sábado, 24 de enero de 2015

DEL TRIUNFO AL VACIO DE LA MUERTE

Conciso, refinado y culto. Llevaba una carga muy grande, definitivamente, de ser el hijo de un magnifico pensador  que rompió esquemas en el Perú del siglo XIX y las dos primeras décadas del XX por su inteligencia y, sobre todo, por su profundo radicalismo político. Radical de radicales. No obstante, sí pudo superar el escollo de la valla alta que le impuso la vida del progenitor y logró  sobresalir, con cierta notoriedad. Como de tal palo tal astilla, el intelectual ejerció, en medio de una de sus actividades primordiales, el oficio de escritor con capacidad y sapiencia combinada con la diplomacia que como ciencia efectiva, de mucha comprensión y sentido común, estudia los intereses y las relaciones que se dan, inexorablemente, en este mundo tan peculiar, ancho y ajeno.
Lo cierto y contundente es que Alfredo González Prada  de Verneuil, el único hijo del incomparable Manuel González Prada y de la dulce y abnegada francesa Adriana de Verneuil, decidió suicidarse en un momento de total ofuscación, luego de sufrir  una constante depresión letal. Evidentemente una medida implacable, tremenda y sin vuelta atrás para salvarse que se dio por razones que nunca se aclararon y, por ende, hasta ahora se desconocen con verdadera exactitud
No obstante de de que gozó a borbotones de la vida con sensibilidad a flor de piel y privilegios dados por sus progenitores  desde muy pequeño. Era un hecho palpable que había conseguido consagrarse profesionalmente, a pesar de que en un campo de sus actividades dejó de ser valorado por la crítica literaria en su justa dimensión, según afirmación y percepción del escritor Luis Alberto Sánchez. Ahora bien, con su determinación y resolución, todo lo echó por la borda.

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Alfredo González Prada: intelectual y diplomático

RELATO
 En efecto, tomó esa equivocada decisión, que linda entre la indigna cobardía y la suprema valentía,  lanzándose desde una ventana de un gigantesco rascacielos al vacío larguísimo, pero terminable de todas maneras, en el sólido y pesado pavimento de una calle de la cosmopolita ciudad norteamericana de Nueva York.
 Así encontró la muerte siniestra de forma trágica, dejando por completo a su familia y a las letras peruanas de dolido duelo, por su determinación  inexplicable. Aunque comprensible por tanta desgracia que le tocó sufrir.
El escritor Rodrigo Núñez Carvallo ha relatado en un conmovedor texto, en voz de doña Adriana de Vernuil, algunos momentos dramáticos e íntimos de la vida de Alfredo. Sus desesperaciones e incluso la depresión constante que sufría algunas veces por la falta de trabajo y de dinero, las desavenencias con su esposa, la muerte de sus hijos que jamás pudo superar y otros problemas de la vida cotidiana
En esta creación impecable en estilo y claridad, llena de sentimiento pleno, doña Adriana cuenta momentos terribles del hijo que, en el colmo de la desesperación, una vez le propuso el suicidio de ambos: la  madre entrañable y el hijo en el colmo de la desesperanza.  Incluso una semana antes del fatal desenlace, le dijo: “Mamá, matate conmigo”. La solicitud venía con una expresión de feroz desamparo. Me voy a matar, reiteró, y sería mejor hacerlo juntos. 
DESESPERACION
Pero si me mato yo y te matas tú, ¿quién terminará de editar la obra de tu padre? Alfredo me miró  con ojos sorprendidos. Y como que volvió a la realidad. Tengo que recoger con urgencia la maleta de aluminio con los textos de mi padre que dejé en Placid Lake, en una casa que alquilé el verano pasado, recordó. Allí la dejé si la memoria no me falla.
Antes le había dicho a su madre mirando y llorando, desde la ventana donde precisamente se aventó en días posteriores, el hospital psiquiátrico de la ciudad: Mamá yo no voy a terminar en ese manicomio. Yo no  iré allá de ninguna manera, repitió señalando el vetusto local donde encierran a todos los locos de Nueva York.  Adriana le contó todos estos episodios dramáticos y tristes a Luis Alberto Sánchez cuando la visitó poco después de la muerte de Alfredo.
La señora González Prada, de acuerdo a la versión de Núñez, llegó al edificio donde vivían y había una nube de periodistas que le cegaron los ojos. Busqué a Elizabeth entre la multitud y ella se adelantó y me abrazó con desesperación. Era el día de la tragedia: 27 de Junio de 1943. El suicida tenia 51 años
Me siento culpable señora de la muerte de Alfredo, me dijo en inglés. Nunca creía que su hijo iba a a cometer esta barbaridad. Me acerqué al cadáver cubierto con periódicos pero no quise mirar. ¿Para qué? Prefería recordar a mi hijo vivo, joven, lleno de intereses, cuando era toda una promesa. Quise llorar pero no pude. He pasado por tantas desgracias en la vida que ya no tengo lágrimas. En cambio, Elizabeth siguió sollozando hasta que los forenses se llevaron el cuerpo a la morgue.

