lunes, 11 de noviembre de 2013

MENDIBURU: COMPETENTE Y BENEMERITO

Notable político, competente militar e historiador minucioso  del Perú en la turbulencia del Siglo XIX.  Hombre honrado, caballeresco y para Riva Agüero benemérito. Sin embargo, resultó vilipendiado por muchos a lo largo de su vida. Lo consideraron inclusive traidor. Cuando, precisamente, era todo lo contrario: estadista abnegado de los que destacan. Aunque tuvo limitaciones relacionadas con la falta de amplitud en las ideas y el empuje audaz en la voluntad para actuar y destacar. Sin embargo, varias veces,  Ministro de Hacienda y de Guerra. En muchos tiempos. Como los de Castilla, de Echenique y en 1879, durante la mismísima  Guerra del Pacífico, conflagración que tanto daño acarreó para el país por los desenfrenos del invasor chileno. En sus planes, la prudencia comprimía a  la audacia. Supo ser leal con las causas incluso vacilantes. Consecuente con los caídos. Fiel  frente a los vencidos. Nunca le faltó  buen juicio y seriedad de alma, por encima de las pasiones y los desfallecimientos. Figura de excepción, figura de admiración completa.
Manuel de Mendiburu Bonet, cuya existencia transcurrió entre 1805 y 1885, quedó para la historia como la encarnación del orden y del más puro espíritu conservador, en una sociedad anarquizada y desquiciada.  Lo consideraron como el ejemplo del honor militar, la  fidelidad y la disciplina, no obstante de que el escenario que le tocó vivir estaba completamente cargado de cínicas infidencias y traiciones cotidianas.


Manuel de Mendiburu.

NACIMIENTO
Un perpetuo servidor de la legalidad, los gobiernos constitucionales en las horas del peligro desenfrenado. Cuando los débiles se ocultan, los astutos actúan y los picaros  se venden al mejor postor, de acuerdo a la opinión del insigne intelectual y pensador, José de la Riva Agüero y Osma.
Nació en Lima el 20 de Octubre de 1805. Hijo del abogado Manuel de Mendiburu Orellana, Asesor del  Tribunal del Consulado, Oidor Honorario de la Audiencia del Cusco y electo para la de Chile, cargo al que no llegó a tomar posesión  a causa del triunfo libertador.  Su madre Gertrudis Bonet Pérez del  Junco.
Su abuelo paterno, Juan Miguel de Mendiburu, fue un acomodado comerciante  español  de origen vasco  que se afincó en Lima, desde la primera mitad del Siglo XVIII. Mientras que el materno, Joaquín Bonet Martínez de Abascal, era Contador del Tribunal de Cuentas y Caballero de la Orden de Carlos  III.
El tío del General  Mendiburu, como hermano de su padre, resultó Juan Manuel de Mendiburu Medrano que siguió la carrera de las armas, combatió en España contra los franceses y vino a ser el penúltimo gobernador de la provincia de Guayaquil. 
PATRIOTA
Una hermana del padre se casó con el militar vizcaíno Francisco Javier de Mendizábal, Intendente de Huancavelica, Coronel del Ejército del Alto Perú y después en España Mariscal de Campo, Gran Cruz de San Hermenegildo y Capitán General de Galicia.  El ejemplo de esos parientes contribuyó a la vocación militar de nuestro personaje que dicho sea de paso sintió la vocación  desde la infancia, según cuenta  en sus memorias.
La familia arruinada por el triunfo  libertador  vivía en modesta y oscura posición económica. Todo índica a pensar que, aún después de proclamada la Independencia, seguía siendo  en secreto afecta a la causa española.
Pero el joven Manuel que había estudiado en el Real Colegio de San Fernando, bajo la dirección de Luna Pizarro, se entusiasmó con el partido de la patria  y de San Martin.  Por eso es que ingresó al Ejército y abandonó su empleo de auxiliar de la Contaduría del  Consulado.  Lo hizo a fines de 1821, sirviendo como Alférez de Caballería en el Ministerio de Guerra.
Graduado de Teniente en 1822, participó en la primera campaña de Intermedios y destacó en las  acciones de Torata y  Moquegua. Ascendido a Capitán, volvió  en la Segunda Expedición de Intermedios en el Estado Mayor del General Santa Cruz y se distinguió en la Batalla de Zepita.





