domingo, 29 de junio de 2014

CONSECUENCIAS DE LA DERROTA FRANCESA

Casi inmediatamente después del ejército invasor,  llegaron a Francia los “batallones” de burócratas para poner en marcha el régimen de ocupación: gobernadores militares con su séquito de funcionarios, el “Propagandastaffel” (oficina de propaganda), los “Devisenschutzkommandos” (organismo para proteger la moneda  alemana), etc.  La vida francesa, en mucho de sus aspectos, cambió rápidamente al ser reglamentada mediante una serie de disposiciones sutilísimas y el país se encontró en vías de “recuperación” después de la deprimente derrota. Pero esta “recuperación” asumió, a menudo, aspectos muy extraños,
A las 12.30 del 17 de Junio de 1940, el nuevo Primer Ministro, Mariscal de Francia Philippe Pétain,  dirigió el siguiente mensaje radiado:
“¡Franceses! Aceptando la invitación que me ha dirigido el Presidente de la República tomo desde hoy las riendas del Gobierno. Tengo fe en la lealtad de nuestro magnífico Ejército que con un heroísmo digno de sus antiguas tradiciones está luchando con un enemigo superior en número y en medios.
Luego agregó: “Me consta la maravillosa resistencia con que ha cumplido  con su deber y cuento con el apoyo de los viejos combatientes que me enorgullezco  de haber estado a mis órdenes. Ofrezco ahora incondicionalmente mis servicios a Francia con el fin de aliviar sus sufrimientos.


Oficiales en plena guerra. Al fondo, la torre de Eiffel

DOLOR
“En esta hora de amargura, mi pensamiento se dirige a los desgraciados fugitivos que llenan las carreteras de Francia y siento un inmenso dolor por su triste condición. Hoy, con el corazón dolorido, os comunico que los combates deben cesar.
“Ayer por la tarde me puse en contacto con el adversario para preguntar, de soldado a soldado, sí después de cesar el fuego, y con unas condiciones honorables, estaría dispuesto a encontrar el modo de poner fin a las hostilidades”
“Quisiera que todo el pueblo francés pudiera reunirse alrededor del Gobierno del que asumo la presidencia en esta hora de tribulación. Que cada uno de vosotros ahogase su propio dolor personal y volviera a poner su fe en el destino de la patria”.
La reacción a esta llamada fue inmediata y determinante. Todos los franceses escucharon las palabras del nuevo Jefe de Gobierno. En París y en las ciudades más importantes de la Francia no ocupada, donde todavía se editaban periódicos, la gente pudo leer enseguida el discurso por lo que, al cabo de pocas horas, toda la nación estaba al corriente del mismo. 
CREENCIA
La importancia de la decisión de Pétain derivaba del prestigio personal del mariscal que entonces gozaba del favor popular, especialmente entre los numerosos poilus( sobrenombre con el que se conocía a los infantes durante la Segunda Guerra Mundial). Para el país, quien hablaba no era el Primer  Ministro, sino el Gran  Mariscal, comandante de los Ejércitos victoriosos de 1918. Había que creerle si afirmaba que había llegado el final: el final de la guerra, de los sufrimientos y quizás, también, el final de la grandeza de Francia.
Aceptar la idea del armisticio así sugerida no significaba falta de patriotismo. ¿Quién hubiera osado discutir una decisión tomada por un viejo mariscal, cuando éste aseguraba que había llegado la hora de olvidar los prejuicios y de solicitar las condiciones, no ya de rendición, sino de armisticio?
La evacuación de Dunkerque dejó un sabor amargo a los franceses. Puesto que nadie podía imaginar entonces que la retirada facilitaría más tarde la victoria, les ofreció una especie de coartada mental, una excusa para poder aceptar el hecho.
Admitían que Francia había sido derrotada porque Inglaterra la había abandonado, lo cual demostraba que aquella proyectada unión tal como temieron siempre los franceses, fue una idea magnífica pero irrealizable. No era más que un plan de “la pérfida Albión” para apoderarse de las colonias francesas.


Los alemanes en el Arco del Triunfo.

PREGUNTA
En cuanto a la idea de Winston Churchill de defender París casa por casa y de empezar las guerrillas en Francia, horrorizaba a quien oía hablar de ello. Esto significaría ignorar la realidad de los hechos y, además, sería un desastre para la población civil. Una guerrilla a escala nacional, basada en la resistencia hasta la muerte y en la destrucción total de los centros habitados, requería condiciones completamente distintas de las que existían en un país tan desarrollado y relativamente pequeño como Francia, y que, por añadidura, en aquellos momentos, estaba desmoralizado.
Por otra parte las condiciones de armisticio ofrecidas por los alemanes eran mucho menos duras de lo que temían los franceses o de las que merecía Gran Bretaña, ya que no imponían la rendición de las colonias ni de la Marina, y ni siquiera les obligaba a ponerse al servicio del Eje para luchar contra Inglaterra.
La primera pregunta de Weygand cuando el General Huntziger le comunicó por teléfono las condiciones del armisticio, fue: ¿Y la Flota? Al oír la respuesta del General de que los alemanes no habían exigido su rendición, suspiró con alivio. Por si era poco, se consiguió otra concesión de los alemanes: la Flota podía permanecer fondeada en los puertos de ultramar. ¿Qué otra cosa mejor podían esperar los franceses y los ingleses? Parecía que lo peor había pasado.



Petain.

RESIGNACION
Esta impresión se adueñó en la multitud, moral y físicamente abatida y contribuyó a suscitar los contrapuestos sentimientos con que acogió la perspectiva de poner un fin inmediato a sus sufrimientos. El Gobierno, el Alto Mando y el pueblo estaban convencidos de que Inglaterra sucumbiría también y de que el final de la guerra estaba ya próximo. Hubiera sido difícil censurarles por esta convicción.
No obstante y a pesar de los aplausos con que se acogió en muchas ciudades el mensaje de Pétain, también era bastante general el sentimiento de un desolada resignación. Muchos franceses lloraron al oír la voz cansada del viejo soldado anunciando la dura decisión: otros fueron presa de un abatimiento tan profundo que, en algunos casos, llegó hasta el suicidio, y no faltaron, finalmente, quienes vertieron su resentimiento contra los políticos culpables de las desgracias del país.
Pero lo cierto es que una gran parte del pueblo francés se mantuvo al margen de esta efervescencia. Había muchos elementos  pasivos, y también muchos oficiales, que anteponían la disciplina a todo, especialmente entonces cuando habían perdido los medios y la voluntad de luchar. Estaban derrotados, y en su presunción profesional no podían admitir que Inglaterra no tuviera que sufrir la misma suerte.


Operativo nazi.

MINORIA
Existía además una exigua minoría de elementos activos que, a veces, desempeñaron un papel decisivo en la tragedia. Se trataba del reducido grupo de fascistas extremistas, los nazis de Francia. Estos habían deseado ardientemente la victoria de Alemania-quizás habían colaborado en ella- con la esperanza de hacer triunfar en su patria sus ideologías.
Otro grupo estaba constituido por los que formaban parte del Gobierno o pertenecían a los ambientes políticos, quienes aceptaron el armisticio como el menor de los males y abogaron por esta solución. Entre ellos figuraba Weygand y su Estado Mayor, movidos principalmente por razones militares, pero también por otras causas de orden político.
 Otro sector como los políticos capitaneados por Pierre Laval, funcionarios estatales, exponentes del mundo económico y teóricos como el periodista monárquico Charles Maurras, veía en el armisticio la ocasión más propicia para curar a Francia de sus evidentes males crónicos, para darle una constitución más de acuerdo con los tiempos modernos y sobre todo, más predispuesta a la colaboración con las dos dictaduras dueñas del continente. Hubo, incluso, quien pensó en una Francia que ocuparía el puesto de Italia como aliada de segundo orden de Alemania. 
“LOS OTROS”
Pero no se deben interpretar torcidamente estas actitudes francesas: quienes las sustentaban eran patriotas sinceros, que consideraban como deber personal  adoptar unas actitudes realistas. Hombres convencidos de que debían salvar a Francia de una destrucción total y asegurarle un porvenir más prometedor y aceptable. Para ellos el armisticio era solamente el primer paso hacia una paz razonable.
Finalmente estaban “los otros”, los que se resistían, negándose a resignarse, a adaptarse o a bajar la cabeza  frente al supuesto inexorable destino. Eran pocos y aislados, y cuando proclamaban su propia indignación nadie les escuchaba. Necesitaban algo o alguien que polarice sus energías latentes, dispersas,  pero potencialmente fuertes. Y no tuvieron que esperar mucho. El 17 de Junio, el mismo día en que el Mariscal Pétain comunicaba al pueblo francés la derrota, Charles  De Gaulle llegaba a Inglaterra a bordo de un avión británico, y por la tarde habló también él a los  franceses, pero en un tono muy distinto:
“Creedme ¡nada se ha perdido para Francia! Los mismos sistemas que nos han llevado a la derrota podrán conducirnos un dia a la victoria. ¡Porque Francia no está sola! ¡No está sola! Esta guerra no se limita exclusivamente al desgraciado territorio de nuestro país. No se reduce a la batalla de Francia. Es una guerra mundial. Todos los errores, las dudas, los sufrimientos, no bastan para cambiar la realidad innegable de que existen en el mundo medios suficientes para destruir un día al enemigo…¡De ello depende el destino del mundo!”.


Muerte y desolacion

PATRIOTISMO
Sus palabras no causaron en aquel momento un gran efecto en el pueblo francés. En primer lugar, pocos lo escucharon. Y además ¿Quién era aquel General de Gaulle? Se le conocía solamente en las esferas militares y quizás en el Parlamento donde Reynaud había hablado de sus ideas sobre la guerra acorazada. Pero en 1940, los franceses lo rechazaron con un encogimiento de hombros. Sin embargo, una minoría bastante limitada escuchó su llamada. Una minoría compuesta por quienes tuvieron el honor de poder definirse como los primeros gaullistas.
Aunque a escala muy reducida, constituyeron una muestra representativa de todo el pueblo francés. Hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, militares de carrera e intelectuales, capitalistas y obreros, funcionarios de todas las categorías, campesinos, pescadores, extremistas de derechas y de izquierdas, como por ejemplo, los comunistas que no aceptaban las directrices de Moscú.
 El vínculo que unía  todos estos “resistentes del primer momento” era, desde luego, el patriotismo, pero existía otra gran mayoría de patriotas, igualmente sinceros, que seguían a Pétain. Para ser un resistente del primer momento como De Gaulle, e incluso antes de que De Gaulle hubiera expresado las razones por las que se debía resistir, hacía falta tener algo más que patriotismo. Algo que De Gaulle poseía en sumo grado: una obstinación que incluso le hizo rechazar la aceptación del hecho. 
DESPLAZAMIENTO
Unos sencillos pescadores bretones ofrecieron, en este sentido, un ejemplo maravilloso: el 19 de Junio un barco Lóiseau des Tempëtes zarpó del pequeño puerto de Le Primel hacia Inglaterra. El 23, el 24 y el 25 de Junio otros tres salieron de Sein, la isla más occidental de La Bretaña, que contaba en total mil 100 hombres, transportando a Inglaterra 133 personas, es decir, toda la población masculina comprendida entre los catorce y los cincuenta y un años. Los bretones eran por tradición enemigos de Inglaterra, pero no habían sido nunca conquistados por nadie. Y la obstinación bretona es proverbial en Francia.
Al concluir las operaciones militares, las tropas alemanas empezaron un nuevo desplazamiento. Con gran satisfacción por parte de las poblaciones, evacuaron el territorio libre que habían invadido y tomaron posesión de las zonas no ocupadas todavía, a lo largo de la costa atlántica. Así pues, el grueso del Ejército se sitió al Norte, disponiéndose a lo largo de las costas del Canal de la Mancha para prepararse y llevar a cabo la acción subsiguiente: la invasión de Inglaterra.
Pero los alemanes retenían en la zona Somme-Aisne, de 700 mil a 800 mil prisioneros, ya que hasta aquel momento había faltado el tiempo y los medios de transporte para trasladarlos a Alemania.
 Nadie sabía qué hacer con aquella masa humana, a l que era preciso alojar y alimentar. Resultaba casi imposible improvisar acantonamientos decentes y fue una fortuna para aquellos infelices que fuera verano.


