domingo, 21 de septiembre de 2014

1895

(A la memoria de don Nicolás de Piérola, varón insigne en nuestra historia política y tipo representativo por excelencia, dedica el autor esta evocación que llena y prestigia la figura del caudillo legendario.)
Entre mis más vivos, intensos recuerdos, el de la célebre revolución coalicionista de 1895 se impone a mi espíritu con firmes y vivaces caracteres.  En 1895 era yo un chiquillo que rondaba a los diez años. Estaba en edad en que comienza a delinearse las cosas y las almas en nuestro espíritu y por lo mismo, acontecimientos de tanta magnitud como el del sacudimiento revolucionario de aquel tiempo, el último de su género en nuestra historia, siempre tentó mi pluma.
Además, hay una diferencia tan radical entre el Perú anterior a la revolución y el que le sigue, especialmente en las modalidades de nuestra vida social, que bien vale la pena intentar el cuadro de aquellos días, siquiera como base para próximos y más graves estudios.
Aquel año marca, sin duda, una era decisiva, que es como el origen del Perú moderno.  Hasta el año 1895, el Perú conserva hondamente viejas tradiciones y costumbres casi coloniales, incorporadas a su vida.
 La guerra del 79 y sus desastrosas consecuencias detuvieron, seguramente, nuestra evolución y por ello el movimiento renovador de 1895,  significó un cambio completo en nuestras costumbres, aparte de la transformación política que operó.


Poeta José Gálvez en sus años mozos.

REMEMBRANZAS
Lo que vimos con ojos infantiles aquellos días un tanto sombríos del segundo gobierno de Cáceres, tenemos en el alma  la impresión de un país totalmente distinto al de hoy,  y de la remembranza de ambos aspectos, deduzco que la evolución de 1895 representó en el Perú muchísimo más que una mera evolución política.
Tal vez  se cambió menos en los métodos políticos que en los demás órdenes de la vida social. Pero dejo aparte digresiones, ya que mi objeto es sencillamente presentar los cuadros de aquella época. Tales como los conserva mi memoria.
Después de la salida de los chilenos de Lima, una leve esperanza y un vago programa de resurgimiento asomaron en el oscuro horizonte del país. El primer gobierno del General Cáceres pareció representar el ansia de renovación que el duro escarmiento de la guerra hizo nacer en todos los espíritus.
Los jóvenes que sobrevivieron a la inmensa catástrofe concibieron la ilusión de que el Perú se remozaría espiritualmente, que se abandonarían las fangosas sendas desmoralizadoras y que se trabajaría por rehacer el patrimonio nacional, seriamente quebrantado. 
RADICALISMO
Cuanto los que hoy tenemos poco más de 30 años balbuceábamos apenas el nombre de la patria, se escuchaba doquiera, con el anatema al enemigo, la confianza de que se cambiaría de métodos. Cinco años después tendríamos, cuando González Prada lanzó su enérgico verbo de reivindicación y de convocatoria a la austeridad y al patriotismo.
En torno al ideólogo resonante, en plena actualizado, se alzaron voces juveniles y pareció que, con el sueño de la revancha se afirmaba un sentido de la nacionalidad, fuerte y generoso. Pero, desgraciadamente, hubo un exceso de radicalismo verbal, que sí en algunos espíritus significó una sincera orientación del ánimo, en la mayoría no sirvió sino para un alarde vacío y campanudo patrioterismo, lamentablemente desorientado y muy pronto decaído.
El General Cáceres, que había luchado bravamente en la Breña, no era sin duda, no obstante sus méritos militares, el hombre a propósito para recoger el cuerpo macilento y mal herido de la patria,  que pedía a gritos su verdadero organizador.  Su obra se confundió, no obstante los buenos propósitos de los comienzos, con la vulgaridad de casa todos nuestros anteriores gobiernos.
La dura lección del desastre, no encaminó las almas por senderos de rectitud, y pronto, con el desaliento, se sintieron las molestias del abuso del poder y por ellas la necesidad de la indisciplina y la rebeldía.
LEJANIA
Se vio lejano, muy lejano, el Perú que soñaron los abuelos, se sintió, con el bochorno de la derrota, la debilidad de las propias fuerzas y la compasiva y tal vez satisfecha mirada de los extraños nos reveló claramente nuestro incontenible desmedro.
 Tornaron los métodos abominados y el Perú continuó, con la agravante del convencimiento de su más espantoso decaimiento espiritual, siendo un país propicio de la desorganización y de la revuelta
En tal estado, la vida social sufrió las horribles consecuencias de la guerra desgraciada. Adormecidos los primeros años de la República con vanas ilusiones, sumergidos en una onda de riqueza efímera y de concupiscencia real, no supimos ver el espantoso abismo que se abría a nuestros pies.
Convencidos de que éramos el primer país de América, arrullados aún con el recuerdo de la supremacía colonial, manoteando torpemente entre el oro  del guano y del salitre, enorgullecidos con nuestra actitud del año 1866-única victoria genuinamente nuestra, y nuestra para toda la América- no supimos guardarnos de las envidias que indolentemente despertábamos.



