martes, 5 de enero de 2016

LA EPOPEYA DE UN MUNDIAL DE FUTBOL

Que fue lo que provocó aquella  júbilosa coincidencia exteriorizada en la Argentina durante los días del Campeonato Mundial de Futbol de 1978? ¿Fue un estado de euforia colectiva al comprobar que se había sido capaz de asumir la responsabilidad a primer nivel  internacional? Fue el resultado proveniente de un estado de falencias o de un subestado de ánimo? ¿Fue el desahogo ante un triunfo que no estaba en los cálculos o pronósticos?
Es difícil definirlo y seguirá siendo un enigma para los sociólogos, pero los hechos y las coincidencias indican que la explosión que se produjo en todo el ámbito argentino, tuvo una chispa detonante en la necesidad de expresar al mundo la unidad de los argentinos por encima de todo factor político.
Estuvo asentada, esto sin ninguna duda, en un sentimiento que unánimemente necesitaba expresarse en una palabra. Y  no eligió el pueblo la de campeones, sino la que identifica a la nacionalidad: ¡Argentina¡
Todas las gargantas la gritaron, pero ninguna la hizo como un ataque, como una ofensa, ni como repulsa o defensa ante rival o enemigo alguno. Fue el estandarte sonoro que convocó y la movilización de todos,  hombres, mujeres, ancianos y niños, ricos y pobres, empresarios y obreros, funcionarios y hasta extranjeros identificándose con el país en que se cobijan, que ganaron espontáneamente la calle y gritaron jubilosamente, sin ningún rencor, la reivindicación de un sentimiento.

Pasarella con la copa:¡Argentina campeón del mundo!

DESAFIO
Y lo desahogaban como denunciando un largo silencio y como sintetizando un acto de fe, un deseo de diálogo y de unión. ¡Argentina, Argentina!, fue el desafío que brotó de las calles, autos, colectivos, camiones, balcones repletos de hombres, mujeres y niños, acompañando cánticos, estribillos y marchas.
Con versos improvisados por la picardía popular, pero respetuosamente, con los colores celeste y blanco presidiendo los frentes de los edificios como nunca jamás pudieron lograrlo ordenanzas ni decretos.
Escarapelas, banderines, escudos y enormes banderas argentinas cubrieron el país a todo lo largo y ancho del inmenso territorio, uniéndose a la algarabía los músicos, mezclados con los que con tapas de cacerolas, pitos y cornetas llenaron de alegres ruidos un festejo que no se acordó de ideologías, sectarismos, credos o banderías.

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Estadio Monumental de River Plate: allí se jugó el mundial 78.

Todo fue presidido, ahora, como lo había sido antes por la cordura,  generosidad y cortesía en plena disputa del certamen, por el júbilo, la celebración ruidosa pero sin afrenta y el respeto mutuo, mostrando al mundo y demostrando que los argentinos forman un pueblo indisoluble, en el que es lógico y natural disentir, pero en el que nadie puede lograr desunir. 
El Mundial 78 fue ganado trabajosamente en la cancha, pero también en cada casa, en cada hogar, en cada calle y en cada argentino. Fue un hecho único, sin precedentes, que los sociólogos definen como un espectro amplísimo que abarca desde el chico que vende banderas, hasta el ciudadano más acaudalado, actuando todos de la misma manera, compartiendo valores sin convocatoria expresa, en total coincidencia y mostrando así una sociedad pluralista e integrada que festeja de una forma nueva. ¡Porque fue una fiesta nacional nueva! ¡Y solidaria!

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