martes, 30 de septiembre de 2014

VISION DE UNA LIMA QUE SE VA

Fueron siempre en Lima lugares clásicos donde se refugió la vida antigua, las llamadas casas de señoras pobres, asilos fundados por la piadosa caridad de algunas personas, para que en ellos se recogieran las señoras venidas a menos,  lejos de la pompa del mundo, libres de la tiranía del casero. En aquellas casas, algunas originalísimas en su construcción, se guardaban religiosamente los recuerdos de los buenos tiempos.
De allí salieron flores de briscado, labores finísimas de tejidos y bordados, bocaditos sabrosos, nueces rellenas,  imperiales, pastas, a la vez  que tradiciones y consejas.  Entre sus muros tristes a menudo arrastraron su vejez resignada damas que fueron opulentas y en los jardincillos modestos se cultivaron flores de humildad y religiosa fragancia.
Allí muchas veces hallaron los anticuarios talladuras originales, y para aspirar el rancio perfume de la doméstica alhucema no había sino que visitar algunos de aquellos amplios y silenciosos solares donde se conservaba la beatífica costumbre de guardar en los armarios peritos aromosos y blancos jazmines que dieron leve aroma de huerto a los vestidos.
Según tradición, no muy conocida, la calle de Pobres tuvo tal nombre porque allí tenía su principal entrada la casa de señoras que fundó la caridad de una dama limeña, cuyo nombre no hemos podido obtener.
 La buena dama recomendó la obra pía a su confesor el señor Bachiller don Pedro de Biedma, (cuyo retrato se conserva en la capilla), quien a su vez traspasó el encargo a los señores Arzobispos. Con el tiempo fue desmedrándose la casa, quedando convertida en puerta principal de entrada la que fuera puerta falsa de la calle de San Carlos.


Ya no vemos este escenaria en nuestra Lima histórica.

CIRCUNSTANCIA
La circunstancia de pasar por medio de la finca la Avenida Piérola que habrá de cortar el asilo, y el hecho, ya sabido, de que va a venderse la actual propiedad, para lo que se corren los trámites judiciales, nos movió a hacer una información minuciosa sobre esta vieja fundación que se irá también, como tantos otros rincones tradicionales de la Lima de nuestros abuelos.
 En la fachada vetusta de anchuroso portón y bajo rudimentaria cornisa, leímos, en caracteres romanos, la inscripción siguiente: Casa de señoras pobres, Patronato de los Señores Arzobispos. Un braquete labrado  barrocamente, de los que sirvieron cuando el alumbrado público era de gas, nos hizo recordar viejos tiempos y limeñas noches de luna.
La herrumbre había puesto su marca venerable  en el vetusto lampadario. Traspusimos el umbral. Un ambiente diverso se respiraba allí, como si se aquietaran mansamente el violento rumor de la vida. 
FRIO
Ya al trasponer el umbral, experimentamos las sensaciones de frío y vetustez por el pasadizo de ladrillos, desnivelado y desgastado con el uso. Aquellos viejos ladrillos pasteleros y las piedras del pavimento ponen un sello de cuidadosa y severa limpieza.
Dos muros paralelos al comienzo del zaguán, sobre los que tal vez se apoyo un arco, abren la entrada en el solar tranquilo. A la derecha, una hilera de desiguales puertas hace pensar en monásticas celdas.
 Las paredes pintadas al temple y descascaradas por la humedad y por el viento, hacen resaltar entre las apolilladas y en veces labradas puertas, viejas ventanas de balaustres tallados, por donde trepan jazmines, ñorbos y mastuerzos, poniendo la nota multicolor de sus diversos pétalos sobre la monotonía de la pintura desteñida. De trecho en trecho, algún viejo farol para lámparas de kerosene, delata el parco alumbrado que se utiliza en las breves noches del asilo, donde todas se recogen temprano.
Traspuesto el corredor, la vista descansa e la policromía del jardincillo, que realizan un pilón de agua fresca y bandadas de palomas blancas: los tiestos lucen claveles de vivos colores, rosas rojas y blancas, violetas aromosas, campánulas celestes, mastuerzos amarillos y donde quiera, sobre las macetas de arcilla, en las herrumbrosas cajas de latón, se alzan flores que perfuman el ambiente y rinden homenaje a la tosca cruz de madera erguida en el centro.
SURTIDOR
Un surtidor cristalino y musical fluye en la clara quietud del patio que tiene la espaciosidad y la dulzura grave de un claustro monjil. Aquí y allá se ven puertas,  ventanas de interiores apacibles de los que viene un rumor apagado de añoradoras charlas. Friolentos gatos domésticos, acurrucados, pestañean tranquilos y filosóficos, y  levantan los ojos translúcidos cuando alguna paloma desenvuelve la blanca parábola de su vuelo.
Tímidamente pedimos permiso. Un gato enorme nos mira con fijeza. Tras las mamparas diríase que la personificación de la Lima antigua nos invita a pasar adelante, en tanto que nosotros llamamos con la arcaica y devota  fórmula que en este ambiente nos parece imprescindible: ¡Ave María Purísima!
Una anciana de venerable aspecto nos recibe. Hay en sus amables ademanes recuerdos de mejores épocas. Parece una antigua canonesa del vecino y menoscabado Monasterio de la Encarnación. La edad y la ruina no le han robado la señorial arrogancia de otros tiempos. En sus manos de hidalga pulcritud luce un anillo de oro, símbolo de viudedad, evocador de amores difuntos y extintas felicidades. Respetuosamente nos inclinamos
Y luego, sobreponiéndose el cronista al poeta observamos la vivienda. El entablado liso y limpio. Las paredes blancas, pintadas de cal. Muebles enconchados, ricos y antiguos, testigos mudos de horas opulentas. La clásica cómoda y sobre ellas las chucherías inevitables.
CAPULIES
Bajo la esférica guardabrisa, el Niño Jesús. Aquí y allí briscados, flores de mano y aquellos capulíes aromáticos que hacen pensar en los morenos rostros de las bellezas de antaño. De las paredes pendían amplios cuadros al oleo, resquebrajados y huérfanos de sus dorados marcos, desde nos miraban severos personajes, testimonio de encumbrada prosapia: dos generales con altos cuellos y las clásicas patillas bolivarianas.
Un austero religioso (que siempre fue de buenas casas tener deudos de sotana y cogulla) y una dama de aquellas de ahuecado traje y escote opulento. Varias policromías de santos y una de su Santidad, el Papa. En los sillones de caoba, antimacasares y ,sobre todo, una repisa, ante el santo de la devoción predilecta, la consabida lamparilla de aceite de mortecina luz que filtra a través del rojo y labrado cristal.
Como contraste, desde el cuarto vecino, el modernísimo rumor de una maquina Singer habla sobrado expresivamente de las fatigas y desvelos cotidianos. Otra indiscreción miramos y sorprendemos a una niña cosiendo. Mientras el hilo se desenvolvía del carrete y el blanco lienzo asomaba, empujado por las hábiles manos, los sueños iban también tejiendo su fina trama de ilusiones. Sentimos angustia por aquella bendita gracia de mujer que se gastaba oscuramente en el solar antiguo. La anciana sorprendió nuestra mirada y nos dijo con seriedad: “Es mi sobrina”.
En el corto traspatio del fondo, una gallina escarbando, llamaba a los polluelos que piaban. Nos imaginamos el limpio corralito con la ancha olla para el agua donde-secreto de naturaleza- se sumergiría una vieja llave. Y adivinamos los cordeles donde penderían los albos lienzos, fragantes a jabón de coco y a lejía.