Nicolas de Piérola: lider y caudilllo de 1895.

GRANDEZA PRETERITA
De allí que danzáramos en una perpetua tertulia, en que nuestro proverbial  don de gentes daba sus más ingeniosas,  floridas y estériles muestras. Nos creíamos ricos y privilegiados, gastábamos sin tasa, disfrutábamos de la vida.
 Pero vino la guerra y con la guerra la miseria. Por eso los niños de las épocas inmediatamente posteriores a ella, alimentamos nuestro espíritu con la paradoja del relato fantástico de pasadas opulencias, contrastando con la dolorosa y miserable realidad presente.
La mentira convencional de la grandeza pretérita llenó nuestros oídos juntamente con las lamentaciones y los anatemas por la guerra. Nos educamos en un ambiente mendicante. Nuestros deudos y nuestros maestros, hicieron el papel de aquellas viejas quejumbrosas venidas a menos, que pierden el tiempo, sin hacer nada, recordando idas  suntuosidades y clamando al cielo por mágicos  renuevos de riqueza y señorío.
La Lima anterior a 1895 se convirtió en una ciudad triste.  Mis recuerdos de  ella en aquel  tiempo, tienen un dejo romántico y dolorido. Lo que se contaba de aquellos días de grandes bailes y de suntuosas tertulias, de elegantes paseos, parecía tan lejano que casi no era ausente. Nuestros ojos veían el contraste amargo de la pobreza reinante.
En las calles polvorientas, mal empedradas, no había el movimiento humano que revela la vidas de una ciudad grande. El mezquino vivir y el recuerdo persistente de la derrota, ponían en nuestros ojos, prematuramente entristecidos, un cuadro que era muy distinto del que nos pintaban nuestros padres.
POBREZA
Todo era pobre. Yo recuerdo que se podía señalar con los dedos de las manos a las personas que gastaban el lujo de un coche. Muchos médicos pasaban por las calles en jamelgos lamentables. Se daba como referencia para señalar donde vivían las gentes, las casas de unos cuantos potentados.
Cien mil soles de capital sonaban como una suma fabulosa. Se vivía mal y reinaba el escepticismo y la tristeza. Podía caminarse cuadras y cuadras en las calles en las noches silentes, sin que se escuchara la música de un piano.
Las gentes se recogían al anochecer y en las calles quedaban solamente los típicos celadores, entonando aires melódicos en sus silbatos de carrizo. Las noches lunares, por economizar alumbrado, no se encendían  los faroles de gas y la ciudad se romantizaba bajo la luz tenue de la luna.
Los galanes  rondaban las rejas, donde aguardaban avizorando las románticas novias y sus idilios tenían un dulce encanto aldeano. El pueblo, el bajo pueblo se divertía cantando  vacuas marineras, a la vez quejumbrosas y amenazadoras.  Laa familias se refugiaban en la teertulia modesta, añorando los ricos y distantes  tiempos.
PANORAMA
La pobreza traía consigo cierta cursilería reflejada en la predilección por la música de los valses dulzones y de las cancioncillas frívolas. En los clubes ya no se daban aquellos saraos rutilantes que fueron orgullo de otros días.
Imperaba  el mal gusto en el vestir. Un tanto militarizado en los hombres y chillón e insignificante en las mujeres. La policía era impotente para contener los desmanes de la palizada. Los señoritos tenían a ofensa el trabajo. La hoganza era representativa de distinción. No se conocían los deportes ennoblecedores, la misma tradición de las regatas se estaba perdiendo, aunque renació después.
La jarana imperaba a todas horas en los callejones. El pueblo gozaba por igual ante una ronda de zapateadores, en el bautizo de una cometa o cabe la bamboleante anda de una procesión. Se rociaba todo festejo con pisco.
La cometa era casi una institución nacional. El ejército era una mezcla triste de militarotes vulgares y de indios levados. En los cuarteles una promiscuidad asquerosa juntaba el anaco de la india servil y sucia con el uniforme del soldado analfabeto y brutal. El hombre de alta sociedad holgaba. El niño era ante todo un mataperro.
El joven de clase media aspiraba a faite, el obrero se embriagaba embrutecido. El pesimismo subía como una ola negra hasta los más altos espíritus, al punto que un hombre ilustre llegó a decir con amargo humorismo que sólo quedaban dos cosas dignas de tomarse en serio: el rocambor y las tandas. Imperaban el pianito ambulante, las burlas a la policía, las abigarradas procesiones, el desgobierno y el abuso.