Su obra cumbre.

ACUSACIONES
Nuevamente de regresó a Lima, el Presidente Torre Tagle le dio el mando de la primera compañía del escuadrón de su Escolta. Después de la pérdida de los castillos del Callao en Febrero de 1824, ocupada la capital por las tropas realistas y sometidas a ellas, el Jefe de Estado y sus huestes se retiraron hacia Chancay a reunirse con el resto del ejército patriota. De un momento a otro, el mandatario regresó  a Lima y se entregó a los españoles.
De esto aprovecharon más tarde los detractores de Mendiburu para acusarlo de haberse pasado a los realistas, aseveración infundada y maliciosa. Los verdaderos y únicos autores de la defección fueron el primer jefe de la Escolta, concuñado de Torre Tagle y el que lo seguía como segundo que tenía conexiones estrechas con los españoles
No siguió el ejemplo de muchos de la Escolta que entraron en las filas realistas. Se quedó en Lima enfermo y pasó poco después a Arequipa, donde estuvo al lado del Intendente Lavalle.
 Pero en vez de procurar reunirse con Bolívar, lo que le hubiese permitido asistir a las Batallas de Junín y Ayacucho, o restituirse cuando menos a Lima después de ellas para poner en claro su conducta, cometió la falta, que el mismo reconoce en sus Memorias, de emprender un paseo por Brasil y España. 
RETORNO
De vuelta a América, residió algún tiempo en Santiago de Chile donde contrajo matrimonio. Sólo llegó a Lima en 1827 cuando ya había cesado en el poder Bolívar y la Constitución Vitalicia. Se presentó a Santa Cruz, quien lo recibió con afabilidad, aceptó sus descargos y  lo empleó en su secretaría privada.
Solicitó y obtuvo comenzar de nuevo la carrera militar, dando por perdidos sus grados anteriores, a consecuencia de la defección del cuerpo a que perteneció en 1824 en la que involuntariamente se vio implicado.
Ascendió con la rapidez propia de aquella época y con la que merecían su laboriosidad e instrucción. En 1828 lo hayamos de Capitán ayudante del General en Jefe Agustín Gamarra, en la batalla del Portete de Tarqui.
No tomó parte alguna en el pronunciamiento contra La Mar y hasta estuvo preso, por varios días, como muy afecto al presidente caído. Principal empleado en el Estado Mayor Nacional en 1831. Sobre él recayó por más de dos años, el peso de casi toda la administración militar del país.
Sirvió  a Salaverry cuando era dueño de casi todo el Perú, menos de Arequipa, con el cual tenía una profunda amistad. Recibió de él públicas y extraordinarias pruebas de estimación y confianza. Aceptó los cargos de Prefecto de la blanca ciudad y Comandante de la Quinta División de su ejército.

Felipe Santiago Salaverry
General Felipe Santiago Salaverry.