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Su madre: Adriana de Verneuil

DECLARACION
Detrás de un escritorio, el oficial de la policía le pidió sus datos completos: Elizabeth Anne Howe de González Prada, 44 años, nacida en Orange New Jersey, casada, bueno ahora viuda, corrigió. Luego acudimos a la habitación de al lado donde otro uniformado le pidió que hiciera su declaración.
Elizabeth relató: “Sentí el tintineo de unos hielos en un vaso, mientras yo descansaba en mi habitación. Con el whisky en la mano me dio un beso y salió a la terraza en el piso 22 del edificio Hampshire House.  Lo vi de espaldas observando la noche y tras un instante de silencio dejó el vaso, se acercó a la baranda y se dejó devorar por el vacío”.
Luego añadió: “Alfredo, Alfredo, grité cuando se oyó a lo lejos el estruendo sordo de algo que caía. Salí al balcón y miré hacia abajo. La imagen era terrible. Lo que quedaba de Alfredo estaba estampado contra el pavimento teñido de rojo”. 
REDACTOR
Graduado en Letras, Jurisprudencia y Ciencias Políticas Administrativas, también se dedicó con pasión al periodismo e integró el famoso grupo Colónida que lideró su íntimo amigo el poeta Abraham Valdelomar. Llegó un momento que se perfiló como poeta  pero lo absolvió, por completo, durante largo tiempo, el mundo diplomático.
Ingresó a trabajar al diario “La Prensa” como redactor y allí hizo migas con un jovencísimo José  Carlos Mariátegui que junto con el vate iqueño, creador de la famosa obra “El Caballero Carmelo”, visitaban a su padre con quien conversaban largas y largas horas, en tiempos seguidos y constantes.
La mayor parte de su vida residió  fuera del Perú y volvió a ejercer el campo de las letras. Principalmente como editor y compilador de las obras de don Manuel. Escribió un libro sobre la muerte del Presidente Agustín Gamarra, sustentando la hipótesis de su asesinato que, dicho sea de paso, nunca se probó.
Nació en París el 16 de Octubre de 1891 donde sus padres radicaban temporalmente. Sus primeros estudios los hizo en la capital de Francia con la ayuda directa y única de su padre. El talentoso escritor sostenía que las escuelas tradicionales sólo adormecían las conciencias de los niños y por eso era imperativo evitarlas. Le dedicaba dos o tres horas diarias a enseñarle las primeras letras en dos idiomas: castellano y francés
Una confesión de la madre invalorable que Núnez Carvallo consigna: Quizás lo protegí demasiado. Antes que Alfredo naciera se me murieron dos bebes en la cuna. Manuel y yo quedamos destrozados. Por eso cuando quedé embarazada, por tercera vez, decidimos no bautizarlo y marcharnos del Perú para romper el maleficio que nos perseguía.



Un libro sobre tan insigne familia.