El califa ingreso a Lima por Cocharcas.


LEYENDAS
Recuerdo haber oído tantas quejas  sobre los métodos de gobierno entonces, que sería cosa de no acabar nunca de relatar anécdotas. En el colegio de los Jesuitas, donde imperaba un ambiente francamente pierolista y donde recibí la educación primaria, los más grandecitos hablaban respetuosamente de Cáceres y de la soplonería y  se divulgaban en todas partes, no sin bastante temor, las tenebrosas leyendas de las persecuciones a los conspiradores.
Cáceres tenía para el vulgo un prestigio extraño que participa de la valentía y de la crueldad. Se hablaba a media voz del régimen y se propalaban rumores de fusilamiento y de torturas. La pampa de Teves y los calabozos de la Intendencia tenían ante nuestros espíritus infantiles siniestros significados.
Piérola era el eterno rebelde, el conspirador infatigable, el audacísimo montonero. Aún en los hogares se hablaba con cuidado porque se temía la delación y los soplones eran algo así como los cucos de las personas mayores. 
MIEDO
No podían hablarse así de los tostados bizcochitos llamados revolución caliente, sin bajar la voz y mirar de soslayo, por si algún indiscreto escuchaba y creía que se trataba de la revolución coalicionista. Se decía que había soplones entre los vendedores ambulantes, los mendigos y los criados.
En los hogares caceristas-el mío casi lo era por tener yo varios parientes en el bando de Cáceres- se hablaba de Piérola como de un hombre terrible y nefasto. En muchas sobremesas se discutía la posibilidad de hacerles fusilar si se les aprisionaba.
Más, para el pueblo, Piérola era un mesías. Su figura arrogante y legendaria, tocada del prestigio de su valor personal, de su orgullo y de su audacia, crecía en los corrillos mestizos y en los callejones el nombre del caudillo, vibrando  como una clarinada de esperanza.
Se creía que con él vendrían el bienestar, la abundancia y una especie de socialismo y en el alma  ignorante e ingenua de las gentes se abría la ideal perspectiva de una aurora de reivindicación. Suprimidos el cachaco, el soplón, creada la igualdad, vencida la miseria, tornadas al seno de la patria, las idolatradas provincias cautivas.
Por lo que se decía doquiera, no se podía vivir, tales eran la desazón y la angustia que reinaban en el orden social. Los periódicos de aquel entonces, tenían que ser muy parcos y discretos en sus noticias, porque estaban amenazados si acaso asomaban ribetes revolucionarios en lo que decían. Las cárceles estaban llenas de presos y se hablaba de fantásticas y complicadas fabulaciones.
PIEROLA
Don Nicolás de Piérola era para el vulgo uan especie de duende revolucionario, audaz y maquiavélico, maestro en el sutil arte de los mensajes y las escapatorias. La gentes aseguraban que  en los carretones  que recogen los cadáveres de los hospitales se conducía armas para los rebeldes.
En ciertas casas se hacía acopio de fusiles  viejos, pues desde el desbarajuste de la guerra, era rara la familia que no conservaba un peabody, un grass, un comblain. Los muchachos talluditos cimarroneaban para alistarse bajo las banderas revolucionarias. Más de uno volvió, después de la toma de Lima, al colegio a concluir su instrucción media.
El ex diputado Balbuena y el doctorcito Toledo Ocampo que recuerdo entre otros, pueden atestiguar con sus propios hechos este aspecto característico de la época. Los cantores populares entonaban en las jaranas de la masonería revolucionaria canciones subversivas en que se exaltaba a  Piérola y se denigraba a Cáceres.


El enfrentamiento y la lucha por el poder en las calles de Lima.

PASQUINES
Bajo las puertas de las casas y en las rejillas de las ventanas, aparecían diariamente pasquines conteniendo amenazas al régimen y esperanzas en  la revolución. Según se dijo, hasta había señoras encopetadas que repetían aquellos papeles llenos de ´procaces injurias y resonantes proclamas. Las noticias de los triunfos revolucionarios se propagaban como el viento. Los indefinidos y las cuchicheadoras pensionistas, clamaban por la derrota del Gobierno.
El célebre doctor Barriga libraba verdadera batalla para sostener su periodiquito “La Tunda”, virulento y panfletario en el que, mozos aún, colaboraban  Chocano,  Matínez Lujan, López Albujar y Larrañaga con un sabroso artículo de “Hogar” me lo recordó mi buen amigo Ricardo Vegas García.
Para la imaginación de los muchachos de entonces. Salvo contadas y muy honrosas excepciones algunas realmente meritorias y simpáticas, Piérola era una especie de verdugo.  Recuerdo claramente a muchos de ellos. Me parecían  todos muy corpulentos y peludos. Tenían suntuosos uniformes y mandaban sus batallones con aire fiero y dominante.
Las bandas militares de entones tenían  un prestigio colosal, que se afirmaba en las populares retretas. Cuando pasaba un batallón, las gente sentían simpatía sólo por los músicos y muchos espíritus aviesos pensaban seguramente en los propicios blancos de los vistosos uniformes cuando llegó la hora de la toma de Lima.
FAMA
Tenían fama los coronelazos de  Cáceres de duros y crueles y el pueblo le fue tomando odio cerril, muchas veces injusto, que se reveló en las cruentas horas de la lucha en las calles de la capital. El ejército de Cáceres era en su mayoría ignorante, pero vistoso.
Aquella profusión  de coroneles, tenientes coroneles, sargentos mayores graduados y efectivos, con su entorchados de oro y plata, sus múltiples cordones y sus grandes sables que pendían en los cinturones rutilantes por medio de muchas y  áureas cordonaduras, tenían en verdad un aspecto imponente .
Los negros tradicionales de la caballería presentaban marcialísima y bizarra actitud   y los famosos músicos redoblantes, que según la tradición, tenían las muñecas de las manos dislocadas, eran el encanto de la chiquillería, que se alocaba viéndolas hacer juegos malabares con los palillos. Quedaban aún ingenuos que creían que a los mejores músicos nuestros, se los robaban como a niñas bonitas, para llevárselos a Chile.
Todavía resonaban como en los tiempos de los grandes mariscales los nombres de Zepita, Ayacucho, Lanceros de Torata , Húsares de Junín, como nombres gloriosos de los batallones. Lima daba entonces una impresión netamente militar. 
LOS MONTONEROS
Se vivía en constante amenaza de batalla. Día a  día llegaban noticias alarmantes sobre los montoneros y veíase con frecuencia desfilar por las calles centrales aquellos célebres batallones de quinientas plazas rumbo a los lugares donde se decía, como un fantasma, había aparecido Piérola
Los jefes montoneros, en cambio, tenían un prestigio popular de viveza juvenil y gallardía. Eran entonces los ídolos: Durand lleno de celebridad, y que todos concebían en la napoleónica actitud en que lo sorprendió un fotógrafo ya desaparecido, Manuel Moral.
Isaías de Piérola, muy joven entonces y que y tenía una resonante  y larga fama de heroísmo. Collazos, Parra, Bermúdez, Yéssup, Amador del Solar, arrogante, oratorio y tenoriesco. Los Seminarios hermosos y vengativos como agarenos fanáticos. 
Para que el cuadro no le faltara la nota romántica, una mujer, Marta la cantinera, daba tema a la inspiración, anónima del romancero y de la música popular.  Los montoneros eran entonces para el vulgo los tipos de la astucia y de la valentía. Los vivos y constantes huaripampeadores.
El cholo Oré burlando a Muñiz, era un héroe mitológico, y sobre todos don Nicolás, como llamaba familiarmente el pueblo a Piérola, con su perita coquetona y su mechón romántico, era el símbolo hecho carne de la libertad y el hombre del porvenir.


El pueblo acompañó a los coalicionistas.