Charles de Gaulle

PRISIONEROS
 Se improvisaban campos de prisioneros en cualquier parte: en las escuelas, en las barracas, en las cárceles e incluso al aire libre. Bajo juna vigilancia muy suave, ya que no solamente los prisioneros, sino incluso los centinelas estaban seguros de que  muy pronto serían puestos en libertad.
Esta convicción tuvo los más diversos efectos: disuadió a muchos prisioneros de intentar una evasión que hubiera sido fácil, e indujo a otros a salir tranquilamente del campo, a vestirse con tropas de paisano y regresar a sus casas. Algunos comandantes del campo llegaron a poner espontáneamente en libertad a muchos de sus prisioneros. Un sargento de Aviación francés sustituyó los botones de latón de su uniforme por botones negros, que le daban aspecto de chofer, y se alejó sin ser molestado.
Un sargento de infantería consiguió comunicar a su esposa donde se encontraba internado. Y la mujer se presentó valientemente al comandante del campo pidiendo y obteniendo la libertad del marido. Le extendieron una licencia con la orden de presentarse al mando militar de París. Después, obtuvo una prórroga de duración indefinida que le permitió reanudar su trabajo y vivir en su casa, con la única condición de presentarse cada día, vestido de uniforme en la oficina de mando. 
PROBLEMA
Poco a poco, los alemanes cansados de verle comparecer cada veinticuatro horas, le dijeron que se presentara solamente una vez a la semana, y después una vez al mes. Con el tiempo, su único uniforme se gastó y como existía una administración  francesa capaz de procurarle otro, le permitieron presentarse vestido de paisano. Al final, fue exonerado de tal requisito.
El problema más agudo era el de los transportes, a causa de la gran escasez de medios  disponibles. Habían sido destruidos casi 2 mil 500 puentes y mil 300 estaciones ferroviarias. Los rieles del tren y las carreteras también resultaron muy dañados. Faltaba el carburante y la energía eléctrica. El material rodado de que se disponía era escaso y las autoridades del territorio libre se mostraban comprensiblemente reacias a enviar trenes, hacia el Norte, ante el temor de no volverlos  a ver.
Existían además otras  dificultades muy serias: el aumento inesperado de la población creó enormes problemas de alimentación e higiene. Artículos de primera necesidad como la carne y el pan escaseaban y tuvieron que racionarse. Por otra parte, era evidente el peligro que corría la salud de muchos fugitivos, obligados a dormir en coches durante semanas enteras al aire libre o en casas llenas de gente y sin instalaciones higiénicas. Afortunadamente, la estación y las condiciones atmosféricas-era un verano maravilloso- contribuyeron a aliviar los sufrimientos y no hubo que lamentar ningún tipo de epidemias como viruela o tifus.



