martes, 19 de enero de 2016

UNA PROFECIA DE DON FELIPE PARDO

Hace muchos años, había en Lima un peluquero famoso, engreído por mucha gente de buen ver y a quien todos conocían con el nombre del maestro Eustaquio. Este fígaro limeño, que vivió hasta hace unos 30 años, poco más o menos y a quien alcanzaron muchas generaciones en su peluquería de la calle de la Concepción, era tipo clásico del barbero antiguo, medio dentista y medio médico, de los que también descañonaban una barba, como desmolaba unas tantas muelas o sangraba un apoplético. Bien relacionado, solía ir a la casa de don Felipe Pardo a afeitarlo y, haciendo honor a su leyenda, charlaba con el ilustre hombre de estado y de letras, con la soltura de lengua que caracteriza a tales tipos dicharacheros y simpáticos.
Don Felipe Pardo estaba ya valetudinario y con esa admirable serenidad y grandeza de alma que agigantó su figura insigne, soportó con estoicismo sus angustias, atrayendo sobre si la veneración de todos.
Conversador, ocurrente y cultísimo, recibió en su sillón de enfermo, el homenaje de las más altas personalidades de Lima. Después de haber intervenido activamente en la vida política del país, vio lleno de lucidez admirable, desde su sitial de paralítico, anudarse intrigas, sucederse mandones, transcurrir sucesos, alzarse y desvanecerse personajes, conservando siempre la brillantez del numen y la distinción señorial de su prestancia caballeresca.


Felipe Pardo y Aliaga: politico y literato

OCURRENCIA
Atildado y pulcro, gustaba de hacerse afeitar diariamente, y a propósito de esta costumbre suya, le ocurrió alguna vez algo tan gracioso que bien la pena de ser rememorado. Estaba en Chorrillos en el corredor de su rancho, cuando acertó a pasar por allí el doctor Adán Melgar, muy mozo entonces y que solía visitar con frecuencia la casa del gran satírico. Entró el joven, encantado de poder charlar con don Felipe. Muy atento lo saludó y le dijo con zalamería:
-Que bien está usted don Felipe, que rozagante, que bien afeitado. Y don Felipe sonriendo lo interrumpió:
-Y usted mi amiguito que pronto se sube a las barbas…
En la época de nuestra historia, vivía don Felipe Pardo en la casa de la Pileta de la Trinidad y uno de sus mejores y más queridos amigos era el doctor Francisco Orueta y Castrillón, sacerdote ilustre, que llegó a gobernar nuestra arquidiócesis y que dejó una bien ganada fama de teólogo y canonista, pero cuya ciencia no fue lo bastante bien reconocida sino después de  larga labor.
Eran tiempos aquellos en que el clero peruano estaba representando por verdaderas eminencias, oradores insignes y escritores castizos, plenos de erudición. Entre ellos figuraban Pellicer, Tordoya, Urizmendi, Aguilar, Benavente, Charún, Herrera…

Francisco Orueta y Castrillon.jpg
Monseñor Orueta: figura  de la Iglesia.

ALBAÑIL…
Un día hablaba entre alguno de ellos del saber y doctrina de nuestro clero y comenzó a mencionarse nombres y más nombres y alguno recordó el del doctor Orueta, pero don Lucas Pellicer dijo con displicencia:
-“Ese es un albañil”…
Pasó el tiempo y se trató de una sonadísima cuestión en la célebre Asamblea Liberal del 56: el fuero eclesiástico. Los liberales suprimieron la inmunidad personal del clero y como estuviera vacante la silla episcopal, se nombró Vicario Capitular a Pellicer, quien dándose cuenta del momento en que se le designaba para tal cargo, dijo: “Yo sé porque me nombran, por lo del fuero”.
Nuestro eclesiástico se alborotó, la discusión enardecida en la Asamblea se entabló muy especialmente entre Monseñor Tordoya y don José Gálvez. La Arquidiócesis tuvo que preparar un concienzudo informe sobre la cuestión.
Monseñor Pellicer, gran canonista, preparó su alegato de defensa y consultó con muchos de sus compañeros, uno de los cuales, respecto a un dato esencial, señaló al señor Orueta como el único capaz de darle con la documentación indispensable.
Pellicer se fue al Convento de San Pedro donde vivía Orueta que pertenecía a la extinguida Congregación de San Felipe Neri, que allí tenía su local, y fue recibido amablemente por su colega. Después de los saludos afectuosos de estilo, el Vicario Capitular expuso su pretensión y pidió a  Orueta que lo ilustrara sobre el punto que tan necesario era esclarecer para la mejor defensa del fuero eclesiástico.