EN PARIS
“Vayámonos a tu tierra, la bella Francia me dijo Manuel, acá todo está demasiado contaminado. Necesitamos aires nuevos para vivir el amor y criar a nuestro hijo. Así que vendimos alguna propiedad, alquilamos la casa de la puerta falsa del teatro y tomamos un vapor con mis cuatro meses de embarazo.
Específicamente sobre la época de bebe de su hijo, la progenitora cuenta: Alfredito nació cuando los tiempos mistrales arrecian en París. Durante meses, no salí de la casa porque el pequeño era enfermizo y se agripaba ante la mínima corriente de aire. Pobre Manuel, yo no podía acompañarlo a ninguna parte.
Manuel tomó esa temporada como un tiempo de estudio. Iba todos los días a leer al colegio de Francia, a la Sorbona o a la Biblioteca Nacional. Cuando volvía en la noche me contaba de sus lecciones de Sanscrito y del pensamiento de Buda. Para mi eran temas totalmente desconocidos.  Antes de la cena jugaba con Alfredito y le contaba cuentos en versos.  Era una delicia verlos juntos.
PROFESIONES
Cuando su familia retornó a Lima, continuó su instrucción en su casa. Su educación secundaria la cursó en el Instituto de Lima donde se impartía conocimientos de origen alemán. De allí pasó a la Universidad Nacional  Mayor de San Marcos.
En ese centro superior de estudios se graduó de Bachiller en Letras con una tesis sobre el poeta y dramaturgo Clemente Althaus. También consiguió los títulos de  Bachiller en Derecho y Doctor en Jurisprudencia con sesudas  monografías sobre la unificación de esa rama del conocimiento especializado y “El Derecho y el Animal.”
Este último trabajo de investigación a su padre le pareció muy  interesante, según cuenta Núñez Carvallo. Adriana vuelva a hablar y subraya que su marido en esa oportunidad dijo lo siguiente:  Los hijos deben superar a los padres. Yo nunca terminé mis estudios de Jurisprudencia y específicamente sobre la tesis referente a los animales la apoyo. Me parece bien, siempre es bueno elevarse sobre el presente y ver más allá, así  te acusen de extravagancia.
Las disertaciones para el bachillerato y doctorado en Ciencias Políticas y Administrativas trataron sobre “La solución de los conflictos entre patrones y obreros y la ley canadiense de 1907” y la Iniciativa y el Referéndum de las Leyes, respectivamente. El grado de abogado lo optó en 1914.


Rodrigo Núñez Carvallo, escritor que habla de Alfredo.

PRESO
Tres años antes ingresó al servicio diplomático en calidad de amanuense del Archivo de Limites del Ministerio de Relaciones Exteriores. Ascendió a auxiliar pero tuvo que renunciar, por principios arraigados de consecuencia, tras el golpe de estado que protagonizó Oscar R. Benavides en contra del Presidente Constitucional, Guillermo  Billinghurst.
El mandatario depuesto fue hecho prisionero y luego deportado a Chile. Grupos armados de artesanos y obreros defendieron al político en desgracia y por eso se organizó un marcha de protesta. Alfredo se unió al acto. Cuídate hijo, le dijo su padre y no lo hizo porque cayó preso confinado en el Panóptico.
Sus amigos del diario “La Prensa” movieron cielo y tierra para lograr su liberación. La ansiada libertad la consiguió días después. Fue recibido como un héroe en el “Palais Concert”, un café y bar frecuentado por periodistas e intelectuales. Estaban allí y lo saludaron Valdelomar, Mariátegui,  Federico More, Alberto Ulloa Sotomayor,  el dibujante Málaga Grenet y César Vallejo.
Cuando alternó con el Grupo Colónida contribuyó  a la antología poética titulada “Las Voces Múltiples”,  bajo el seudónimo de Ascanio. Había allí diez composiciones suyas. Como periodista publicó reportajes, críticas literarias, plásticas y teatrales. Promovió el debate sobre la pintura del catalán José María Roura Oxandaberro, un impresionista de imaginación y la del argentino Franciscovich, paisajista convencional. 
RENUNCIA
Uno de los versos de Ascanio: Es la hora apocalíptica…/Ruedan unos tras otros las olas purpurinas/ Como si un mar de sangre sepultara la tierra/¿Qué es este desenfreno de los hombres?/¿Sera la demencia múltiple del mundo?/ ¿ Será alguna sádica jugarreta fúnebre?/que distraiga los seniles   bostezos de fastidio/ de un Dios loco y malo?/Qué será la guerra?/¿A dónde nos arrastra la guerra?
Pasó a la Embajada del Perú en Estados Unidos con sede en Washington donde ascendió a Ministro Consejero. Se hizo cargo de la Legación. Pero renunció el 15 de agosto de 1929 al ser desautorizado por la Cancillería del Perú en el intento que tuvo de amparar a dos peruanos humildes del abuso de un diplomático estadunidense, Miles Poindexter
Este último  que se desempeñó como Embajador de su país en el Perú y se llevó de Lima a una pareja de mestizos, a quienes pagaba sólo la tercera parte de lo que la ley de su nación estipulaba. Al enterarse González Prada del caso acogió a su servicio a los dos criados, dándoles un sueldo justo.
La familia Poindexter se quejó al  Gobierno peruano que presidia Leguía. El Canciller, Pedro José Rada y Gamio, exigió a Alfredo que devolviera a los trabajadores. Pero éste optó por renunciar antes de cumplir tal orden infame.
En 1922, mientras era Secretario en Washington, se casó con Elizabeth Anne  Howe con quien no tuvo hijos. Si  tuvo antes,  extramatrimonialmente, una hija con Carmen Soria Menacho, seis años menor que él, Sin embargo, tiempos después, la niña murió de neumonía. Al año siguiente volvió a tener un hijo con la misma mujer, a quien se le puso el nombre de Felipe.
EL BEBE
Sobre este punto especifico, en la versión de Núñez,su madre dice lo siguiente: “No vaya a creerse que Alfredo era un muchacho ejemplar. Era inteligente y atractivo tenía mucho éxito con las muchachas. Un día le abrí la puerta a una señorita en avanzado estado de gravidez que lo estaba buscando.
Ella me dijo: estoy buscando a Alfredo González Prada. ¿Es usted su mamá? La chica no tendría más de 15 años. Estoy esperando un bebe de su hijo, añadió. Casi me caigo de espaldas. Lo primero que pensé es que para evitar el escándalo lo mejor era casarlos, pero Manuel se opuso tajantemente. Son muy chicos, me dijo. Ese matrimonio está condenado al fracaso. Que a ese niño o niña no le falte nada.
Al año siguiente, según Adriana, se presentó la niña en brazos con un bebito. Tome señora es suyo, me dijo sin más. Mis padres no quieren recibirme con él y la próxima semana me obligarán a casarme con alguien que no quiero. Dicen que Alfredo  no me conviene porque su padre es un revoltoso.


La tumba de su padre en el Cementerio Presbítero Maestro.