MIGRACION
Antes de que los alemanes pudieran disponer de la repatriación de los millones de fugitivos, muchos de ellos ya habían empezado a desplazarse por propia iniciativa. Se registró entonces un movimiento de migración en pequeña escala hacia el “territorio libre”.  El 29 de Junio, el Gobierno se trasladó desde Burdeos a Vichy, escogida como capital a causa de ls posibilidades de alojamiento que ofrecían sus numerosos y grandes hoteles y los funcionarios tuvieron que trasladarse con sus oficinas centrales.
Asimismo llegaron a Vichy muchos judíos. También fueron allá los antifascistas extranjeros o franceses, que temían represalias y asimismo todos los franceses que no podían soportar la idea de vivir bajo el dominio alemán. Excepto los funcionario gubernamentales, los demás tenían que arreglárselas solos para llegar a la zona libre y ciertamente no podían contar con la ayuda alemana, ya que los nazis hubieran obstaculizado cualquier emigración si hubieran tenido tiempo para controlar la línea de demarcación
Lo que la gran mayoría de fugitivos deseaba más que nada era volver a sus casas, fuera en la zona que fuera y algunos ya habían empezado a hacerlo.  Se trataba de quienes habían sido alcanzados por las tropas alemanas cuando estaban a poca distancia de sus hogares, o de todos aquellos a quienes les faltó un medio de transporte o les fallaron las fuerzas en las primera etapas de la fuga. 
PROPAGANDA
La propaganda alemana no dejó de aprovechar esta ocasión. Un gran cartel de colores llamativos que recordaba a los franceses su deuda de gratitud hacia el Ejército alemán, mostraba a un soldado nazi con un niño en brazos y otros dos que se le acercaban confiadamente. Al imagen le acompañaba una leyenda en letras muy grandes: “¡Pueblos abandonados confiad en el soldado alemán!
A su regreso, los fugitivos encontraron una Francia completamente distinta. Ciudades y campos tenían un aspecto extraño. Muchos centros habitados, grandes y pequeños, estaban en ruinas, a veces completamente arrasados ´por los bombardeos y los incendios. Algunas poblaciones parecían muertas,  pues faltaban total o parcialmente, los elementos típicos de la vida moderna: el gas, la electricidad y el agua. Muchas veces faltaba incluso los víveres. También los hospitales estaban vacios, sin médicos y sin personal, y los bancos estaban cerrados por lo que escaseaba el dinero.
Las tropas alemanas se comportaban exactamente como en una guarnición corriente, como si fueran soldados franceses en su patria y junto con sus  auxiliares femeninas, llamadas “ratones  grises” por el color de sus uniformes, se convirtieron muy pronto en un elemento normal del paisaje ciudadano.
PERPLEJOS
No fueron pocos los franceses que perplejos quizás ante la inesperada indulgencia de los “barbaros del este” intentaron apaciguar a aquellos vencedores aparentemente bien dispuestos, mostrándose amables, hablando con ellos, indicándoles el camino, encendiéndoles el cigarrillo y hasta ofreciéndoles de los suyos. Pero la presencia de los alemanes y lo que ello significaba se revelaban de otra forma, quizás más preponderante y sin duda más siniestra, mediante los innumerables bandos fijados en las paredes.
Aparte de aquél “en  beneficio de los fugitivos“ eran numerosas las proclamas y las disposiciones del Alto Mando alemán en Francia que había asumido la suprema autoridad y ejercitaba el derecho de potencia ocupante, lo cual significaba que la organización de la vida civil estaba subordinada a las necesidades y a las ideas de los alemanes.
El principio fundamental establecido en el primer párrafo del armisticio, afirmaba la absoluta prioridad de la autoridad alemana. Alemania ejercería sus propios derechos soberanos por el trámite de los funcionarios civiles franceses, pero las leyes alemanas tendrían prioridad sobre la legislación francesa.
El armisticio dividió Francia en dos: la zona ocupada y la zona llamada libre, o sea no ocupada. Pero en vez de dos partes divididas de un mismo país, en muchos aspectos parecían más bien dos países diferentes. La circulación de bienes y de personas estaba vigilada y para ir de una zona a otra los franceses necesitaban un salvoconducto extendido por las autoridades alemanas.

La fuerzas de los tanques

ORDENES
Las órdenes dictadas por los ocupantes eran tan detalladas que cada uno de los aspectos de la vida de los ciudadanos franceses estaba regido por alguno de sus párrafos: todas las armas de fuego, las municiones y los aparatos transmisores tuvieron que ser entregados a las autoridades municipales francesas. No hacerlo podía ser castigado con la pena de muerte. La propaganda anti alemana y las agresiones a miembros de las fuerzas de ocupación eran castigadas con la misma pena, así como sintonizar  emisoras que no fueran las alemanas o las francesas del territorio metropolitano.
Castigos igualmente duros estaban previstos para quien hubiera prestado ayuda a los enemigos del Reich.  Naturalmente uno de los crímenes mas graves era el sabotaje y el concepto referente a esta forma de ocupación se extendía a todas sus posibles manifestaciones, desde el sabotaje económico, huelgas, reuniones de huelguistas, paros, hasta los  ocasionados a las obras de arte o a los manifiestos que las autoridades alemanas habían fijado en las paredes. Se impuso el toque de queda en los primeros tiempos y la censura para la prensa.
El 20 de Junio se promulgaron importantes disposiciones respecto a las finanzas. Se creó un instituto de emisión monetaria para las tropas de  los territorios ocupados que realizaba todas las operaciones bancarias. El nuevo organismo emitía billetes de banco. Se congelaron las cuentas bancarias extrajeras y bloquearon las cuentas de ahorro.
COMENTARIO
Todas las cajas de seguridad tuvieron que ser abiertas por el titular o por un representante legal en presencia de un  funcionario alemán y el dinero liquido francés fue transferido a una cuenta a favor del propietario junto con un comentario de tono moralizador, como “Usted no ha cumplido con su deber de buen francés” o bien  “El dinero no debe permanecer inactivo”
Los alemanes, como era fácil prever se apresuraron a intervenir en la prensa francesa. Los periódicos franceses siguiendo las disposiciones del Gobierno, se habían trasladado con él a Burdeos y desde el 11 de Julio no salían ya diarios en la capital.
El primero en reaparecer el 15 de Junio de 1940, conservando su antiguo y ya incongruente título fue La Victoire. Su director y propietario era Gustave Hervé, un extraño personaje que en 1914 había abandonado el militarismo extremista y en 1939 acabó por inclinarse hacia el nacionalismo más exacerbado. Ahora comenzó a escribir panfletos germanófilos de igual violencia. No obstante, los alemanes clausuraron el  periódico tres días más tarde. Evidentemente Hervé no inspiraba confianza a los ocupantes.
Distinto, en cambio, fue el caso de Le Matin, uno de los mejores diarios parisenses y de mayor difusión. Su propietario Bunau Varilla, que había permanecido en la capital, sentía verdadera simpatía hacia los alemanes.


