jueves, 16 de mayo de 2013

TANGUIS: LA BUENA SEMILLA

El siglo apenas ha comenzado. En la vasta soledad de los campos pisqueños, donde las noches son frías y los días calientan hasta la locura, un tesonero sembrador y su esposa trabajan a la débil luz de una lámpara de aceite. Están “decapitando” semillas de algodón, planta a la que una temible plaga conocida como el wilt amenaza con borrar del mapa económico peruano. Aquel hombre se ha propuesto encontrar a base de intuición y empeño, una variedad de algodonero capaz de resistir ésta y muchas otras enfermedades, una planta que lo haga rico a él y que se haga famosa en el mundo entero. Si otros fatigan geografías o construyen maquinarias en pos de un descubrimiento memorable, a él le bastará con una pequeña semilla. Es su sueño y ha de lograrlo.
Se llama Fermín Tangüis  y ha llegado al Perú en 1870 o 72, según algunos. Natural de Puerto Rico, renunció a su nacionalidad y optó por el exilio, pese a tener un padre inglés, cuando la isla caribeña fue anexada por los Estados Unidos. Salido de este modo de la patria materna, vino al Perú porque había leído las mil y una maravillas de aquel lejano país en el ya famoso libro de Raimondi.


Fermin Tangüis.

Llegado a nuestro país, Tangüis trabajó primero como auxiliar de contabilidad en la Casa Bianchi y luego con la familia de Leopoldo Pflucker, magnate minero de la época. Con ellos marchó a las minas de Santa Inés, de Castrovirreyna. Aprovechando, con la clásica mentalidad de los inmigrantes, cualquier oportunidad como si fuera la única. Tangüis consiguió hacer una módica fortuna negociando con el desmonte minero hasta hacerse dueño de la hacienda Urrutia, en Pisco.
BATALLA
Hombre callado, sobrio de costumbres y gran trabajador, Fermín Tangüis y su esposa, la dama cajamarquina, Isabel Novoa, se aposentaron así en el cálido paraíso del sur chico, listos para librar una definitiva batalla contra la temible  plaga del wilt.
Don Fermín estaba convencido que la enfermedad la producía un virus específico y no un insecto. Sin ser científico de escuela, documentándose con textos encargados al extranjero, se propuso seleccionar hasta la perfección una variedad resistente de algodonero, producto principal de Urrutia. Seis años pasó, día tras  día, encerrado en su gabinete estudiando las semillas, hasta lograr su objetivo. Y mucho más. La variedad Tangüis  de la planta del algodón fue durante años la más productiva y la más noble de la que se tuviera noticia en el mundo entero.
El algodón logrado por el empeñoso chacarero, que él llamaba simplemente especial, entró con gran éxito al mercado en 1912, superando inclusive al prestigiado algodón egipcio (variedad, paradójicamente, originaria de los Estados Unidos), que entonces era record de ventas. Sin mayores apoyos técnicos, trabajando solo y con el aliento único de la propia obstinación. Tangüis se convirtió de la noche a la mañana en propietario de la semilla más rica que ha producido la tierra peruana. Gracias a ella, convertida en principal producto de exportación, en la favorable coyuntura de la Primera Guerra Mundial, el Perú vio incrementados sus ingresos en forma más que sensible.
CARACTERISTICAS
La planta de Tangüis tiene las ramas más cortas y alcanza menor alzada que las tradicionales. Da, sin embargo,  mucho mayor cantidad  de fruto.  Pronto se hizo conocer en muchos lugares y llegó rápidamente a cotizarse en Liverpool, centro de la bolsa mundial, donde se la bautizó con el nombre de su descubridor.
Tangüis, sin embargo, no buscaba la gloria ni estaba movido por ambiciones sin mesura. Tan pronto como halla la solución a su problema, el sosegado campesino empieza a difundirla entre los demás sembradores de la región, convencido de que la semilla milagrosa por el descubierta puede brindar frutos suficientes para todos. ¡Tangüis tiene la semilla, Tangüis tiene la semilla!, se avisan alborozados los lugareños tras años de penalidad. Por fin, adiós a las plagas, a las cosechas perdidas, a la ruina económica. Gracias a Tangüis, el valle costero sonríe, con verde y blanca sonrisa, otra vez.
Tan generosa actitud le valió el aprecio permanente de los algodoneros peruanos. Urrutia, ubicada a medio camino entre Pisco y Humay, en el valle de San Juan de Cóndor, se convirtió pronto en símbolo de la prosperidad y en lugar de visita obligada. Y su pacífico propietario, don Fermín, en prominente personalidad civil de la zona, experto en problemas agrícolas y, sobre todo, amigo incondicional de cuantos lo necesitaran.


Plantaciones de algodón Tangüis.

OFRECIMIENTO
En 1922, el Presidente Augusto B. Leguía le ofreció a Tangüis, según refiere el Ingeniero Federico Uranga, el pago de un sol por quintal exportado, hasta su quinta generación. Leguía considera tal pago un deber del Estado peruano para con el descubridor de la planta que enriquecía sus arcas. Tangüis, con su característica humildad, declinó cortésmente la oferta. Tenía suficiente con su chacra, su mujer amorosa y sus hijos pequeños y con las ganancias que el trabajo le brindaba. Nunca había ambicionado mayor fortuna que aquella y, como quedó demostrado, nunca había trabajado en pos de éxito o fama personales.
Tangüis pudo contar, al cabo de su vida, con siete descendientes: Carmen Rosa, Enrique, Luis Augusto, Isabel, Teresa, Francisco y la pequeña Anita. Como su padre, ellos fueron hijos predilectos de la tierra pisqueña y hasta el día de hoy nietos y biznietos del algodonero portan  con orgullo el ilustre apellido de un hombre ejemplar.
Un busto recuerda a Tangüis en Lima. El Perú ha rendido varios homenajes a aquel modesto chacarero que tanto dinero le permitió ganar, por concepto de exportaciones, en las primeras décadas de este siglo. Y se le recuerda hoy, como lo hemos recordado, aquí, con cariño y admiración. Fermín Tangüis murió en paz satisfecho de sus propios logros y rodeado del amor de los suyos. Al final de su vida supo seguramente que había estado en lo cierto: era suya, como de muy pocos, la buena semilla. Y al futuro le corresponde hacerla fructificar.  (Jorge Donayre Belaúnde)

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada