domingo, 26 de octubre de 2014

AREVALO : EL ASESINATO DE UN LIDER

Lo asesinaron y truncaron por completo su vida política de futuro promisorio. Víctor Raúl Haya de la Torre lo había sindicado como su sucesor, si en caso a él le pasase algo y  muriese. Luchador sindical, obrero infatigable. Sus orígenes muy humildes, grandes sus ideales de cambio. Hizo política desde abajo y  se convirtió en un gran dirigente de los trabajadores azucareros. Autodidacta por excelencia y llegó a ser diputado constituyente aprista en 1931. Sin embargo,  hoy casi nadie se acuerda de él.  Pero  tuvo valía en la lucha por la democracia  y los derechos humanos del Perú. Por eso, hay que recordarlo. Líder  lo era, evidentemente, por sus cuatro costados.
A Manuel Arévalo Cáceres los esbirros de la dictadura de turno del General Oscar R. Benavides lo borraron del mapa cobardemente, a la temprana edad de 33 años. Unos días antes, había sido apresado e incomunicado por sus ideas en un cuartel ubicado en la ciudad de Trujillo. Incluso lo torturaron, de acuerdo a la versión de su partido.  Para ellos, el martirio duró una semana.
Lo capturaron debido a una traición. Una vez localizado consiguió, sin embargo, burlar la vigilancia policial y se escondió en una casa trujillana, donde había un subterráneo. Luego de un dilatado tiempo de espera, pensó que sus perseguidores se habían marchado y salió de su escondite.
Entonces fue detenido y puesto a disposición del Prefecto de La Libertad, Coronel Armando Sologuren. Este ordenó que le saquen, a como de lugar, todos los secretos de la organización clandestina del aprismo en el norte.


Manuel Arévalo: martir del Apra.

DELATOR
El delator resultó ser Salomón Arancibia, miembro a sueldo de la policía que se hacía pasar por compañero y logró infiltrarse en la agrupación política,  según la versión de los representantes de ese partido: José Alberto Tejada, Alfredo Tello, Víctor Nureña y Víctor Augusto Silva Solís.
Pocos días después del asesinato, a Arancibia lo encontraron muerto  en el bosque de Matamula, ubicado en el distrito de Jesús Maria de Lima. El oficialismo y el gobierno culparon del fallecimiento a los dirigentes del Apra, Entre ellos a Fernando León de Vivero, que fue parlamentario por Ica en distintas oportunidades. La Corte Suprema  exculpó y absolvió al líder iqueño
Lo que  denunció el partido del pueblo, por boca del dirigente, Antenor Orrego, que incluso después escribió un artículo en el diario “La Tribuna” es que “cada noche, por la madrugada, al preso se le trasladaba  a las ruinas de Chan Chan y se le hacía la simulación del fusilamiento para amedrentarlo”.
También aseguró que se “le punzaba el cuerpo con las puntas aguzadas de las bayonetas para arrancarle delaciones”. Nunca ocurrió una. Ni tampoco le sacaron una sola palabra. Completamente leal a sus principios. 
Luis Alberto Sánchez, destacado  seguidor y cultor de las ideas de Haya, en sus memorias va más allá y en el tomo II pág. 550 anotó: “Una de las perversidades de que se le hizo víctima fue herirle por completo la falange de los dedos, metiéndolas en una puerta y cerrándola violentamente”.
Lo traían  a Lima, en viaje por la carretera Panamericana Norte que en aquel entonces era una trocha de tierra hasta que una tensa mañana, del 15 de Febrero de 1937, tres agentes policiales, Ricardo Polo, Luis Saldarriaga y  Enrique Espantoso entre los pueblos de Huarmey y Pativilca en la zona llamada “Colorado Chico”, lo asesinaron por la espalda a balazos de forma cruel y cobarde. Nunca cayó el peso de la ley en contra de estos individuos.
 Antes lo obligaron a bajar del vehículo,  con el pretexto de caminar para miccionar y luego continuar con el viaje a la capital. Lo que oficialmente se explicó sobre su fallecimiento es que el líder sindical trató de fugar y por eso se le disparó. Los dirigentes de su partido negaron por completo tal hecho y aseguraron que el fallecimiento ocurrió premeditadamente y en forma salvaje.
Según el Secretario General del Comité Aprista de Huarmey, Ernesto Reyna, de profesión escritor, dos testigos residentes de la ciudad de Huacho, Eleuterio Meza  Guerrero y Manuel Montes quienes manejaban sus camiones por el lugar de los hechos, vieron el crimen. El primero de ellos, posteriormente, se convirtió en un prominente comerciante dueño de varios grifos ubicados en la zona norte del país.
LEY DE LA FUGA
Sin embargo, el diario “El Comercio”, en su edición del  19 de Febrero de 1937, publicó la versión preparada por el gobierno en la que se sustentó  la huida que dio lugar a los disparos y la muerte. Le habían aplicado a Arévalo lo que se conocía como “la ley de la fuga”
Los apristas aseguraron que un guardia civil conversó con la victima un día antes de su muerte y la mañana de su ejecución en un local policial. Los viajeros pernoctaron allí porque el  carro presentaba fallas mecánicas. El  capturado estaba con la mano herida, lucía un overol de color amarillo y una toalla en el cuello con manchas de sangre.
De acuerdo a la versión del policía cuyo nombre se guardó en reserva, lo vio al preso con grilletes en las manos y los pies. Arévalo le dio a conocer su nombre y le contó que lo  torturaron. Incluso le subrayó que tenía el presentimiento que lo asesinarían en el camino. A renglón seguido, bebió un vaso de  agua y se quedó profundamente dormido.
A las seis de la mañana del día siguiente, frente a  un grupo de curiosos que observaron a pocos metros de la comisaría, los captores le guitaron los grilletes y le ofrecieron una palangana de agua. Arévalo se lavó y al notar que tenía la barba crecida le pidió prestada al guardia una máquina de afeitar. Logró rasurarse sin dificultad, a pesar de las heridas en la mano.
El líder aprista contempló al grupo de curiosos y nadie lo reconoció. El, sin embargo, levantó la mano  hacia arriba en señal de saludo. Tomó como desayuno una taza de café y un huevo pasado por agua. Esa fue su última comida. Lo embarcaron en el automóvil y siguieron el viaje al sur, rumbo a Lima.
Nació el 15 de Octubre de 1903 en el pueblo de Santiago de Cao, ubicado  en la parte baja del valle de Chicama del departamento de La Libertad. Sus padres: Manuel Arévalo Holguín y Angelita Cáceres. El joven idealista descendió de una familia ligada al campo, propietaria de tierras que las perdieron por la expansión de la Hacienda Cartavio.
Era el hijo mayor de una familia numerosa que tuvo que librar dura lucha por la vida para sostener dignamente el hogar. Recibió las primeras enseñanzas en la escuela que dirigió el maestro Pedro Zaldívar de su pueblo natal. Constantemente destacó por su aguda inteligencia.


