bolsillo la carrera de Quinquela. Le regaló materiales,  pinturas y marcos. Fue el que alquiló una sala de exposición donde expuso por primera vez en la Galería Witcomb ubicada en la calle Florida, el 4 de Noviembre de 1918.
Fueron expuestas 48 obras. Los catálogos se agotaron el primer día y en total se vendieron 10 cuadros. Esta vez la prensa se volcó a favor del artista. Lo consideraron el Embajador de la Boca y del puerto.
Después de mucho tiempo de enviar sus obras,  el Salón Nacional del Arte aceptó una de ellas. Había enviado dos: “Días de Sol en la Boca” y “Buque”. Este dictamen enojó mucho tanto al pintor como a Filiberto. Este último propuso presentarse con cuchillos, robar las telas y llevarlas al Salón de los Recusados. No por prepotencia, sino para ganar fama y publicidad.


En el riachuelo a bordo de una lancha
OTRA EXPOSICION
Ello no se hizo porque  Taladrid les había ganado la mano y había convencido, con sus influencias, de presentar ambos cuadros. Esa fue la entrada de Quinquela a dicho salón, donde después expuso “Rincón del Riachuelo” y “Escena de Trabajo”.
Luego de este éxito, vino la segunda exposición organizada por la Sociedad de Beneficencia de Buenos Aires  en el Jockey Club, lugar de reunión de la clase alta porteña. Ahí fueron banqueros, terratenientes y otros miembros de la alta sociedad y se juntaron con carboneros, navegantes y vagos del puerto amigos del pintor. Los cuadros se presentaron en marcos de alta calidad, acompañados por una orquesta con piano que interpretó  obras de Schubert, Beethoven y Filiberto
Hizo sus trámites ante el Poder Judicial para cambiar su identidad. De Benito Juan Martin  Chinchella pasó a ser Benito Quinquela Martin. Eliminó el segundo nombre y pasó el tercero al apellido.
El debut oficial de su nuevo nombre fue en 1920 con un premio a su tela “Escena de Trabajo” exhibida en el Salón Nacional y en su tercera exposición individual en la Galería Witcomb de Mar de Plata,. Lo que sirvió para presentar 20 obras. Su primer vuelo en avión lo hizo a esa ciudad. Desde la ventanilla, pintó las nubes vistas desde arriba. No se conoce el paradero actual de esta pintura.
ESPAÑA
Comenzó a viajar por el mundo en 1921. Los viajes se extendieron por espacio  de diez largos años. El pintor permaneció en  el Brasil durante 6 meses. Hizo una muestra en la Escuela de Bellas Artes a cuya inauguración asistieron el Presidente de la República, Pessoa y  varios ministros de Estado. Asimismo otras personalidades cariocas de la política y la cultura. Un triunfo total.
Llegó a España y allí le dieron un cargo diplomático en el consulado argentino en ese país. Estuvo en Barcelona y Madrid. Su trabajo lo cumplía diariamente, durante 6 horas. En el resto del día libre visitaba cafés y bares, intentando conocer gentes para organizar sus muestras de pintura.
Expuso en el Círculo de Bellas Artes de la calle de Alcalá. Exhibió 20 telas de su producción La muestra fue visitada por los personajes de la aristocracia española y los argentinos residentes en ese país.  Ayudó mucho el interés del Rey Alfonso XIII, quien lo recibió previamente en su palacio y se quedó sorprendido por sus sencillez, humildad, simpatía y carisma
Retornó a su tierra natal y fue recibido con mucha alegría. El pintor trajo consigo el  dinero suficiente y compró la casa que sus padres utilizaron de carbonería que era alquilada. Presentó una exposición en la Sociedad de Amigos del Arte de Buenos Aires.
LA PEÑA
La muestra contó con la presencia del Presidente de la República, Marcelo  Torcuato de Alvear, de quien se hizo muy amigo. Volvió a Europa en noviembre de 1925 y expuso sus trabajos en la Galería  Charpentier de Paris (Francia). Camile Mauclair, reconocido critico, escribió el catalogo de la muestra. Una de sus obras “Tormenta en el Astillero” pasó a ser parte del Museo de Luxemburgo. El resto de pinturas se quedó en el viejo mundo.
De vuelta a su país y en su casa se reunió con el Presidente Alvear, quien le preguntó de todos los detalles de su viaje. El mandatario visitaba su estudio, sin reparo de sentarse en el suelo y mancharse con las pinturas.
Además siguió recibiendo la visita de colegas y artistas y se daba paso a un espacio para la creación, la discusión y la libertad de pensamiento. Este proyecto se llamo la Peña del Café Tortoni, donde se realizaron las actividades de la Sociedad de Artes y Letras en la cual Quinquela fue miembro de la directiva. Se realizaron conciertos, conferencias, exposiciones y recitales, auspiciados.
Llegó a Estados Unidos y expuso con éxito en la Anderson Gallerie de Nueva York. Ahí  conquistó el amor de una mujer sin saber una palabra de inglés, ayudado por traductores y el lenguaje de la pintura. Se trató de Georgette Blandi, una escultora viuda apasionada del arte y poseedora de gran poder económico.