POR COCHARCAS
Gritar entonces viva Piérola, era como consagrar un principio de reivindicación, y cuando un borrachito, olvidando la realidad de la tiranía, deseaba proclamar su culto por una patria nueva, lanzaba el atrevido y resonante grito, como si fuera una afirmación y un  reto. Se conspiraba en todas partes.
La chismografía, a la que fue siempre aficionado el pueblo limeño, renovó en aquellos días arcaicas costumbres. Y las viejecitas, resucitaron, haciéndose cruces, los coloniales corrillos murmuradores en los atrios de las iglesias. Se decía que hasta en los confesionarios se hablaba de la revuelta, y la vivísima imaginación de nuestros criollos, abultaba los hechos con la suelta gracia y la exageración andaluza que nos caracterizan.
Por fin una mañana dominguera de marzo, el vecindario de Lima despertó con el ruino atronador del combate. Muchos creyeron que se trataba  de un albazo, de aquellos albazos famosos que solían darse a los coroneles de Cáceres, pero pronto se disipó el supuesto, “Los Montioneros de Lima”, se decía por todas partes con mal disimulado regocijo.
Por Cocharcas, bravamente Piérola, a la cabeza  de sus montoneros, entro a Lima y comenzó el cruento batallar en las calles. Algunos de los coronelazos de Cáceres se negaron a salir y varios batallones caceristas se batieron sólo con sus oficiales. De algunos balcones y tejados se disparaban contra las fuerzas del  Gobierno.
ASESINADOS
Fueron asesinados en pleno corazón de la ciudad  un tío carnal mío, don José Antonio Barrenechea y la Fuente, y don Octavio Diez Canseco, ambos ayudantes de campo de Cáceres. En Palacio reinó la desorientación desde el primer instante. Y el General Cáceres sintió las inquietudes angustiantes de las defecciones, que ataroncon hilos de timidez su espíritu.
Una leyenda, seguramente mentirosa, dice que lo sacaron de Palacio en uan camilla. Piérola rodeado de un juvenil y brillantísimo estado mayor, avanzó hacia la  plaza del Teatro Principal, donde se atrincheró.
El silbar de los manlichwer, el tronar de los cañones y el repicar de los campanarios tomados por los rebeldes, llenaron de ruidos siniestros la apacible ciudad. En los hogares reinaban la piedad, el terror y la angustia.  Las topas de Cáceres  especialmente los odiados celadores, se batÍan bravamente, muchas veces sin jefes.
El Coronel Ugarte dejó entonces bien sentada la fama de su coraje. Los montoneros, auxiliados por el pueblo, economizaban municiones, disparando sobre seguro, y Lima se llenó de heridos y de cadáveres. En muchísimas casas, las niñas deshilaban los blancos lienzos para enviar a las ambulancias las albas y caritativas hilas.
El correo de las brujas anunciaba las plazas y torres tomadas por los revolucionarios.   La ciencia de las viejas señalaba, por el repicar típico de cada campanario, con infalible exactitud, las iglesias que estaban en poder de los coalicionistas. Cuando se hizo la tregua, las calles aparecieron  llenas de cadáveres hinchados ya por la putrefacción.


Andres Avelino Cáceres.

