martes, 14 de febrero de 2017

VARIOS

Mario Casós- el loco Casós- como se le llama cariñosamente en  Lima, ha viajado mucho, y como se sabe siempre ha hecho  gala de su ingenio y de su empaque. A don Mario y un grupo de amigos peruanos, que estaba de paso en Madrid, se les ocurrió s tomarse una fotografía y, para el efecto buscaron un establecimiento del género
Vieron un rótulo que indicaba uno y a él se encaminaron todos, que eran, si no me equivoco, Javier Conroy,  Héctor Ugarte e Ismael Rey. Preguntaron en la portería y el portero les avisó que la fotografía estaba arriba.
Subieron todos y  en el primer piso volvieron a darse con el rotulito y la manecilla que indicaba que había que subir más. Llegaron al segundo y les ocurrió otro tanto. Vencieron algo ya cansados ya,  el tercero y el rótulo volvió a aparecer con su indicadora manecilla al costado
Llegaron al cuarto y lo mismo. Por fin en el quinto píso estaba el taller fotográfico. Tocó el timbre Casós y apareció el propio fotógrafo complaciente y atento. Los hizo pasar y les preguntó: ¿En qué puedo servirlos? ¿Qué se les ofrece? ¿Un grupo? Una fantasía ¿Qué? Y muy serio le dijo por toda respuesta: “No mi señor y amigo, venimos aquí en representación de una empresa de ascensores”
Inútil parece añadir que al madrileño le hizo la mar de gracia la ocurrencia de Casós y a la volástica hizo un grupo estupendo, por el que cobró precio especial y directo totalmente. El de los amigos de la casa.

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La belleza de la Lima antigua.

PIENSA…
Estaba en el Club Nacional don Pedro López Aliaga jugando billar y se le presentó una jugada difícil que lo dejó meditabundo y un caballero que no mencionaremos se le acercó y le dijo: ¡Qué hace usted don Pedro? López Aliaga se lo quedo mirando un rato y luego le contestó: “algo  que usted no podría hacer nunca: pienso”.
El primero que se suicidó en el Club de la Unión, en la gran sala que da a la Plaza de Armas, fue en 1894 el marino José Gálvez, el mismo que en la Guerra con Chile había hecho volar la lancha enemiga “Janequeo”.
El Director de “El Minero Ilustrado” de Cerro de Pasco, uno de los mejores periódicos de la región del centro, tenía en la puerta de su casa una gran plancha de cobre en la que se leía: Pedro Caballero y Lira, Minero Ilustrado”.
Una de las más irrespetuosas y terribles mataperradas que se han hecho en Lima fue la que en el Portal de Botoneros ideó y realizó Manuelito Zela Arriz, con el Ministro del Celeste Imperio. Iba éste con su  suntuoso traje de seda amarillo, luciendo bajo el birrete de finas borlas la larga trenza que a su rango correspondía, y Zela, no pudiendo resistir la tentación,  se colgó con ambas manos del capilar apéndice del Excelentísimo diplomático y dio con él en tierra. 
RISAS
Gritó el chino, se arremolinó la gente. Zela corrió como un gamo y el Secretario de la Embajada tras él, blandiendo un garrote. Y mientras los celadores piteaban, hombres, mujeres y muchachos reían a todo trapo y se armaba una bolina pintoresca en que menudeaban chillonas y excitadas, protestas en chino y sabrosos comentarios en el más puro léxico criollo.
En Mayo de 1568 llegaron al Perú los primeros jesuitas, coincidiendo con su llegada al Callao hubo un gran eclipse de sol, el primero después de la Conquista, y por tal causa se tuvo como de mal agüero la llegada de los hijos de Loyola.
Sabido es que el Excelentísimo señor don Jaime de Ojeda, simpático representante de España, pasó parte de su niñez en Lima. Hace muy poco en el Club Nacional, un grupo de amigos del Señor Ojeda hacía con él reminiscencias del buen tiempo ido y rememoraba aventuras y alegrías de la infancia.
Alguno para probar hasta que punto eran fieles los recuerdos limeños del tan querido ministro español, le pregunto: ¿Se acordará usted señor de Ojeda de la melcocha? Y don Jaime le respondió vivamente: “¡Que melcocha ni que melcocha! ¡Sí a lo que a mí me gustaba era la carne de membrillo!.
Lucas Oyague y Noel, mozo-esto de mozo es algo relativo- de finas prendas, don de gentes y caballerescas costumbres-aunque demasiado soltero, estuvo como se sabe en París, hace ya unos cuantos lustros y en París procuró conocer todo lo que de interesante y placentero tiene la gran ciudad.