PRETEXTO
La importante  participación en el desarrollo de la campaña dio pretexto a los émulos y envidiosos a inculparlo en supuesta traiciones que nunca existieron. Quisieron infamarlo con los más deshonrosos cargos. Incluso de connivencias con Santa Cruz.  Nada de ello, por supuesto existió.
Su conducta resultó inobjetable y la historia lo absolvió por  completo. En esta oportunidad, hizo cuanto pudo para proveer al ejército de víveres y equipos. Lo mismo que para reunir un considerable cupo y lo logró, aunque tropezó con serias dificultades.
Arequipa estaba agotada por dos años continuos de guerra civil que había consumido sus recursos. El vecindario era declarado enemigo de Salaverry y adicto entusiasta de Orbegoso y Santa Cruz. Los ricos que podían suministrar dinero se habían retirado a Puno y otros estaban ocultos.
La tropa de Salaverry, por su lado, no observaba estricta disciplina y a riesgo de exacerbar al pueblo vino el reclutamiento por fuerza de los ciudadanos, el insulto a los extranjeros, la invasión de iglesias y el maltrato a  los que querían entrar en ella.
RENUNCIA
Desesperado por los desmanes de la soldadesca y agobiado por las responsabilidades de su puesto,  renunció a la Prefectura el 24 de Enero de 1836. Salaverry aceptó la renuncia en vista de la invencible repugnancia de Mendiburu  por las violentas medidas que aquel reputaba indispensables.
Persona esencialmente moderada, no se decidía a consentir y autorizar extorsiones y vejámenes. Salaverry lejos de separarlo del servicio, como indudablemente lo habría hecho si encontraba en él negligencia o tibieza, lo nombró el mismo día de su renuncia, Comandante General de la Quinta División compuesta por el regimiento de Coraceros.
Mandando dicha división, asistió a los combates del puente de Arequipa, de Uchumayo y del Alto de la Luna o Socabaya por lo que otra vez recibió duras críticas. No obstante de que su actuación fue impecable. Jamás hubo traición a Salaverry. Ni tampoco adulatoria bajeza con el rival,  Santa Cruz.
PRESO
Las deshizo con los testimonios concluyentes de Juan Salaverry, hermano del dictador, de los Generales La Puerta, Frisancho y Medina y del doctor Miguel del Carpio, personajes que habían intervenido en los sucesos de 1835 y 1836. La mala fe, felizmente, no dio resultados. Cayó por completo. A la verdad nunca se le puede ganar. Ni siquiera con las peores de las mentiras.
La  prueba de la inocencia con Salaverry es su conducta bajo el gobierno de Santa Cruz. Conspiró, sin descanso, contra él. Procuró, por cuantos medios pudo, que Orbegoso disolviese la Confederación Perú Boliviana.
 Rechazó indignado la propuesta de servir al Protector. Estuvo preso en los calabozos del Callao y fue desterrado a Guayaquil, de donde pasó a Chile a reunirse con los demás emigrados y volver con la expedición restauradora de Gamarra y Bulnes. Su honradez  política quedó patente.
Desde mediados de 1838, Gamarra lo nombró Oficial Mayor del Ministerio de Guerra. Por ausencia del Ministro del ramo, el  General Castilla, se encargó varis veces de la cartera. Acreditado como Plenipotenciario del Perú para celebrar la paz con Bolivia, ajustó en el Cusco,  con el representante de ésta, Gutiérrez, un ventajosísimo tratado.
Por el adquiría el Perú toda la orilla del Desaguadero, se le reconocía indemnización por los gastos de la guerra y establecía una aduana en común en Arica. Bolivia rehusó ratificarlo y las negociaciones  continuaron después con otros plenipotenciarios.
Entre tanto, pasó a Tacna como Prefecto del departamento. Allí tuvo su actividad de campo para emplearse con notable provecho en medio de una impecable administración que desarrolló.
Fundó sociedades de beneficencia. Cuidó mucho de la higiene y del ornato de las poblaciones. Fomentó la  enseñanza  elemental, vigiló celosamente los intereses  fiscales y estudió las necesidades económicas de la zona.
Le preocupó muy en especial el comercio con Bolivia, cuya principal puerta era entonces Arica y propuso la exención de gravámenes aduaneros. Como acto de cultura y de comunicación, fundó y redactó el bisemanario “El Mensajero”. El primer periódico que se publicó en Tacna.
La revolución de 1841 lo perturbó en tan útiles tareas.  Lo destituyeron del cargo luego de la ocupación de la ciudad fronteriza por las tropas  de Vivanco. Fue repuesto por un movimiento popular contra los insurrectos. Cuando vino la tranquilidad, el Presidente Gamarra visitó Tacna y le expresó su gratitud a por los leales servicios prestados al régimen legal.


Prefecto de Tacna.