CADAVERES
Recuerdo que  escapé de casa y anduve algunas cuadras acompañado por un primo hermano mío. En los cementerios de las parroquias se agrupaban en informe montones de cadáveres de oficiales, soldados y civiles en maloliente y macabra confusión. En las cerradas pulperías asomaban por las ventanillas sus rostros rubicundos los italianos que despachaban a prisa y con miedo  a las criadas, los artículos más indispensables.
En las casas el horror de la tragedia juntaba a todos los vecinos en los principales que ofrecían mayor seguridad. Todo anunciaba el inmediato triunfo de Piérola, que crecía en prestigio. Por fin Monseñor Macchi,  Delegado de su Santidad, intercedió para que cesaran los combates y se formó una Junta de Gobierno que presidió don Manuel Candamo. Se retiraron las tropas de Cáceres y las de Piérola de la ciudad misma, y en todas partes se respiró satisfactoriamente ante la evidencia de la victoria coalicionista.
Algunos horrores mancharon con su nota siniestra el triunfo. Se afirmaba que algunos espías, los famosos y detestados soplones, fueron quemados por el pueblo, que sintió siempre repugnancia por esos tipos dañinos e irresponsables en equivoca misión.
INCENDIOS
 Los rebeldes incendiaron la casa de Muñiz y el aborrecido puente de palo, trasunto feudal, en el que se cobraba el derecho de pasaje, saquearon la casa  del Coronel  Borgoño en la calle de Negreiros y amenazaron la casa en que vivíamos nosotros por haber vivido en ella también un tío político mío, el Coronel Samuel Palacios Mendiburu, tipo arrogante y simpático, uno de los más caballerosos y distinguidos militares que hayamos tenido.
Recuerdo vivamente la noche en que nos anunciaron que unos cuantos desalmados prendían fuego a las habitaciones interiores de la casa. Huimos con mi pobre madre y nos refugiamos breves momentos den la de los padres lazaristas que estaban al frente de nuestra mansión de la calle de la Chacarilla. La Guardia Nacional detuvo el mal en su origen y pudimos volver al viejo hogar, temblorosos y con la visión angustiosa del incendio felizmente dominado.
Constituida la Junta de Gobierno, Cáceres marchó al extranjero y Piérola fue a Arequipa mientras se hacían las elecciones populares que en tal ocasión fueron de verdad. Cuando volvió e hizo su entrada a Lima por la plaza del monumento al “2 de Mayo” un gentío frenético y enorme lo recibió como  a un verdadero libertador.
De los balcones se le arrojaron abundantes flores y de los rústicos arcos triunfales pendieron las clásicas nubes que al paso del caudillo se abrieron dejando caer rosas y echando al viento blancas palomas.
IDOLO
Un vocerío ensordecedor encarnaba la esperanza de una patria nueva, olvidada la angustia de la cercana tragedia. Piérola aureolado por la gloria popular, avanzó entre el clamor admirativo de millares de almas repartiendo saludos y sonrisas. Todo el comercio cerró aquella vez sus puertas y por las calles donde pasaba el triunfador cortejo, se apiñaba la rumoreante muchedumbre ansiosa de aclamar al ídolo.
Piérola transformó radicalmente el país. Rápidamente pudo observarse cómo todo cambiaba y cómo de nuestro desmadrado vivir nacían iniciativas y reales esperanzas de resurgimiento. Lima empezó a ser ciudad en todo sentido. Hasta las costumbres se transformaron con rapidez, explicable sólo por la detención evolutiva de la guerra y los yerros  administrativos propiciados.
Hubo un ambiente de seriedad y de confianza en todos los órdenes, especialmente el económico, que reflejaron en todos los matices de la vida. Cuando Piérola dejó el poder en 1899, otro Perú se alzaba sobre las ruinas y miserias del que encontró al asumir el mando.


Candamo presidió la Junta de Gobierno.
TRANFORMACION