El teatro principal parte del pasado.

PEREGRINACION
Salimos del cuarto y seguimos con nuestra peregrinación. De pronto nos sorprende gratamente el coro infantil de unas voces. Todo el cuadro de una infancia descuidada nos llena el alma de nostálgica angustia al evocador conjuro de las vocecillas. A, B, C, CH y mentalmente repetimos los picarescos versillos: la cartilla se me fue/ Por la calle de la Merced/Mo me pegue usted mestrita/ Que mañana la traeré.
Entramos con la profesora. Al vernos entrar, los niños se ponen de pie. El piso es de grandes ladrillos. Las silletitas de madera de pájaro bobo y con tejidos de paja, se alinean simétricamente. Niños y niñas aprenden las primeras letras. Están en la bendita época de Borrel, del Catón y de la Mantilla.
Repiten diariamente aquellos encantadores pasajes de ba-be-bi-bo-bu, del dos y dos son cuatro, mientras los más grandecitos leen gravemente aquellos de  conchita da de comer a las tortugas. La mestrita los señala con un puntero en el antiguo silabario, les repite amorosamente la lección y es la que da la señal del recreo, cuando se abren las canastillas para sacar el lonche que la mamá les pusiera, antes de despedirlos con un beso.
CAPILLA
La directora de la escuelita es la más antigua asilada. Ella ha sido quien nos contara que la puerta estuvo antes en la llamada calle de pobres: ella ha sido quien nos ha dicho las sucesivas transformaciones de la casa. Es sencilla y modesta. En su escuelita han aprendido las primeras letras muchos que luego fueron abogados y médicos notables, “toda gente buena”.
Junto al jardincito aparece la capilla, donde todos los días al toque de ocho se reúnen las asiladas a rezar el  Santísimo Rosario, acudiendo al llamamiento de la esquila que pende en el traspatio. La sacristana nos conduce y penetramos en el oratorio decorado a la usanza antigua, lleno de dorados y de pinturas. Allí está el altarcito cubierto de flores humildes, los fanales de colores y la concha de mármol que ofrece el agua bendita.
En el oratorio, un vago aroma de sahumerio invitaba al recogimiento, y entre la sombra parpadeaban las mortecinas luces de la lámpara. Vimos un melodio pequeño, vibrante aún del último trisagio y pendiente del muro a la derecha, nos llamó la atención un viejo lienzo oscurecido por el tiempo, en el que resalta la figura de un sacerdote, aquel a quien la piadosa donante encomendó el cuidado de la casa que expresamente legó para las señoras pobres de Lima. En un ángulo del cuadro, en gruesas letras, se lee esta inscripción: El bachiller don  Pedro Biedma, Capellán y fundador de la casa murió el año 1721.
En un altarcillo se alza la pequeña Virgen Inmaculada a quien llaman Fundadora y a cuyos pies tantas veces rogaron las asiladas. Hay en la capilla una atmósfera de humilde fervor, y parece flotar del continuo una plegaria entonada a la sordina.


Prevalen ciempre los balcones.

DIGNIDAD
Todo el local tiene la pátina venerable del tiempo. En muchas de las asiladas se descubren el señorío y la noble resignación de la dignidad virtuosa, bajo la doble pesadumbre de la vejez y la pobreza.
Todas las remembranzas son allí de una Lima desvanecida en lo pasado, ya remotísima y patrialcal. Y es porque en estos anchurosos solares el progreso no entra y deja perdurar, como en remanso, el suave reflejo de una piadosa antigüedad.
Tiempo de mixturas, de aromas, de sahumerio, de flores raras y caprichosas como los ñorbos, de castizos santos españoles, de crucifijos de talla y dolorosas con siete puñales. Allí no parecen cursis los ingenuos nacimientos bajo las urnas de cristal, ni los ramos de briscado, del que penden figurillas tejidas, medias nueces con misterios de navidad en miniatura, y es allí donde hasta hace poco quedaban, esquivándose a la solicitud codiciosa de los modernos coleccionistas esos baúles huamanguinos de labrado cuero, esas consolas talladas, esos filipinos enconchados.
Desde el centro de este tranquilo refugio se distingue el prosaico tejado de la casa Giacoletti, avanzado hito de la avenida Piérola, que adelanta destruyendo recuerdos y suscitando ilusiones, las cuales a su vez han de ser añoranzas en el distante mañana.


La antigua municipalidad con coches en sus calles.

VENTA
Sólo al regresar del plácido hospicio anotamos el dato y recordamos el verdadero objeto de nuestra visita: saber la historia y la vida de esta casa para ocuparnos en el triste asunto de la mudanza de las asiladas. ¡La casa va a venderse! La avenida ha de atravesarla  en parte y, sin duda, no se quiere o no se puede hacerle una fachada que mire a la avenida.
Ya las asiladas fueron notificadas por el Alcalde, ya en la casa hay motivo de angustias, mientras se llena de cirios y plegarias el retablo de la virgencita fundadora. Se habla de nuevo asilo en la calle de las Cabezas. Se dicen tantas cosas. Pero el hecho indudable es que desaparece de la calle de San Carlos la casa de los señores arzobispos. La fundadora no sospechó que su piadoso deseo habría de ser modificado tan sustancialmente.
De vuelta del asilo, las cuartillas sentimos la irremediable melancolía que fluye del retiro que hemos visitado. Volvieron a nuestros recuerdos, avivados por la piedad, el largo pasadizo de ladrillos, las apolilladas puertas, los botijos con flores, los gatos acurrucados en las puertas, el oro de los retablos en la capilla donde soñaba pretéritas  misas al melodio, los muebles antiguos, los capulíes aromosos, las viejecitas venerables y aquel rumor infantil descuidado y gozoso de niños, que tal vez, muy pronto, no habrán de repetir su Borrell, ni cantar la Salve en aquel solar tranquilo, y sentimos la nostalgia que habrán de sentir aún las viejecitas regañonas cuando allá en el destierro no escuchen el coro infantil de aquellas voces: A,B,C,CH.
Y  sentimos también la melancolía profunda de toda esta vida que se va. Y se nos encogió el alma al pensar en la amargura que sentiremos cuando, al pasar por aquella calle, no veamos el gran portón, ni divisemos doblando hacia el traspatio, la sombra silenciosa y leve de algunas de aquellas viejecitas seguidas por el gato que restrega  plácidamente el lomo enarcado en la abrigada falda de la buena ama que lo engríe.  (Páginas seleccionadas del libro “Una Lima que se Va”, cuyo autor es el consagrado escritor y político José Gálvez Barrenechea).

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