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Edificios de cementos impactantes y bellos balcones coloniales

UN DIA…
Un día fue a un establecimiento de baños turcos y se hizo servir. Le llamó la atención un turco, azambado él, que lo miraba fijamente y hasta de cuando en cuando sonreía, llegando a escamarlo. El turco, vestido a la usanza de los gineceos constantinopolitanos, insistía en sus miradas y sonrisas y en un momento en que salió del cuarto de baño el otro turco que servía al señor Oyague se acercó a este y a media voz le dijo: ¡Usted no es el niño Lucas?”.
El asombro de don Lucas no tuvo limites al oírse hablar en peruano legítimo y por un turco que parecía auténtico y a su vez le preguntó: ¡Y tu quien eres? Yo señor-contestó- el interpelado, estoy ahora de turco, pero en Lima he sido cochero. Guárdeme el secreto.
En Ichocan, pueblo del departamento de Cajamarca, famoso por la bondad de su clima, había en 1765 un español, llamado Cristóbal de Tapia, que contaba 145 años de edad y tgenía una descendencia de más de 800 personas.
Dicen que don Pedro Caravedo, tío del doctor don Baltazar-por algo le viene al galgo tener las orejas largas- era hombre de finísimo ingenio, frase pronta y pintoresca y conversación aguda y amena.
BODA
Una vez estando en Huaraz, fue invitado a una boda en la que la nota de originalidad la constituían las edades de los contrayentes. El novio pasaba de los sesenta y la novia del mismo modo. Como aún se estila en muchos lugares del Perú hasta ahora y como en todo fue costumbre antañona, después del matrimonio hubo banquete.
Don Pedro asistió y a la hora de los brindis, alguien que conocía la donosa fama de ingenios de Caravedo, pidió que brindara. Fue tanta la insistencia del concurso, que el solicitante no pudo excusarse y pronunció estas intencionadísimas  palabras: “Señoras y señores brindemos por la resurrección de la carne”.
Jorge Ernesto Villarán, el gordito, como cariñosamente le llaman sus amigos es uno de los mozos más criollos simpáticos y buenos, que comen eso que ahora llamamos pan, en Lima. Conversando una vez en un grupo de amigos sobre su vida laboriosa (Villarán es de los individuos que  saben hacer cosas) se ofreció alabar su espíritu de empresa que le ha llevado a tener una gran instalación frigorífica con su correspondiente fábrica de hielo.
Contó entonces el gordito su odisea, desde los lejanos días que tuvo una negociación de leche, hasta los presentes que la tiene de hielo. Y Caravedo que estaba presente, le dijo entonces con aire circunspecto y definidor: “¿De manera, que todos los negocios, han sido siempre a base de agua?


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La Alameda de los Descalzos en el Rímac.

MEDICO
Siendo médico de uno de los hospitales de Lima, el doctor Eduardo Sánchez Concha tuvo una vez como interno a un joven estudiante de Medicina, apellidado Chávez Velando. En cierta ocasión estaba don Eduardo inquieto por un enfermo grave y recomendó al interno cuidase solícitamente al paciente, de preferencia en las noches, porque el caso es muy serio, y llevado de su inquietud, fue personalmente una noche, encontrando al joven Chávez profundamente dormido. Lo despertó don Eduardo y con su gracia socarrona le dijo como tomando aliento: “Mi amigo usted no es Chávez Velando, usted es Chávez durmiendo.
Contaba una vez  el gordito Villarán que en su frigorífico y fábrica de hielo, por no se qué razones técnicas, le había venido al revés la corriente eléctrica y no recuerdo si Caravedo o Manuel Gallagher, lo interrumpieron con esta frase: “Entonces en lugar de hielo, te saldrá agua caliente.
La conocida institución de las tres horas en el Viernes Santo fue ideada en Lima por un sacerdote jesuita y después se hizo extensiva a todo el mundo católico por medio de una Bula Pontificia.
Entro cierto día a la redacción de “La Crónica” un joven Lora, haciendo unas llamativas medias verdes y Héctor Argüelles, apenas le dijo por todo saludo: “Saca la pata”. 
DRAMA
Era don Manuel Canaval hacendado de Supe, hombre simple de costumbres aldeanas, exterior sencillo y amigo de la buena vida y del sano reir. Venía de cuando en cuando a Lima y solía ir con su familia al teatro a buscar esparcimiento.
En cierta ocasión se representaba un drama, en que figuraba un cura al que perseguía  cierto traidor de esos de barba cerrada, voz ronca y terrorífico aspecto. El público seguía con cierto interés la trama y la emoción se hizo aguda.
Cuando el cura, llegó y se escondió tras un armario, apareciendo poco después el  perseguidor. Fue entonces cuando don Manuel Canaval desde su palco y a voz en cuello, le grito al perseguidor: “Allí tras ese armario está el cura. Echele mano”. Y como el público riera y una  de las hijas de don Manuel preguntara a éste, azorada, por qué había hecho eso, le contestó, muy fresco:  “para ver que hacían y reírme más”.
Doy como una curiosidad, el detalle de un inventario hecho  en Lima en 1815, de las piedras preciosas que componían la custodia y la corona de la Virgen del Rosario en la Iglesia de Santo Domingo. La custodia tenía 1,300 diamantes, 1029  esmeraldas, 522 rubíes, 121 perlas grandes, 45 amatistas y 2 topacios. La corona 150 esmeraldas, 102 diamantes y 012 rubíes.
Hasta hace poco existía en el Hotel de La Oroya, hoy de la Compañía Americana, un curioso letrero que decía: “Se  prohíbe comer dos huevos juntos”, debido a la frecuencia con por el mal estado de uno, el cliente resultaba devolviendo los dos.

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Otra belleza inigualable

ADORNO
Un court de tenis establecido por el señor Demetrio Olavegoya, es el único adorno que tiene la Plaza de Lircay.
Así como en la época de la Colonia cuando algún atrevido quería dar un susto, decía: “Se sale el mar”. Así hasta no hace mucho, cuando había inquietud política en Lima, se decía: “ Se vienen los chalacos.
Efectivamente los hijos de la constitucional y viril provincia vecina, tuvieron siempre fama de levantiscos y turbulentos. No hay como los chalacos se afirmaba y el cronista recuerda el grito de guerra y de amenaza que conmovía el comentario limeño.
Pues bien, hace ya  algunos años llegó al Callao un pulsario y boxeador francés, mozo de enjudia y notable en el manejo de sus puños. Anunció un espectáculo de fuerza en el Teatro del puerto y desafió por carteles al más guapo de los chalacos a una sesión de box.
Acudió mucha gente y con ella un gallo de primera, moreno y hercúleo, doblemente prestigioso por su empuje y por su nombre: Angel Valdez. Era uno de los hijos del célebre torerazo  crioillo, para el que no hubo buey Apis que fuese inmortal.
ANGEL
El francés hizo maravillas, rompió naipes en cuatro, levantó pesas colosales y llegó, por fin, al momento psicológico de pedir que subiera al proscenio  el campeón del público. En medio del desasosiego general, típico en estos casos, subió al tablado el negro Angel, con esa balanceante  lentitud característica de los mozos peruanos fortachones y faltosos.
Angel se quitó el saco, sacudió la mano del franchute y hasta dicen que le rascó la palma, y ante el admirativo silencio de su público, se cuadró. Ducho el francés en estirar la mano, le propinó a Valdez un golpe en la oreja, que enardeció al negro y a los espectadores cuando comenzaron los gritos>: “A la chalaca, que bóxer ni que boxer, asegúralo”.
Y como el francés menudease las trompadas, alguien imperativo gritó: “¡Cabecéalo”. Oír esto  Angel, acordarse de la pampa de la Mar Brava y rebajarse fue cuestión de un segundo, yen el francés a caer sobre la primera fila de butacas, en medio de un vocerío ensordecedor.
Intervino la policía, todo el público gritó: “¡no va, no va”! y para evitar un serio conflicto, hubo de dejarse a la gente que cargase con su ídolo, a quien sacaron del teatro en hombres y en medio de grandes vítores.

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Balcones a discreción de hermosura total.

HIPNOTIZADOR
El francés tardó en reponerse y durante muchos años no hubo boxeador que se atreviese a lanzar proclamas de desafío en el Callao, porque como se decía entonces: “¿No hay quien pegue con los chalacos”.
Enrique Canaval y Bolívar fue una noche al teatro con su primo el doctor Manuel Gallagher, a ver a Onofroff. El célebre hipnotizador hizo varias pruebas y por fin llegó a la más culminante de la transmisión de pensamiento
Seguramente los lectores recordarán que uno de los sistemas que usaba era el defingir un crimen y cuyos detalles luego descubría. Se fijaba una víctima, un asesino o se utilizaba para que la cosa impresionara, un gran cuchillo que sirviese de cuerpo del delito.
Después se pedía a varios concurrentes, que naturalmente debían saber donde se encontraba el asesino, víctima y cuchillo, que dirigieranb sólo por la fuerza del pensamiento a Onofroff que al fín y a la postre descubría todo, en medio de aplausos.
Cuando en esta prueba pidió Onofroff un caballero que le encaminase para hallar el arma, Manuelito Gallagher le dijo a Canaval que subiera, para reírse un poco. Enrique riéndose se resistía, pero ante la exigencia que le hacía su pariente subió al escenario y entre él y Onofroff se entablo el siguiente diálogo: 
EL CUCHILLO
-Ya usted sabe que tengo que descubrir el lugar donde han escondido el cuchillo.
-Si  señor, dijo]Canaval un poco risueño.
-Pero ¿usted tiene fuerza de voluntad, una gran fuerza de foluntad?
-Si señor, dijo Canaval mas risueño todavía.
-Bueno. Pues a la prueba. Piense usted intensamente y yo descubriré el cuerpo del delito.
Salieron Onofroff y Canaval, ante la expectación del público que en gran parte conocía el  sitio. Iba el hipnotizador nervioso, con su paso felino y trasel Canaval, jadeante, riéndose, con su jocundidad bondadosa que le es tan característica.
Pasaron una y otra vez por el sitio señalado y nada. El público se impacientaba. Por fínOnofroff, se quito la venda,-porque parta esta prueba se hacía antes vendar- y le dijo a Canaval:
-Señor, usted parece que no piensa intensamente en el asunto.
-Si pienso en él
-Bueno señor.

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El señorío de la capital peruana hace muchísimos años

PASEO
Y se reanudó el  paseo. Más nervioso Onofroff, mucho más jadeante y jocondo Canaval. Por fin inquieto y molesto aquel no pudo más, se quitó violentamente la venda y dirigiéndose a Canaval en medio de la expectación del público, le volvió a interpelar:
-¡Usted ha procedido con entera voluntad?
Si señor
Pero, ¿Usted sabe donde está el cuchillo?
Ante la inmensa carcajada del público, Canaval ya muy serio y con una deliciosa cara de asombro, respondió:
-¿¡NI la menor idea!!
Se armó un gran jaleo en el teatro. >Lacazuela silbó, aplaudió lass gentes de platea, reían a todo trapo y cuando Canaval, jadeantísimo y coloradísimo bajo del proscenio se le tributó una ovación,
Ya en su asiento, Gallagher le pregunto: “¿Y si no saabías donde estaba el cuchillo, para que subiste?
-¿No me dijiste que querías reírte…?
OSCURO
Una vez don José Vicente Oyague y Soyer, llamó de la calle a su casa por teléfono y cual sería su asombro, cuando escucho la voz del criado que le decía:
-No entiendo bien, porque está muy oscuro.
-¿Oscuro lo que te digo? Replicó don Juan Vicente
-No señor, oscuro el cuarto.
Don Sebastián Salinas, de quien ya hemos recordado otgra anécdota que se relaciona con él, tenía entre sus servidores a un negro muy dicharachero y que las daba de bien hablado. Una vez le preguntó por un tal Gómez, a quien se habían llevado preso y el negro le contestó
-“Como no le tengo idolatría, no me causa indagación”
En una reunión amistosa, el señor Van Lawen, Cónsul de Holanda, que fue  el primer holandés auténtico que vino a >Lima, y que por su carácter simpático y su don de gentes ha sabido captarse gran estimación en todos nuestros círculos- presentó a un compatriota suyo que tiene un nombre algo difícil y  Jorge Ernesto Villarán, el incomparable gordito, como le decían sus íntimos, le dijo  con toda la gracia del mundo:
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La Plaza de Armas.