El periodo de Piérola fue de real e intensa creación, un punto de partida  que tal vez no ha sido aún bien aprovechado por completo. De cuando en cuando, en verdad y por desgracia, han retoñado métodos que parecían olvidados, y aún cuando la fuerza inicial ha sido enorme, en veces la obra muerta de un pasado infecundo pesa sobre nuestra vida como uN mandato fatal.  De 1895 parte la total transformación  de nuestra vida, al punto que admira que en tan poco tiempo hayamos cambiado tanto.
Si volvemos los ojos al ayer anterior a 1895, comprendemos el cambio gigantesco que hay en las costumbres, especialmente en Lima. En materia militar, Piérola orientó la institución científicamente. Desaparecieron las rabonas, y con ellas se fue para siempre aquella vida de amontonamiento gregario, de confusión gigantesca, de sucia promiscuidad de aldeas en  emigración que caracterizaban la marcha de nuestros regimientos.
La disciplina del palo y del látigo fue sustituida por otra más benévola y humana,  se vistió más sobria y elegantemente el Ejército, se dio gran importancia a la instrucción civil del soldado, se planteó el servicio militar obligatorio, se trajo la misión  francesa que transformó por completo los viejos métodos triperos.
Dejaron de tener importancia las mojigangas acrobáticas de los pintorescos despejos. El lema grosero y vulgar de los tres olores característicos que debían trascender del soldado y que comenzaba con la letra p: pisco, pólvora y pezuña, desapareció por completo.
AFICIONES
La necesidad del aguardiente con pólvora para dar coraje al soldado, se desvaneció como una tontería y se comenzó a trabajar seria y ordenadamente por hacer un  ejército de lo que había sido hasta entonces, puede decirse, una tribu desorganizada y pintoresca, a pesar de sus muchas y resplandecientes hazañas.
Todo, en una palabra, comenzó a transformarse. Los colegios dejaron lentamente es cierto, los métodos de la palmeta, del calabozo y de la perpetua lucha de odios entre maestros y discípulos. El estudiante vislumbró campos de distracción más sanos y más nobles que los de las antiguas trompeaduras en masa, los brutales desafíos a honda, los insaciables duelos por las cometas.
Se fueron abandonando los deformadores y acrobáticos sistemas de la barra, el trapecio, las argollas y las palanquetas y surgieron las armoniosas carreras a pie, los juegos de futbol y del cricket. Una juventud se congregó al aire libre, bajo los cielos amplios, a ensayar los deportes ingleses.
Nació el Club Unión Cricket y dos espíritus juveniles y entusiastas dieron a  esta sana orientación de nuestra juventud un impulso simpático y enorme: Don Pedro de Osma y don Ricardo Ortiz de Zevallos y Vidaurre.
RENACIMIENTO
 Fueron desapareciendo aquellas célebres luchas de colegio a colegio, siendo sustituidas por las justas atléticas de sabor clásico. En Santa Sofía primero y en Santa Beatriz después, se dieron fiestas deportivas de índole social elevada, que creaban nobles emulaciones y compañerismos duraderos.
La vid intelectual pareció renacer. Se afirmó la gran figura de Chocano. Una pléyade de entusiastas adoptó nuevas orientaciones y al marasmo de la vida mental que reinaba después de la guerra, hecha ya la obra y la celebridad de la bohemia  romántica de Palma, sucedió una febril curiosidad que dio frutos renovadores y simpáticos en el grupo en que se distinguieron tanto Clemente Palma, Román Arnao, Fiansón, Martínez, Luján, López Albújar, Esteves, Chacaltana, Salomón y otros.
Comenzaron los periódicos a pagar la colaboración de sus escritores y a orientarse más progresivamente en sus servicios.  Aparecieron las especializadas informaciones, disminuyeron los viles comunicados y la antigua y abigarrada crónica comenzó a perder su promiscuo carácter.
Espinoza, Beingolea y Miota comenzaron a dar muestras de su ingenio y en todos los órdenes espirituales se sintió como un renacimiento. Una bohemia tan selecta como culta, una especie de capilla de verdadero amor por el arte formaron López Aliaga, Bacaflor, Astete y Concha, Llona, que rodearon con una comprensión para entonces desmesurada la figura nobilísima y fina del maestro Valle Riestra.