Fiesta de Amancaes célebre por esta época.

CONSULTA
Orueta servicial y rápido, absolvió la consulta, le dio profusamente las informaciones pedidas y por fin, sacó de uno de sus nutridos anaqueles, la obra precisa y preciosa donde estaba la documentación deseada.
Pellicer, acompañado por Orueta, ambos muy melosos y galantes. Ya en la puerta, al insistir Pellicer en sus agradecimientos, Orueta que se conoce sentía el resquemorcilo de la frase de su pastor, no pudo contenerse y muy amable y humilde, respondió a los elogios:
-Ya ve usted Monseñor, para eso servimos los albañiles. Para dar los materiales a los arquitectos”…
Tal era el contertulio y amigo de don Felipe Pardo. Y tan notable en  Derecho Canónico, que por ahí anda un folleto suyo, muy rico de doctrinas y muy poco de forma, contra el famoso proyecto de Casós, sobre la desamortización de bienes eclesiásticos. 
SACERDOTE
Orueta, pese a su ciencia y su cultura, no era en aquellos tiempos lo que podría llamarse una figura, una gran figura. Sacerdote considerado por todos, no calzaba los puntos de celebridad de los que anteriormente hemos mencionado.
No había pues sobre el, las expectativas que podía fincarse en otros, de más brillo o más famosos ya. Pero, como el mérito acaba por imponerse, Orueta llegó a las más altas dignidades, habiendo sido Obispo de Trujillo y muchos años más tarde Jefe de la Iglesia Peruana.
Pero ¿qué tiene que ver todo esto, me dirán los lectores de esta sobremesa, con la profecía de don Felipe Pardo? Pues aquí mas información.
Afeitaba un día el maestro Eustaquio a don Felipe Pardo, ya enfermo repetimos, y el poeta que gastaba muy buen humor, le preguntó al barbero:
-¿A dónde vas ahora?
-A San Pedro, señor, a afeitar al doctor Orueta
-Pues felicítalo por la  Mitra…
Llegó el maestro Eustaquio a la celda de Orueta, dispuso sus útiles y comenzó su charla:
¿De dónde vienes?
FELICITACION…

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Don Felipe en otra faceta de su vida.

-De casa del señor Pardo, quien dicho sea de paso, me ha encargado felicitarlo a usted por la Mitra.
-¿Por la Mitra? Pues mañana que vayas, dile que yo tendré la Mitra cuando la banda presidencial esté en su casa.
Es de advertir que don Felipe Pardo ya no estaba en condiciones de intervenir en la vida activa, por ningún motivo y que su hijo Manuel, muy mozo entonces, no revelaba aún disposiciones de político.
Pasaron los años. Don Felipe Pardo, lámpara solitaria, fue apagándose y el año 1869 murió, habiéndosele tributado honores excepcionales, a los que contribuyeron  el gobierno de entonces, las instituciones representativas y todas las clases sociales.
De la broma cambiada, apenas si quedó el recuerdo pues la frase de Don Felipe Pardo fue pronunciada en tiempos en que ni el propio Orueta pensaba en la posibilidad de ser mitrado. Pero el tiempo ante el porvenir, que por intermedio de un simple barbero, tuvieron aquellos dos hombres ilustres, no sin que hubiese dificultades y cuestiones complicadas que pusieron en serio peligro la consagración de Orueta como Arzobispo.
PROPUESTA
El Gobierno de Balta que creyó en sus postrimerías que contaba con el Congreso, propuso como Arzobispo de Lima a Monseñor Manuel Teodoro del Valle, Obispo de Huánuco, envió las preces a Roma, sin consultar al Congreso y el Papa Pio IX aceptó la propuesta y preconizo como jefe de nuestra iglesia al dignatario propuesto.
Pero llegaron las bulas el año 1872, cuando se había realizado en Lima uno de los más extraordinarios y sangrientos sucesos de nuestra agitada vida republicana: la revolución y la efímera dictadura de los Gutiérrez.
Un movimiento enorme pleno de fecundidad y de pasión civil llevó a don Manuel Pardo al poder. Colosal por su intensidad, por su proyección, por su trascendencia, aquel movimiento removió formidablemente la vida del país.
Y don Manuel Pardo llegó al poder como jefe de uan vigorosa agrupación política. El Gobierno de Pardo se encontró con que el Papa Pio IX nombraba Arzobispo de Lima a Monseñor del Valle que no había sido elegido por el Congreso, creándose una situación doctrinaria sumamente difíicil y vidriosa
Nuestro parlamento, celoso de los fueros del patronato eclesiástico, no quiso aceptar el nombramiento de Monseñor del Valle, se agitó la prensa, se murmuró, se discutió acaloradamente, hasta llegar a publicarse un folleto muy nutrido en el que se contemplaba desde todos los puntos de vista la cuestión.

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Uno de los libros del magnifico intelectual.

COMISION
El Gobierno comisionó a Pedro Gálvez, nuestro ministro en aquel entonces cerca de los gobiernos de Francia e Inglaterra, para que viese la forma de arreglar el asunto, respetándose la soberanía del país. Se cambiaron notas entre nuestra Cancillería y la de su Santidad.
El Sumo Pontífice no parecía bien dispuesto a revocar su bula y todo se presentaba de manera que hacía suponer que Monseñor Valle sería el Arzobispo de Lima. Quien quiera mayores detalles puedo acudir a la interesantísima obra “Historia de los Tratados” del Doctor Aranda que en el tomo  11 dedicado a la Santa Sede, trato la cuestión con el lujo documentario que solía el ilustre maestro y maravilloso conversador, poner en todos sus trabajos.
¿Y Orueta?  Parece que de Monseñor Orueta nadie se acordaba, por lo menos ostensiblemente. Por fin, Monseñor del Valle, ante la situación creada dio una nobilísimo ejemplo de ecuanimidad y de renunciamiento evangélico y se dirigió a la Santa Sede, rogando se le relevase el honrosísimo  encargo. 
BULA
Fue entonces que Pio IX, ya en 1873, dio la Bula, reconociendo en la “laudable prudencia y humildad de Monseñor Valle al renunciar, la forma por la cual el Gobierno peruano quedaría en libertad de elegir otro arzobispo y, como un título, otorgó al renunciante la alta categoría de Arzobispo de Berito, encargándole a la vez la administración apostólica de Huánuco.
Libre el Gobierno de Pardo envió las ternas de estilo al Congreso haciendo figurar en ellas a Monseñor Francisco Orueta y Castrillón, que había sido administrador apostólico de la Arquidiócesis, nombrado por la Curia Romana, a petición del Arzobispo Goyeneche.
El Congreso eligió de las ternas a Orueta y así llegó a tener la Mitra Archiepiscopal, después de una serie de dificultades, cumpliéndose la profecía de don Felipe  Pardo, en la forma  en que la aceptó Orueta , muchos años antes, es decir cuando la banda presidencial estuviese en casa de don Felipe Pardo, pues, como se sabe, el domicilio de don Manuel, Presidente de la República, fue el mismo de la calle de la Pileta de la Trinidad, donde pasó sus últimos años de gloria y martirio el gran satírico limeño, don Felipe Pardo y Aliaga. (Páginas seleccionadas de las "Obras Completas" que pertenecen como autor al consagrado escritor y político, José Gálvez Barrenechea.

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