EL HOLANDES
-Dado lo difícil de su nombre, desde hoy se llamará usted entre nosotros, González… y González  se quedó el holandés y tanto que el cronista no puede recordar el niombre auténtico y González se quedará en el recuerdo de cuantos presenciaron la escena.
Llevaron una vez un enfermo grave al Hospital “Dos de Mayo”. Era un moreno robusto como un roble. El interno que lo atendió de primera inrtención fue el hoy médico doctor Baltazar Caravedo, quien dado el estado febril del paciente le tomo la muñeca para percibir la pulsación.
El negro al sentirse tocado preguntó alñ joven estudiante: “Qué me va usted hacer? A tomarte el pulso hijo. Sacó trabajosamente  el moreno el ancho y nervudo brazo y mostrando a Caravedo un mollero formidable, le dijo sonriendo: “Si me vas a tomar el pulso,, toque aquí, que es donde lo tengo”.
Cuando estaban arreglando, hace algunos años, la plaza de Tarma, un subprefecto cuyo nombre no revelaré exclamo enfáticamente: “ ¡Qué bien va a quedar la necrópolis.
Uno de los discursos más curiosos que se han pronunciado en los últimos tiempos esel que en la ciudad del Cerro de Pasco lanzó un señor que entre otras cosas dijo: “Las ninfas aguas que se precipitan en ese río de que hablé anteriormente a usted, señor subprefecto, hacxen caso omiso a las protestas que le lanzan los guijarros de la orilla” 
CARTA
En la segunda temporada de Vico cuando se representaba no se qué drama de Echegaray, en que todas la acción depende de una carta que oculta un traidor de los clásicos, un joven Rissi muy nervioso, se alzó de su butaca y señalando al actor que tenía la culpa lo denunció en voz alta: “ ¡Ese, ese tiene la carta!”
Dicen que entre el doctor Villar y el doctor Odriozola (el viejo) había una gran controversia sobgre si el fierro tenía o no tenía acción sobre el organismo. Un buen día llevaron al hospital de Santa Ana una mujer casi agonizante a consecuencia de varios tierrazos, que le había propinado su conviviente.
 Los dos grandes médicos estaban en la sala y se enteraron del caso y ante el concurso bullicioso y novelero de los estudiantes, el doctor Villar dijo guiñando el ojo a su colega: “¿Y todavía seguirá usted negando la acción del fierro sobre el organismo?
En una tertulia de la Lima de antaño, se hablaba de la importancia enorme que había adquirido cierto personaje decorativo que sin gran valor sustancial y sin prosapia alguna, se había elevado, arrastrándose un trato y a fuerza de audacia y prosopopeya, a las más altas situaciones yt con su popular ironía limeña, dijo una señora: “Ay hija ¡cómo ha crecido fulano!”
Y una señora Rávago relacionada por cierto de las familias Moreyra, Varela, Riva Agüero, etc., que estaba allí presente, dijo entornando los ojos y con sacerdotal unción: “ ¡Sí, como un muladar!”.

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La Iglesia Matriz del Callao.