Los cadaveres permanecieron varios días en las arterias capitalinas.

MODIFICACIONES
En materia de espectáculos, se esbozó un renacimiento. La tradición de aquellas grandes compañías que nos visitaron hasta antes de la guerra, tuvo un retoño feliz en la llegada de Adalguisa Gabbi con Parelló de Segurola y Castellani.
En los hogares mismos se abandonaron en mucho las socorridas preferencias por los acompasados valses, las saltarinas polkas y las sensibleras romanzas de confitería que primaban en las famosas tertulias del té con hojitas limeñas.
Hasta el arreglo interior de los hogares fue modificándose y afinándose, aunque con ellos fueron a manos de extranjeros y de anticuarios mercantilistas muchas consolas talladas y muchas maravillosas vejeces del gran tiempo. La juventud comenzó a orientarse más seriamente. Ya no era vergonzoso destinarse. El doctor Villarán, muy joven entonces, pudo decir cuatro latigueantes verdades sobre nuestras decorativas y decantadas profesiones liberales.
En materia educativa progresamos bastante, a pesar de la media ciencia de que habló Piérola. Surgieron o se afirmaron maestros llenos de entusiasmo como Villarán, Manzanilla, Prado, Odriozola, Olaechea, Wiese, Capelo, entre otros, que renovaron la enseñanza universitaria. 
SERIEDAD
El doctor Deustua en sus lecciones de Estética abrió nuevos horizontes a la curiosidad intelectual de la juventud y su palabra cálida arrastró un grupo selectísimo que se orientó mejor en los estudios artísticos y filosóficos, amando seriamente la vida del espíritu.
En el orden mejoramos mucho. La revolución de 1895 ha sido, sin duda, la última de aquellas grandes revoluciones en masa, que conmovían  al país entero. La detenían para impulsarla a veces, para retrocederla otras. Murieron muchos hábitos grotescos y dañinos.
Desapareció el vehemente y muchas veces grosero debate de las Cámaras entre los pretendientes de una misma curul y aunque no avanzamos mucho en cultura cívica-tal vez hay un desequilibrio entre el progreso social y el meramente político- desaparecieron también las salvajes luchas en torno a las mesas electorales y la vida política adquirió un carácter más serio y hasta más apacible indudablemente.
En el sector económico, la confianza creó muchas sociedades y compañías, asomaron algunas industrias, nacieron, puede decirse, las instituciones de seguros, los bancos ofrecieron dinero, el ahorro aumentó en forma que las estadísticas pueden revelar enorme
Las gentes comprendieron que cien mil soles no eran para asombrar a nadie. Dejaron los ociosos de mirar abobados el paso del coche del señor Barreda y de señalar con el dedo la casa de la señora Soria. Nos enteramos un tanto de que lo mejor de América no estaba entre nosotros.
MAS CON EL MUNDO
Nos enorgullecimos un poco menos de nuestros zambos redoblantes y de nuestras bandas de bombas. Nos acercamos más al mundo. Con el patrón de oro, el  cobre dejó de deformarnos con excesivo abultamiento los bolsillos.
Concluyó definitivamente el retardado imperio del barbero sangrador y sacamuelas. La medicina y la dentistería fueron más respetadas en su real valor científico. Los médicos adquirieron coches, abandonando las tristes y lentas caballerías aldeanas. Fue despareciendo poco a poco el pantalón a lo Waterloo y el zapato de punta de cacho.
Languidecieron los reinados del chaleco blanco y del peinado de los grandes pabellones engomados y aunque las gentes creían aún en la leyenda de los músicos náufragos que tenían la suerte incomparable de salvar con la vida el uniforme y el instrumento musical, un más sobrio y delicado buen gusto presidió nuestra vida.
La policía fue algo más respetada: la transformación del cachaco grotesco con enorme capote y su rifle descomunal, en el señor inspector de escarpines y frágil vara, detuvo algo la proverbial irreverencia de nuestro público. 
CAMBIOS
Disminuyó un poco la inscripción de groserías en las paredes recién pintadas. El pueblo empezó a orientarse mejor. Se crearon y reorganizaron muchas instituciones humanitarias y de artesanos. El espíritu institucional se desarrolló un tanto decorativamente, pero con buena intención. Las pulperías dejaron de ser el casino de nuestros obreros, donde antes pasaban la hora bebiendo pisco y jugando briscán con señas.
Por primera vez vióse en los estrados del Congreso a un diputado obrero: don Rosendo Vidaurre. Los faites fueron poco a poco perdiendo el señorío de su antigua fachenda. Hasta la vida galante comenzó a transformarse con la migración extranjera.  La mayor cantidad de vehículos y el mejoramiento del servicio de los tranvías, influyeron mucho para mezclar a las gentes de todos los confines de la ciudad, el barrio dejó de tener carácter autónomo y hostil que respecto a los otros tenía.
También en las formas religiosas se cambió notablemente, porque el Arzobispo, Monseñor Manuel Tovar, suprimió muchas mojigangas y revistió de mayor seriedad la vida del culto. Piérola, figura desmesurada en nuestro medio, tuvo la inmensa fortuna de saber encausar genialmente el desarrollo del país.
El sortilegio aldeano de Lima desapareció, en verdad. Muchos espíritus exageradamente modernistas contribuyeron y siguen contribuyendo implacablemente para hacer de Lima una ciudad sin carácter, y mucho de la vieja y dulce personalidad limeña se ha ido tras el penacho arrebatador del progreso.
GANAMOS
Hasta la forma de hacer el amor se cambió. Es admirable verdaderamente cómo a pesar de la fuerza formidable de supervivencia y conservación que tienen las formas, pudo cambiarse tan radicalmente en todos los órdenes de la vida social.
Y aunque deja una impresión de suave melancolía esta mutación tan honda, no debemos negar que hemos  ganado y que parece que nos hemos incorporado ya sin vacilaciones al movimiento de la vida universal. Lástima que el gran Piérola no terminase su obra, siempre se le combatiese, se le detuviese, para el arrepentimiento de última hora, en su labor gigante, y que las bases de educación cívica que puso se remuevan dolorosamente día a día.
Tales son los recuerdos más vivos que atesoro de aquellos aspectos típicos de nuestra vida. Pertenezco  a generación que ha tenido la fortuna de asistir a una de las más decisivas transiciones del país y aunque me entristece la desaparición de algunos aspectos románticos y característicos de la  Lima de la gentil y picaresca leyenda, me complace profundamente, como una pena muy dulce, reconstruir y fijar estas remembranzas que crean mi madurez y traen a mi alma fatigada, por tantas inquietudes y combates, una brisa cariciosa y aromada de jardín en plena primavera.  (Páginas seleccionadas del libro “Una Lima que se Va”, cuyo autor es el consagrado escritor y político José Gálvez Barrenechea).

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