MONTONERO
El militar fue nombrado por Gamarra su secretario general. Lo acompañó en toda su campaña  hasta que murió en la batalla de Ingavi desarrollada en territorio boliviano. Pudo salvarse fugando por el lado de Oruro y pasando grandes riesgos por la indisciplina y desmoralización de los dispersos entregados al saqueo.
A los pocos días regresó al sur, provisto de las facultades necesarias, pero sin haber conseguido tropas que suplicó con ahínco y le fueron denegadas. Casi sólo, desamparado se situó en Moquegua con las montoneras que formó, recuperó el valle de Sama e inquietó a los invasores.
Embarcó parte de sus tropas en Ilo para Iquique y  envió otra en partidas sueltas por las sierras de Tacna para que molestara a los bolivianos. Volvió a Tacna se reencargó de la Prefectura y, en compañía del General Nieto, continuó organizando, con exiguos recursos, un cuerpo de ejército que llegó a contar con mil hombres. 
ANARQUIA
En estas circunstancias, se desencadenó en suelo peruano una furiosa anarquía. La Fuente con la división del Cusco proclamó al General Vidal Jefe Provisorio, pretextando que era Segundo Vicepresidente  del Consejo de Estado, como si no existiera el Presidente de dicho Consejo, Manuel Menéndez, encargado del mando en virtud de terminante disposición constitucional.
Algunos días antes del golpe de estado de Torrico, Menéndez lo nombró Ministro de Hacienda, el 4 de Diciembre de 1842. Dejó la Prefectura y se dispuso a ir a Lima para tomar posesión de su alto cargo. Muy rápido tuvo noticias del cambio de gobierno. No bien llegó a la capital, el golpista  le ofreció los Ministerios de Guerra y de Hacienda y él incurrió en la condenable flaqueza de aceptarlos.
Poco duró este ministerio suyo porque la batalla de Aguasanta deshizo el poder de Torrico. En los seis meses del Gobierno del sucesor Vidal, vivió apartado de la política y dedicado tranquilamente a la agricultura.
Los momentos de quietud finalizaron  con una orden de destierro en su contra para Chile firmada por Vivanco quien depuso a Vidal y se declaró Supremo Director de la República. Expatrió a  cuantos imaginaba contrarios al nuevo sistema.



Escribio muchos libros.