Resultado de imagen para Quinquela Martin
Pintando con la paleta.

LA HABANA
Pasó a la Habana y difundió su obra pictórica. A su retorno, el Presidente Alvear lo agasajó en la Sociedad Verdi de la Boca, reunión a la que asistieron personalidades de la cultura. Hubo música, desfiles callejeros y grandes homenajes
Retornó a Europa y visitó Roma, Milán y Nápoles. Expuso sus obras en la capital italiana en el  Palazzo delle Esposizioni, ubicado en la  vía Milano. El Rey Victor Manuel  III y el Presidente Benito Mussolini visitaron la muestra.
Hacia 1930 se presentó en Londres en la galería Burlinghton y tuvo buena aceptación. Aquí desarrolló un romance con Miss Gladys. Ella posó para un cuadro que gustó al púbico. Lo llegaron a comparar con Van Gogh, por el impresionismo de su obra. Este fue el último de los viajes del artista. Su madre falleció en 1948.
Hizo exposiciones al interior de la Argentina. Estuvo en Santa Fe y Tucumán, Mar del Plata, Mendoza y Rosario. En 1953, la Galería Witcomb de Buenos Aires hospedó su última muestra individual y una de las de mayor concurrencia. Cerca de diez mil personas por día la visitaron, formando largas colas por la calle Florida.

Resultado de imagen para Quinquela Martin
Estatua del pintor al inicio de Caminito.

DONACIONES
Creó en la Boca el Instituto Sanmartiniano para difundir la cultura. También donó para su zona el Lactario Municipal, la Escuela de Artes Gráficas y el Teatro de la Ribera
Un grupo de vecinos, entre los que se encontraba Quinquela, decidieron recuperar  una vía del tren abandonada. Nueve años después, a iniciativa del pintor, el gobierno municipal construyó allí “Caminito”, con el nombre del tango cuyo autor fue Filiberto
Hizo de él mismo en la película “He nacido en la Ribera” con Susana Giménez, la misma que fue estrenada en 1972. Un día contrajo una gripe que derivó en una hemiplejia. Perdió la  motricidad que, felizmente, logró recuperarla.
Soltero sin hijos, decidió casarse por primera vez a los 84 años con su secretaria de toda la vida, Alejandrina Marta Cerruti. La boda se llevó  a cabo el 15 de Marzo de 1974. Su esposa, a la muerte del artista, heredó todos sus bienes.
 Una complicación cardiaca lo llevó a la desaparición, en la habitación 107 del Instituto de Diagnostico de Buenos Aires. Lo enterraron en un ataúd fabricado por él  porque decía: “quien vivió rodeado de color no puede ser enterrado en un compartimento liso”. Sobre la madera que conformaba el cajón, estaba pintada una escena del puerto de la Boca.
Pintura rápida, de agilidad, fuerza y virilidad. La espátula era la fuerza de su creación. Empastó sus obras con calidad inigualable. Lo que le valió ser un artista de polendas. El que, a lo largo del mundo  aclamó ayer, hoy y siempre. (Luis Normased)

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada