miércoles, 13 de febrero de 2013

CARMEN: AMOR, FIESTA Y MUERTE

Puede decirse de Carmen que es la más española de las óperas, y a la vez, la más francesa. Una obra que contiene todos los tópicos hispanos: la gitana, el torero, los contrabandistas y que, gracias a una música absolutamente genial, ha traspasado las fronteras territoriales para convertirse en un mito de alcance universal.
Pero Carmen ha sido muy mal comprendida, tanto por quienes se sintieron escandalizados por la modernidad del personaje (una mujer muy segura de si misma y que ama la libertad por encima de todo, hasta el punto de desafiar la muerte para conservarla) como por quienes han visto en ella una mujer fatal, una devoradora de hombres o, incluso, una simple prostituta.
Es, por lo tanto, uno de los papeles más complejos del repertorio y han sido muy pocas las cantantes que han sabido encontrar ese difícil punto medio, sin caer en un exceso de refinamiento o en la vulgaridad.
Otro problema ha sido el de las versiones. Bizet murió poco después del estreno de su ópera y el compositor Ernest Giraud sustituyó los diálogos hablados por recitativos cantados para que la obra pudiera estrenarse en la ópera de Viena.
1875 Carmen poster.jpg

EDICION ORIGINAL
Esta versión, publicada por Choudens en 1877, se ha mantenido en el repertorio hasta que, en 1964, el musicólogo alemán Fritz Oeser restituyó la edición original, mucho más fiel a la voluntad del compositor, que se ha impuesto prácticamente en todos los teatros del mundo.
Cuando la obra maestra de Bizet vio la luz en la Opéra Comique de París, el 2 de Marzo de 1875, el teatro lírico se encontraba en un momento de auténtica convulsión. Un año antes se había estrenado Boris Godunov de Mussorgski y en 1876 se presentaría en su integridad la Tetralogía wagneriana para la flamante inauguración del Festspielhaus de Bayreuth.
 En Italia, Verdi guardaba silencio desde Aída, que llegó finalmente a El Cairo en 1871, hasta el triunfal estreno de Otelo en La Scala en 1887 (entre medias llegaría la revisión de Simon Boccanegra en 1881). Los autores de la Joven Escuela como Boito o Ponchielli trataban de imponerse con obras como Mefistofele (1868) o La Gioconda (1876) que, si bien con procedimientos opuestos, anuncian ya la escuela verista de Cavallería Rusticana de Mascagni (1890), seguida dos años después por Pagliacci de Leoncavallo.
En Francia no se habían estrenado obras de importancia desde Romeo y Julieta de Gronoud (1867) o Hamlet de Thomas (1868). Al tiempo que Offenbach arrasaba en las Boufes du Nord con sus geniales operetas como La Perichole (basada al igual que Carmen, en una pieza de Mérimée). 
 BIZET
Johann Strauss acaba de presentar otra de las joyas del género, El Murciélago en 1874. En España también se discutía sobre la creación de un teatro lírico nacional, con un título tan emblemático como Marina de Arrieta, que llegó en su versión operística al teatro Real de Madrid en 1871. Todas estas operas rompen de algún modo con la estética romántica que, después del reinado indiscutible del bel canto, buscaba nuevas formas de expresión, a través de un nuevo discurso dramático y armónico.
Es difícil imaginar la importancia de un compositor como Georges Bizet, uno de esos deslumbrantes genios que de vez en cuando iluminan el panorama del arte, -nació en París el 25 de octubre de 1838 y murió en Bougival, cerca de la capital, el 3 de Junio de 1875, con tan sólo 37 años-, hubiese podido llegar a tener con la historia de la música francesa y, por extensión, en la europea.

Georges Bizet: un compositor genial y deslumbrante

Frente a la convulsión musical observada en otros países, en Francia, por el contrario, nada había perturbado la escuela nacional, bañada de un orientalismo que proseguirá, de muy diferente manera, imbuida ya de un cierto perfume impresionista en títulos como Lakmé de Delibes (1883) o Le Roi de Lahore (1877) y Thais (1894) de Massenet. Los compositores seguían manteniendo los modelos de la grand opéra de Meyerbeer y Halévy, mientras que otros trataban de seguir a Verdi quien, entre 1847 y 1867, había escrito tres óperas en francés para la Opera de París (Jerusalem, Les Vepres Siciliennes y Don Carlos), o de Wagner, a pesar del fracaso de Tanhäuser en su versión purísima (1861).
JOVEN TRIUNFADOR
Bizet empezó a destacar desde muy joven. Por su cantata David obtuvo un segundo premio en el Concurso de Roma del Conservatorio de París, con 19 años. Con la opereta Le Docteur Miracle recibió el premio Offenbach, y a los 21 años, escribió una deliciosa ópera comique en estilo italiano, Don Procopio, inspirada en Don Pascuale de Donizetti. Después del inacabado melodrama Ivan IV, el 30 de Septiembre de 1863 llegaría su primer gran éxito teatral en el Theatre Lyrique de París: Les pecheurs de perles, bañada aún de exotismo y con fuertes influencias de Gounod (aunque, curiosamente, fue tachada de wagneriana) pero con un refinadísimo sentido instrumental y una irresistible efusión melódica, a la que siguió, cuatro años después, la injustamente poco conocida La jolie fille de Perth, basada en una novela de Sir Walter Scott. Tras volver a los ambientes orientales en la muy interesante Djamileh (1872) inspirada en el poema Namouna de Alfred de Musset, y a pesaer de que la obra no tuvo una nueva acogida, los empresarios de la Opéra Comique encargaron a Bizet una nueva obra de libre elección. Fue el propio compositor quien escogió la novela de Mérimée.
Antes de hablar de la ópera, tenemos que mencionar a un curioso personaje como Prosper Mérimée (París 1803-Cannes 1870), escritor, historiador y arqueólogo que estudio derecho y varias lenguas como del griego, el árabe y el ruso, siendo uno de los primeros traductores de numerosos libros de esta lengua al francés. Le gustaba el misticismo, la historia y lo oculto.
ESPAÑA
Estuvo muy influido por las historias de ficción historicista popularizadas por Sir Walter Scott y los dramas psicológicos de Alexander Pushkin. A menudo sus relatos están llenos de misterio y tienen lugar en países exóticos como era entonces España, a donde viajó en numerosas ocasiones, dejando testimonio escrito en cartas y artículos de costumbres, y donde hizo numerosos amigos y tuvo varias amantes.
Entabló una gran amistad con la Condesa de Montijo y  cuando la hija de ésta, Eugenia, se convirtió en la emperatriz de Francia al casarse con Napoleón III, Merimée fue nombrado senador. En 1834 sucedió a Ludovic Vitet como inspector general de monumentos históricos. Conservó este cargo hasta 1860 y para su ejercicio viajó mucho por Francia y el extranjero.
Carmen (1845) es una historia de amor y de sangre que transcurre en España. El autor finge haber conocido al héroe, el bandido don José, y a la gitana Carmen, su amante. Don José en prisión luego de haber sido arrestado, le habría contado como Carmen labró su desgracia, arrastrándolo al mal con una autoridad diabólica. Siendo soldado desertó por ella y se hizo contrabandista, asaltante de caminos y finalmente asesino, llegando a matar por celos.
La ópera Carmen y el renacer cultural de TijuanaImágenes cortesía de IMAC Tijuana
Una escenificación de la gran opera de Bizet.

TONO DE OPERETA
Al leer la novela de Merimée, Bizet quedó absolutamente subyugado por el personaje protagonista. En la novela , Carmen es ladrona, embustera, asesina y vive en la miseria de una vida cotidiana presidida por la tragedia de una España descrita con caracteres violentos y colores fuertes (aunque no exenta de ironía) que, después, el libreto de Henri Meilhac y Ludovic Halévy edulcora bastante, dando a la obra un cierto tono de opereta en algunos aspectos, sobre todo en la figura de los simpáticos contrabandistas. Sin embargo, el talento de Bizet logra traducir con una música de extraordinaria originalidad lo que han banalizado los libretistas.
En este mismo contexto se sitúa el personaje de Micaela, que determina el respeto de la tradición romántica dentro de la ópera y está totalmente ausente en la novela. Esta joven navarra capaz de atravesar la peligrosa geografía hispana en busca de su amado aporta la pureza, frescura e ingenuidad en contraste con el personaje de Carmen, cargado de sensualidad, pecado y vicio.
El personaje de Carmen, en efecto trasgrede todas las reglas musicales, culturales y éticas Si el espectador de la Sala Favart podía tranquilizarse con la presentación tradicional de los demás personajes, así como con los números típicos de la opéra comique como las intervenciones de los pilluelos (“Avec la garde montante”), la entrada de las cigarreras (La cloche a sonné), los cuplés de Escarmillo (Votre toast…) o del quinteto de los contrabandistas (“Nous avons en téte une affaire”)-este último por cierto, de una endiablada dificultad de ejecución por sus constantes cambios de ritmo-, no podía por menos que escandalizarse al ver y escuchar a esta descarada gitana. 
OBERTURA
La Obertura contiene los tres temas principales de la ópera: la corrida de toros (durante la cual, en la última escena, Carmen morirá), el torero (la causa del delito de don José) y el destino que, a modo de leitmotive wagneriano, recorre toda la ópera. Ya la entrada de Carmen hace que la partitura encuentre toda su originalidad. En un primer momento, Bizet había compuesto otra aria, que la primera interprete del personaje, Célestine Galli-Marié, se negó a cantar, siendo sustituida con absoluto acierto por una Habanera extraída de una recopilación del español Sebastián Iradieer de 1864, titulada El arreglito (L amour est un  rebelle”)


La opera Carmen: mucho de español, mucho de francés.

Carmen arroja la flor a los pies de don José que, como dice Merimée, produce “el efecto de una bala”. El segundo encuentro entre ambos es aún más intenso con una seguidilla de ritmo y color españoles, aunque totalmente original de Bizet, llena de provocadora sensualidad. En la Canción bohemia, Carmen se divierte en la taberna de Lilas Pastia viendo bailar y bailando ella misma con sus amigas Frasquita y Mercedes.
El torbellino de la danza alcanza su clímax de un crescendo orquestal que nos recuerdo al del Bolero de Ravel. Cuando don José que ha salido de la prisión, viene a reunirse con ella, la gitana exhibirá su propio cuerpo como objeto de seducción en una página de sofocante erotismo. Cuando Carmen le reproche que no lo ama, don José le responderá con el momento más intimista de la ópera, el aria de la flor, donde recuerda su primer encuentro.
Don José seguirá a Carmen en un camino al que les llevará a ambos a la perdición, como lo han anticipado las cartas en el pasaje más dramático de la obra donde la voz de Carmen adquiere unos tintes oscuros, fatalistas. Los dos se enfrentarán cara a cara en el dúo final, mientras el torero triunfa en la plaza. Amor, fiesta y muerte indisolutamente unidos para siempre en esta escena, que constituye el insuperable colofón de una de las cimas absolutas del teatro musical de todos los tiempos. (Rafael Banús Irusta)

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