Todo se ha perdido.

 OTROS PERIODICOS
El 15 de Junio volvió a editarse. Pero el día 20 apareció inesperadamente un nuevo periódico, Les Derniéres  Nouvelles de París, con el subtitulo “Diario de la recuperación económica” de neta inspiración alemana, que editaba un grupo de germanófilos poco conocidos. Algunos días después, el 30 de Junio, empezó su miserable existencia La France au travial, dirigido por Jean Fontenoy, un ex comunista que se convirtió en hitleriano fanático.
Pero todo esto era  aún insuficiente: faltaba un periódico de la tarde. Paris Soir, el más importante dejó de publicarse, lo mismo que los otros. Los alemanes lo habían requisado alegando que las leyes de la guerra autorizaban a las autoridades ocupantes a requisar  un periódico si tal medida estaba justificada por motivos de “interés público”.
Los alemanes al querer adueñarse de París Soir necesitaban a alguien que pudiera representar el  papel de director y que hubiera trabajado anteriormente en el periódico. Y escogieron para ello a un ex auxiliar ascensorista  que en aquel tiempo era el jefe de los vigilantes.
Los ocupantes también se metieron contra la cultura, Y por eso demolieron la estatua del General Mangin, que a partir de 1918 tuvo a su mando la zona de ocupación francesa en Alemania. También volaron el  monumento situado al final del dique de Zeebrugge, en Bélgica, erigido en conmemoración del ataque de la Royal Navy en 1918.
GRAN GOLPE
Un nuevo y gran golpe de índole muy distinta iba a caer sobre Francia inesperadamente. El 25 de Junio, el Almirante Darlan confirmó las instrucciones ya dictadas y según las cuales todos los navíos de la Flota, antes que caer en manos de los alemanes o italianos, debían dirigirse a Estados Unidos, o bien hundirse, pero en ningún caso podían ser capturados intactos
El 19 de Junio Lord Lloyd, Ministro británico de Colonias, el primer Lord del Almirantazgo, Alexander, y sir Dudley Pound, primer Lord del Mar, llegaron a Burdeos para discutir el problema de la flota francesa. Se habían entrevistado con Pétain y con otras autoridades, Se prometió solemnemente que en ningún caso los barcos franceses se rendirían al enemigo para que  no pudiera emplearlos contra Gran Bretaña.
Antes de aceptar esta condición, los respectivos comandantes los hundirían. Gran parte de la población de la zona libre creía que los plenipotenciarios ingleses habían quedado convencidos de las medidas tomadas por los franceses. Sobre todo la de trasladar la Flota al norte de Africa, donde los alemanes no hubieran podido apoderarse de ella y de las garantías de seguridad ofrecidas por Francia a Inglaterra. En cambio, los ingleses no quedaron satisfechos y la Operación “Catapult” no tardaría en demostrarlo. (Editado, resumido  y condensado de la Revista “Así fue la Segunda Guerra Mundial”)

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