MINISTRO
Conspiró contra el orden establecido desde el extranjero con  el General Nieto y los coroneles Joaquín Torrico y Pedro Cisneros. Ellos desembarcaron en Arica y pasaron a Tacna que se pronunció y los aclamó gracias al prestigio que gozaba en esa ciudad por los buenos recuerdos de su prefectura. Mientras que Castilla se sublevó en Tarapacá
En esas circunstancias  le correspondió servir al Jefe de Estado Mayor Juan Crisóstomo Torrico que desde Bolivia, en donde se hallaba refugiado, entró a  operar en el departamento de Puno. Pidió la colaboración del gobierno del país altiplánico, pero nadie se la dio. Entonces, se dirigió a Chile para conseguir auxilios que tampoco obtuvo
El Prefecto Elías en Lima se inclinó por el restablecimiento de la Constitución de Huancayo y llamó a los desterrados. Volvió acompañado por Manuel Meléndez y éste, cuando reasumió el mando el 7 de Octubre de 1844, lo nombró Ministro de Hacienda, ramo en el cual disfrutaba fama de experto.
Fue el principal inspirador del corto gobierno de Meléndez que se caracterizó por elevados propósitos de economía y concordia y principió a ordenar y moralizar la administración fiscal muy relajada por los dilatados trastornos. 
REORGANIZADOR 
El primer periodo de Castilla fue benéfico y reconstructivo. Por su parte, Mendiburu cooperador utilísimo  ocupó el cargo de Ministro de Guerra en 1845. Le tocó reorganizar el Ejército, reduciéndose el efectivo a 3 mil 500 hombres.  Pero lo principal es que se extirparon infinitas corruptelas y comenzaron las reformas de las ordenanzas y la recomposición de la Marina
Le tocó, comisionado por Castilla, visitar Arequipa, Puno, Cusco y Tacna para aplacar conspiraciones fomentadas por San Román. En el sur aquietó los ánimos y disipó el peligro, separando sin ruido a los oficiales sospechosos.
Cumplido en todo  el difícil encargo, regresó a Lima en donde, por necesidades políticas del momento, cambio la cartera de Guerra por la de Hacienda que lo obligó a descansar por una seria dolencia. Restablecido  a mediados de 1847, entró en el Consejo de Estado, para el cual el Congreso lo había elegido.
El mismo Castilla lo nombró Inspector y Comandante General  de Artillería, puesto en el cual le tocó regenerar esta arma de la que puede llamársele segundo restaurador, porque en el largo intermedio de Pezuela había decaído hasta venir al abatimiento más grande y a la completa nulidad.
GENERAL
Uno de los  actos del Gobierno fue presentarlo para el grado de General de Brigada que el Congreso le concedió casi unánimemente y que obtuvo no como retribución según era ordinario en esa época, sino como merecido premio por sus servicios a favor del orden legítimo y de la reorganización del Ejército.
El nuevo Presidente Echenique le confió el Ministerio de Hacienda y en tal calidad intervino en la consolidación de la deuda interna. Con rigurosa e inconmovible decisión, se opuso al torrente de pretensiones temerarias en este campo y atajo o redujo a sus debidos límites los excesos. Hizo cuanto le fue dado por moderar las imprudentes leyes de consolidación  y su ejecución funesta.
En Septiembre de 1852, partió para Inglaterra como Ministro Plenipotenciario y comisionado para el nuevo convenio sobre la deuda exterior. Se encargo la cartera de Hacienda en su ausencia a Nicolás de Piérola
Evitó reclamaciones económicas con un nuevo empréstito de 2.600.000 libras con el cual se convirtió a favorable la deuda activa anglo peruana y se pagaron los dos millones de pesos fuertes adeudados a Chile. Bajó por completo los elevados intereses. Trasladó  al mercado de Londres parte de la deuda interna consolidada. 



ATAQUES
Las pasiones políticas endurecidas y caldeadas hasta el delirio acogieron mal la noticia de estas operaciones provechosas y las tergiversaron por completo. Atacaron  el empréstito  y a su negociador de forma implacable. Siniestras, calumniosas acusaciones. Los más antojadizos comentarios.
El caudillo de la oposición, Domingo  Elías, instigó esta campaña. Se dijo que el empréstito pudo hacerse en mejores condiciones. Mendiburu pidió ser sometido a juicio para esclarecer su conducta. Pero no lo permitió el Gobierno y el Congreso aprobó solemnemente sus actos. De vuelta de Europa, en los últimos días de 1853, se le volvió a confiar el Ministerio de Hacienda y  la Comandancia General de Artillería.
 Pese al ambiente hostil contra el gobierno, que derivó en la Revolución Liberal de 1854, se mantuvo leal a Echenique, siendo nombrado Jefe de Estado Mayor y Secretario General del presidente en campaña.
 Por desacuerdos con sus colegas renunció a sus cargos, pero mantuvo la Comandancia General de Artillería. Tras la derrota de Echenique en la Batalla de La Palma en 1855, marchó al destierro a Chile. Su casa en Lima fue una de las saqueadas por los vencedores.
DIPUTADO
Reconciliado con Castilla, como la mayor parte de los conservadores, resultó elegido Diputado por la provincia  de Quispicanchis. Fue designado Vicepresidente del Congreso y después que el Presidente Bartolomé Herrera se retiró, le tocó dirigir los debates de la Constitución de 1860.
Trabajó y votó en contra de los fueros personales, pero perteneciente a la fracción conservadora de la asamblea, combatió las otras innovaciones que había introducido la convención del 56. Su ideal era volver a la Constitución de Huancayo.
Su exagerado conservadorismo lo hizo rehusar expresamente la candidatura a la Presidencia de la República con que lo convidaba un grupo de amigos y que, en los primeros meses de 1861, contó con numerosas adhesiones.
Cuando en 1862 asumió como Presidente el Mariscal Miguel de San Román, éste quiso nombrarlo Jefe del Gabinete Ministerial, lo que no se concretó al surgir una enconada campaña periodística en su contra. En cambio, fue nombrado Inspector y Comandante General de Artillería.
Bajo el gobierno del General Juan Antonio Pezet, ejerció la Jefatura del Estado Mayor durante la campaña emprendida contra la revolución de Mariano Ignacio Prado. Triunfante esta revolución en noviembre de 1865, marchó desterrado a Guayaquil.