Haya con el dirigente azucarero.

EN CASA GRANDE
En plena adolescencia tuvo que abandonar el plantel y fue a trabajar, cuando tenía 13 años a los campos de caña liberteños, percibiendo el salario de 25 centavos diarios, cantidad que no lograban cubrir las necesidades de la madre que estaba enferma. Un muchacho  que sólo había estudiado hasta segundo o máximo tercer año de primaria. Muy tempranamente ingresó a la fuerza laboral.
De los campos de caña paso a laborar como aprendiz de mecánica en la hacienda Roma donde permaneció hasta 1919, año en que se iniciaron los movimientos obreros conducentes a la conquista de la jornada de las 8 horas de trabajo.
Al ser despedido por sus actividades sindicales, fue a parar a la hacienda Casa Grande cuando contaba con 16 años de edad. Ingresó como ayudante de mecánica en la sección de talleres y allí desplegó intensa actividad sindical.
La empresa, que pertenecía a la familia Gildemeister de capitales alemanes, tomaba providencias para evitar  la propagación de ideas ajenas. No obstante, Arévalo actuó con gran sagacidad y divulgó sus conocimientos con manifiestos manuscritos que circularon profusamente entre sus compañeros de trabajo. 
MATRIMONIO
En aquella época se libró en Casa Grande un enfrentamiento sindical del cual fue protagonista. Luego de sucesivas reuniones clandestinas, los obreros presentaron su pliego de reclamos. Como nadie se atrevía a llevarlo ante el Gerente de la hacienda, el joven tomo la iniciativa y entregó el documento en representación de los trabajadores.
En esas circunstancias de tensión y apremio, no se le permitió salir de la oficina y  se lo llevaron a otro lugar desconocido. Los obreros de inmediato  declararon la huelga en señal de  protesta y, al poco tiempo, la gerencia tuvo que acceder a sus reclamaciones.  Arévalo y otros dirigentes fueron apresados y conducidos a Trujillo. A los pocos días cuando estuvo libre huyó a Lima, por las constantes amenazas que recibía.
En 1926 se casó con una muchacha que lo acompañó con cariño y lealmente y que fue su novia durante mucho tiempo, Edelmira Giman, con quien tuvo dos hijos: Victor Manuel y Angela. El varón murió misteriosamente, a los siete años, ahogado en un pozo. El dirigente sindical no pudo asistir al velorio y entierro correspondiente por estar perseguido.
Luego de permanecer poco tiempo en el Callao, retornó a Trujillo y estuvo un tiempo trabajando en el  asiento minero de Quiruvilca. Hasta que abrió su taller de mecánica en el barrio de La Unión, en la capital de La Libertad.


Una reunión de la dirigencia aprista en tiempos de este líder sindical.

COMO ERA
Un activo dirigente sindical que se vinculó estrechamente con Antenor Orrego y participó en las actividades de las Universidades Populares González Prada. Al producirse la caída de Leguía en 1930, ya era un cuajado líder popular que se incorporó desde el primer instante al naciente Partido Aprista.
Era un mozo fuerte de anchas espaldas, estatura alta, abultada cabeza, piel blanca, ojos verdes oblicuos, cabello castaño oscuro que lo peinaba hacia atrás. Lo llamaban cariñosamente “el gato”. Lector empedernido de periódicos, libros y panfletos.
Mostraba preferencia por los escritos del pensador radical Manuel González Prada. Le gustaba hablar de Filosofía y de Historia. Analizaba con lógica y previsión el acontecer del Perú, América Latina y del mundo.
A los 28 años de edad fue elegido representante por el departamento de La Libertad ante la Asamblea Constituyente de 1931, actuando con valentía y con brillantez. Quienes lo conocieron afirmaron que era un orador nato de templo que pronunciaba discursos espontáneos y elocuentes. 
OPINION DE HAYA
Marchó al destierro cuando se desató la primera persecución  contra el Apra en los primeros meses de 1932. Estuvo un tiempo en Colombia donde frecuentó la amistad de hombres ilustres, como el escritor Germán Arciniegas y Alberto Lleras Camargo. Este último posteriormente se deempeñó como Presidente de la República  de ese  país.
Estando desterrado en el Ecuador, en los primeros meses de 1933, recibió la orden de ingresar clandestinamente al Perú junto con otro dirigente que fue parlamentario Pedro Muñiz. Cumplió con su deber, sin titubeos, en momentos que la represión contra los apristas era intensa y constante.
Sus excelentes cualidades de organizador le permitieron edificar la maquinaria de resistencia clandestina en la región norte, luego de reiniciarse la  percusión en 1934. El hombre se convirtió en una figura temida y en una presa codiciada y buscada intensamente por la policía.
Así se perfiló como un eficiente dirigente político. La dictadura había puesto precio a su cabeza porque se conocía perfectamente que este modesto trabajador, a decir de Orrego,” trocó la lampa de labriego y el yunque de mecánico por la lectura incansable. Era además un personaje aguerrido y hercúleo, pleno de vitalidad y energía a toda prueba”.



Un dibujo que trata de graficar el asesinato.

SIN SEPULTURA
Haya de la Torre dijo de él, en una oportunidad durante una actividad partidaria, dirigiéndose a la juventud: “Fue un gran líder obrero, un heroico ciudadano y un autodidacta de extraordinaria cultura. Fuerte de mente y cuerpo y unió en su vida extraordinaria todas las más superiores cualidades del hombre integral”.
Un hermano de él  vivió muchos años en la ciudad de Huánuco, donde se afincó como contratista de carreteras y se casó con una dama del lugar: Claribel Valderrama de oficio peluquera, con quien procreó dos hijos: Oswaldo y Angelita.
El primero, que estudió en el Colegio Nacional Leoncio Prado de esa localidad, terminó  luchando en las guerrillas marxistas que irrumpieron en 1965, en tiempos del primer gobierno de Belaúnde. Por ello purgó varios años de prisión.
Nunca tuvieron los huesos de Arévalo el derecho legítimo al descanso eterno de la tumba. De acuerdo a una información proporcionada por el dirigente aprista, Nicanor Mujica Alvarez Calderón, los restos fueron rescatados en plena clandestinidad. Haya de la Torre los guardó por mucho tiempo, esperando la hora de rendirle el tributo fúnebre que merecía. Hasta que la policía, en otro asalto, se los arrebató. 
En el lugar del asesinato, sus compañeros de partido hicieron una pirámide de piedras de homenaje con una cruz reluciente de madera que hasta ahora existe. Allí se llevó para sujetar firme el  madero tierra de Chan-Chan, lugar donde murieron muchos mártires apristas. Vida trágica y de total entrega  a las causas sociales que  las asumió por completo. Incluso pagando con su vida. (Noé)

1 comentario:

  1. Mi querido gordo: Cada edición tuya es de colección, nuevamente lo digo a propósito de los excelentes informes sobre Francisco García Calderón y Manuel Arévalo, gracias por privilegiarme en tu lista, abrazos para todos y cada uno de la casa.
    Chiclayo

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