sábado, 22 de septiembre de 2018

LAS AMAS

La profusión de gente de servir dio una fisonomía muy especial desaparecida, casi por completo, a los hogares limeños. La esclavitud originó una división del trabajo y desmigajó, hasta sus máximos límites, los quehaceres domésticos. En cada casa había multitud de servidores, a los cuales se fijaba una atribución especial. De allí la vasta nomenclatura de porteros, cocineras, caleseros, lavanderas, sirvientes de mano, mayordomos, amas de llaves, amas de cría, amas secas.
Como la vida era fácil, grandes las casas y las familias generalmente muy numerosas, a nadie podía extrañar esta mescolanza de gentes las cuales matizaban de modo tan original la vida hogareña de la ciudad. Con muy raras excepciones, los amos trataban con cariño a sus criados- Se formaba una especie de familiaridad entre servidores y patronos.
Una acción y reacción recíprocas se ejercían entre ambas clases y así no era raro se advirtieran entre los caballeros, influencias pintorescas de los esclavos, y en estos, tonos y modalidades señoriles. Hasta el orgullo de la casa penetraba en las almas de los sirvientes de antaño, pues se sentían arraigados reciamente al solar de sus amos y señores.
El negrito servía en su niñez para jugar con los amitos. Era el compañero de las travesuras y muchas veces algo más de un simple compañero, porque el nutricio juego de su madre esclava había alimentado al señorito, creando un lazo y engriendo al servidor con el pomposo y ya olvidado título de “hermanito de leche”.

“Amas de leche”: el conmovedor trabajo de mujeres alquiladas para dar de lactar
Las amas de leche.

EL PANADERO…
Sólo en casos extremos, cuando se dividía la fortuna o ésta venía a menos, se resolvían las familias a desprenderse de sus piezas de ébano. La época era ruda al respecto, pero dentro de la relatividad de aquellos días, se procuraba suavizar las condiciones de los macuitos como se les llamaba.
Cierto es, que, por faltas de menor cuantía, se enviaba a los esclavos para ser azotados por el panadero del barrio, quien tenía esa tremenda misión como siniestro aditamiento de su oficio. Pero por lo general, en los caserones antiguos de las morenas y morenos hacían una vida apacible, en la cual no pocas veces ponían notas sinceras de fidelidad y de cariño.
La vida colonial tuvo, en esos ejemplares condenados a la servidumbre, sus mejores y más eficaces medios de comodidad y regalonería. Las negras contribuyeron a multiplicar la cocina y la repostería limeña. Para evitar estuvieran en holganza, se les dedicaba a hacer las más variadas pastas y dulces y este aspecto sibarita de la ciudad golosa debe a las morenas cantarinas de otros días múltiples combinaciones culinarias.
Pero, además de este matiz, hubo muchísimos otros, entre los cuales el más frecuente fue el de las amas de leche y el de las llamadas originalmente amas secas. Patriarcal la vida, era frecuente que la señora de la casa en cuidados cada año, no pudiera ocuparse de su prole. Temerosa de debilitarse, no titubeaba en compartir y a veces en ceder la misión maternal de alimentar a sus hijos.
De ahí la utilización de la negra robusta para dar lo mejor y más blanco de su ser en beneficio de sus amos. Nació así la mama enorgullecida de su misión y procurando conservar siempre su influencia sobre el vástago postizo a quien dio el licor sagrado de su sangre.

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El panadero a caballo en la colonia

CONFIANZA
Aquella costumbre explica la confianza alcanzada por aquellas amas de los hogares antañones. Eran mimadas juntamente con sus hijos- Para ellas eran los bocaditos especiales, la buena leche, la comida copiosa, las chichas vigorizantes, las exquisitas gollerías, los cuidados y respetos a sus genialidades para evitar insultos y pataletas fáciles para avinagrar el nutritivo jugo del niñito.
Cuando la lactancia terminaba, esta misma morena u otra, si acaso había llegado nuevos vástagos a la patrona y a la nodriza, se hacía cargo como ama seca del nene ya destetado- ¡Eran tantos los niños de una casa! Comenzaba entonces una nueva faz de esta segunda maternidad.
Al lado de las amas, los chiquillos comenzaban a hablar y a caminar en sus nacientes espíritus seguramente algo se filtraba del misterio oscuro y de los atavismos selváticos y ardientes de aquellas servidoras. Muchas de las aficiones y de las modalidades colorinescas y supersticiosas de los antiguos pobladores de Lima pueden encontrar una interpretación psíquica y fisiológica en este contacto estrecho con los esclavos. Nuestros psicoanalistas podrían obtener de estos datos muy curiosas deducciones.
Cuando termino la esclavitud, no desaparecieron por entero las amas que hasta hace poco existían. No todos los esclavos, como se sabe, hicieron uso del derecho dado por la obra de los avanzados liberales revolucionarios del 55 y aún antes, por gentes de avanzada, hecho aprovechado, como es frecuente, por astutos mandones.

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La infancia en el periodo colonial.

AVISOS
Muchos se quedaron en los hogares   por acto de voluntaria sumisión, ajenos en realidad a la libertad ofrecida. Y por eso las amas continuaron sucediéndose. No es raro encontrar en los avisos de defunciones de “El Comercio” la tierna invitación hecha por algún personaje para el sepelio de su engreída y amada nodriza.
Aún las amas alquilonas venidas después, se parecieron a las antiguas y reprodujeron algo del remotísimo cuadro. Cuando terminaban su misión, volvían de cuando en cuando a visitar al hijo y a recordar el vínculo con el “hermano de leche”
¿Cuál hombre de importancia, llegado a altas posiciones, no tuvo siempre entre sus protegidos a los hijos de su mama? ¿No hemos alcanzado muchos aquella frase con un sentido de sésamo porque la utilizaban para romper antesalas odiosas, hombres humildes quienes iban a solicitar la protección de un poderoso? ¡Los hermanos de leche!


Una ama con el niño que alimentaba.

Aquella costumbre de las amas ha desaparecido por entero. Hieráticas nurses y descoloridas gobernantas han sucedido, sin la sencilla y humildosa afectuosidad de otrora, a aquellas mujeres ingenuas sabedoras de lindísimos cuentos relatados en los aposentos de los niños y que ponían en su oficio un sentido realmente materno de solicitud y amor. 
CUNA
Aquellas dentro de su pueblerina bondad ponían unos frescos adarmes de rústica imaginación y compartían con la madre la misión encantadora de mecer canturreando la cuna del niño, de enseñarle el primer esfuerzo intelectual y físico con la mojiganga del pollito asdado y de explicarle más tarde, con relaciones fantásticas y consejas, como podían volverse buenos los hombres, mansas las fieras y hablar los árboles, cantar las fuentes, contar secretos las santas rositas y tornarse en oro reluciente y sonante el polvo opaco y sordo de los caminos de la vida…(Páginas seleccionadas de las "Obras Completas" que pertenecen como autor al consagrado escritor y político, José Gálvez Barrenechea.

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