PALOMITA
En una acaloradísima sesión de la Cámara de Diputado, allá por el noventaitantos, don Jerónimo de Lama y Ossa se manifestaba uno de los más exaltados y en medio del bullicio su voz tronaba solicitando la palabra.
Por aquel tiempo, don Jerónimo tenía el rostro congestionado y con algunos granos. Un chusco que había en la barra, al escuchar al señor Lama que insistentemente decía: ¿Pido la palabra!, le grito: pída usted mejor  zarzaparrilla.
Don Sebastián Salinas, rico hacendado de Chancay, varón simpático, culto, amigo de poetas, entre otros el originalísimo Nicanor de la Roca de Vergalo, era hombre afable con todos y muy afectuoso con sus servidores.
Entre estos últimos tenía uno, chancayano  y moreno él que la daba de bien hablado y don Sebastián solía hacerle preguntas, proponerle cuestiones, para gozar las respuestas que el oscuro solía darle. Una vez, le preguntó si desearía ir a Europa y el negro, muy campante le contesto: “Psch, me es inverosímil.
En la campiña de Cajamarca hay una chinche voladora, a la que los campesinos llaman graciosa y cariñosamente palomita.
EL TORERO
Jorge Luis Otayza, que murió en 1918 en Madrid, víctima de la gripe, estuvo siempre de salidas ingeniosas. Una vez alguien amostazado porque Otayza le enamoraba la hermana, lo amenazó con propinarle una paliza, a lo que Otayza, cortésmente le replicó: “Mejores proposiciones me han hecho y no las he aceptado.
Conversaban en el Club de la Unión hace ya algún tiempo sobre España varios amigos entre los que se encontraba Carlitos Moreno y Paz Soldán. Belmonte-el gran torero- que también estaba presente, contó cierta anécdota que se achacaba a Leopoldo Alas (Clarín) y como alguien preguntase quien era ese Alas, Carlitos hundiéndose en su poltrona como una etcétera y agitando nerviosamente las piernas como acostumbraba, dijo con la mar de gracia: “Un banderillero”.
El primer auto de fe que se celebró en Lima no fue hecho por la Inquisición, sino por el Arzobispo Loayza, veintitantos años antes que se estableciera ese tribunal. Lo del primer acto de la Inquisición data del 5 de Noviembre de 1573 y entre otras personas se quemó a un francés llamado Mateo Salado, que el el primer achicharrado en nuestra capital.
La primera Misa que se dijo en  Lima fue oficiada por el fraile mercedario Antonio Bravo y se realizó en un altar portátil en el terreno que es hoy nuestra Plaza Mayor.


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Una construcción republicana en el centro de Lima.

MARISCAL
El primer gran Mariscal del Perú fue Toribio de Luzuriaga y-¡caso curioso!- se suicidó.
El primer coliseo de gallos no estuvo en la calle que hasta ahora lleva el nombre de Gallos como muchos creen, sino en la Plaza Santa Catalina y se inauguró en 1762.
La primera corrida de toros que se dio en Lima fue en la Plaza Principal el 29 de Marzo de 1540 y en ella rejoneó un torero, nada menos que el gran conquistador don Francisco Pizarro.
El primer escribano que hubo en el Perú fue don Francisco Cuellar, que intervino en el juicio y ejecución de Atahualpa, quien murió después a manos de los indios.
En Lima, a principios del siglo XVII se realizó un hecho semejante al que heroicamente ha censurado el Alcalde de Cork. UN presbítero portugués llamado Manuel Núñez de Almeida que fue apresado por la Inquisición se negó terminantemente a tomar alimentos y murió de inanición, por lo que el  Tribunal se contentó con ahorcarlo en estatua y quemar sus huesos.
Quien hizo, en época del Virrey Monteclaros, los planos del puente de piedra sobre el río Rímac fue Fray Jerónimo Villegas y el maestro de obras que lo construyó fue el arquitecto Juan del Corral. (Páginas seleccionadas de las "Obras Completas" que pertenecen como autor al consagrado escritor y político, José Gálvez Barrenechea.)

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