ENFERMEDAD
Con la ayuda de una niñera lo cuide y lo amé como solamente lo había hecho con Alfredo. Ese contacto cercano con un niño me devolvió a la juventud y me convirtió de nuevo en madre. Sería bueno que se llame Felipe dijo el abuelo que significa amor a los caballos en griego. Totalmente de acuerdo, afirmó mi hijo.
El año 1931 Felipe se enfermó. Lo que comenzó con una leve bronquitis se convirtió en una grave enfermedad. Tenía una persistente fiebre. Estaba cada día más débil y demacrado y los médicos no atinaban con el diagnóstico.
Adriana desesperada llamó a Alfredo que estaba en París con su mujer. Este le dijo que lo traiga que el se encargaba de todo. Lió bártulos y cargo con el chico que casi no podía estar de pie y al cabo de tres semanas estuvieron en el hospital Paul Brousse de París. Elizabeth, mala gracia y celosa, pretextó una enfermedad y se marchó.
Finalmente sucedió lo inevitable. Nada dio resultados. Una mañana el magro cuerpo de Felipe dejó de respirar tomado de la mano de Adriana y su padre. Tenía apenas 17 años. Los dos se ahogaron en un llanto infinito. Lo enterraron en el cementerio de  Per Lachaise. Nunca Alfredo volvió  a ser el mismo.
RELACION
El intelectual no podía concentrarse en ninguna actividad. Se deprimía constantemente. El desempleo lo asfixiaba. Inventaba proyectos que luego abandonaba. Escribe le decía su madre. A pesar de tanta tragedia hay que encontrar algo que nos salve porque si no, nos volvemos locos. Con el tiempo, los delirios del hombre desesperado fueron incrementándose. Por ejemplo odiaba la guerra.  Las noticias del frente lo sacaban de quicio, como si lo asaltara un negro frenesí.
Los ánimos se terminaron de derrumbar cuando se enteró, por un amigo, que la tumba de su hijo ya no existía. El nicho temporal donde estaban sus restos había sido demolido por los invasores alemanes, para ampliar el cementerio. Sus restos estaban diseminados en una fosa común.
Alfredo conoció a Elizabeth en una recepción oficial cuando era diplomático en ejercicio. La hermosísima joven que estaba acompañada de su madre provenía de una familia muy distinguida de Orange, Nueva Jersey. Ella tenía apenas 20 años.
Pronto comenzaron a salir y parecía que se llevaban muy bien. Eran muy afines. Ambos tenían gustos por los libros, los viajes y la política. Al poco tiempo decidieron casarse en la Iglesia de San Bartolomé de Washington. Ella dispuso que fuera en una ceremonia religiosa y él no tuvo ganas ni fuerza de oponerse. 
OTRA MUERTE
Adriana recuerda: cuando llegué al Aeropuerto de la Guardia los dos me estaban esperando. El hizo un aparte y me pidió por favor que no comentara nada de Felipe delante de ella. Una pequeña espina se me incrustó en el corazón. Porque Felipe, mi lindo Felipe tenía que ser negado para guardar las apariencias. No Alfredo, la verdad ante todo.
Nueve meses después de la tragedia de  Alfredo, su mujer murió de un ataque de asma. La codeína, como remedio, ya no le hacía efecto. Tras el entierro, la madre de ella llamó a doña Adriana para que firmara unos papeles. Le donaba parte de su patrimonio. Con esa plata podía editar las obras completas de su marido y de su hijo. A partir de ese momento, la viuda del gran pensador ya no tuvo un familiar más sobre la tierra.
El intelectual se desempeñó como Secretario de la Legación peruana en Buenos Aires, llegando a ejercer como Encargados de Negocios. Por estas épocas, su padre murió de un momento a otro de un fulminante ataque al corazón, siendo Director de la Biblioteca Nacional.
Tras la caída de Leguía, lo acreditaron como Ministro Plenipotenciario en Inglaterra y fue Presidente de la legación peruana ante la Liga de Naciones. Renunció a ambos cargos durante el gobierno de Sánchez Cerro.
EN NUEVA YORK
Rehusó estar a las órdenes de quien fue enemigo de su padre, Luis Miró Quesada de la Guerra, que se desempeñaba como Canciller de la República, Codirector del diario El Comercio. No volvió más a la carrera diplomática.
Recorrió los países europeos de la costa mediterránea y luego parte de Sudamérica: Brasil, Argentina y Chile. Tras una estancia en Estados Unidos se estableció en París.  Simultáneamente se encargo de diversas tareas editoriales.
Publicó “Elegías de la Cabeza  Loca” de Alberto Ureta en  1937 y “Pensamientos” de Fernando Tola. Entregó prácticamente su vida a recoger, compilar, comentar y editar las obras de su padre. Consiguió lanzar  nueve  volúmenes en igual número de pulcras ediciones.
Ayudó repetidas veces al poeta César Vallejo y escribió un estudio sobre su obra literaria colaborando con su difusión. Fue invariable compañero de Víctor Raúl Haya de la Torre y cooperó constantemente con el Amauta José Carlos Mariátegui.
Retornó definitivamente a vivir a Nueva York. Allí colaboró con diferentes publicaciones como la Revista Hispánica Moderna de la Universidad de Columbia, donde  publicó su estudio sobre el vate humachuquino.
Muchos de sus cuentos, críticas y pensamientos fueron compilados póstumamente por Luis Alberto Sánchez, bajo el epígrafe de “Redes para Captar la Nube”. Según cuenta el escritor, dicho título salió de una frase suya  que insertó en un artículo, comentando la obra del narrador chileno Joaquín Edwards Bello. Alfredo sugirió entonces: “Debería usted escribir un libro con ese título”. Sánchez terminó dándosele a su trabajo compilatorio.
Vida dura, vida desesperada. Vida trágica y en el medio las buenas relaciones de la diplomacia con una constante creatividad literaria. Los golpes existenciales lo despedazaron y Alfredo se fue al  vacío para siempre. Que tales vacíos que sufrió. No pudo controlarlos y se fue a la oscuridad de la muerte. (EdeN)

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