 
Con el uniforme militar

GRAN OBRA
Regresó al Perú a fines de 1867. Lo nombraron Director y reorganizador de la Escuela de Artes y Oficios de 1870 a 1879 y Presidente de la Junta Reformadora de las Ordenanzas Militares.
Por esos tiempos estuvo empeñado a la gran obra del Diccionario Histórico Biográfico del Perú en ocho volúmenes. La parte primera corresponde a la época de la dominación española.  Se trataba de un amplio proyecto del pasado del país, en base de biografías que empezaban con la Conquista  y el Virreinato.
 Sólo los cuatro primeros tomos fueron supervisados directamente por el autor (1874, 1876, 1878 y 1880), los restantes se editaron póstumamente, el último de ellos en 1890. Posteriormente Evaristo San Cristóval lo reeditó con un apreciable apéndice, en un total de 15 volúmenes, entre 1931 y 1938.
Destinadas a constituir la segunda parte del mismo diccionario, Mendiburu dejó inéditas unas biografías de generales republicanos. En 1963 fueron editadas con notas de Félix Denegri Luna y prólogo de Manuel Moreyra y Paz Soldán.
 Se trata también de una obra importante, por transmitir datos valiosos de los inicios de la República, en los que el autor fue actor y testigo privilegiado. Son de destacar su defensa del mariscal Agustín Gamarra y sus críticas severas hacia Juan Crisóstomo Torrico y Manuel Ignacio de Vivanco.
LA GUERRA
Declarada la guerra por Chile contra el Perú,  fue nombrado General en Jefe del Ejército de Reserva. El Vicepresidente La Puerta, encargado del mando por ausencia de Prado, le encomendó el Ministerio de Guerra y la Presidencia del Consejo de Ministros. Para muchos, su ancianidad lo hacía inadecuado para cargo de tanta acción y en tan críticas circunstancias.
No obstante, procuró ponerse a la altura de la época e hizo cuanto pudo. Lo que principalmente le afanó fue la defensa de Lima en la cual formó y disciplinó al Ejército llamado del Centro que llegó a contar con más de 14 mil hombres y del que tanto pudo esperarse si no lo hubieran desorganizado.
Los disentimientos con sus colegas del Gabinete y con La Puerta a cerca de las resoluciones que exigían el curso de la guerra y la agitación existente, lo decidieron a renunciar al ministerio en Octubre de 1879, dos meses antes del pronunciamiento de Piérola. 
TESTIGO
Asistió como testigo desesperado y mudo a la catástrofe de Miraflores que había previsto. Llamado a una junta de guerra al día siguiente de la derrota de San Juan, opinó por  fortalecer, con artillería y nutridos cuerpos de infantería, los intervalos que presentaban las obras de defensa en la extensísima y débil línea peruana.
 No se siguió su parecer y los enemigos penetraron, en efecto, por aquellos desmesurados e indefensos espacios entre los reductos. Los estudios históricos, en que volvió a sumirse, fueron el lenitivo de sus amarguras patrióticas durante la ocupación chilena. Falleció el 21 de Enero de 1885, de 79 años.
Fue una figura  que tuvo un limpio perfil de guerrero. Encarnación del orden y del más puro espíritu conservador. Lo admirable sus fortalezas indiscutibles que acabamos de exponer sin soslayar nada y enfrentando la realidad tan adversa. Méritos indiscutibles, méritos que hay que aplaudir. (Edgardo de Noriega)

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