miércoles, 26 de febrero de 2014

LA LUCHA POR EL ATOLON DE WAKE

El atolón de Wake era de una importancia capital en la estrategia americana. La isla situada al norte de las Marshall y al este de las islas Marianas y de las de Bonin, constituía un serio obstáculo a la expansión japonesa. En Diciembre de 1941, la reducida guarnición de marines americanos consiguió infligir a los japoneses pérdidas muy superiores a lo que era posible prever, teniendo en cuenta sus exiguos efectivos: rechazó el único ataque anfibio frustrado durante el curso del conflicto en el Pacífico y, por primera vez, después de la guerra ruso-japonesa de 1904-1905, se echó a pique una unidad de guerra nipona.
El Almirante Kimmel, desafortunado comandante de la Pacific Fleet en  Pearl Harbor, había predicho que, al estallar la guerra, una de las primeras operaciones japonesas estaría dirigida contra el atolón de Wake. Y, actuando en consecuencia, las primeras tropas defensivas habían empezado a llegar allí en Agosto de 1941.
No obstante en Noviembre, cuando ya todas las armas de la defensa estaban en sus respectivos emplazamientos, había menos de 400 marines para utilizarlas. Además de disponer únicamente de un tercio de la guarnición prevista, el atolón de Wake carecía de muchas otras cosas. Parte de las instalaciones de tiro no habían llegado todavía. Los radares destinados al islote se hallaban aún en Pearl Harbor a la espera de ser embarcados. Tampoco había minas, ni alambre de espino, ni cobertizos para proteger los aviones.

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El atolón de Wake.

CAZAS
El 4 de Diciembre, sin embargo, llegaron los cazas. Doce nuevos Grumman Wildcat del 211° Escuadrón de Marines (VMF211), procedentes del portaaviones Enterprise aterrizaron  en la isla.
Con los recién llegados el total de los marines presentes, entre fuerzas de tierra y de aviación, se elevó a  449. El mando de la defensa de tierra y de aviación, se elevó a 449. El mando de la defensa de tierra fue asignado al Comandante James  P. S. Devereux, y  al frente del VMF-211 se hallaba el Comandante S. Putnam. El Comandante del  atolón, a quien el 28 de Noviembre sustituyera a Devereux, era el Capitán de Fragata W. S. Cunningham.
Wake era  la única base del Pacífico en donde se estaban realizando preparativos de guerra. En efecto, un día antes de que Putnam condujera sus aparatos Wildcat a Wake, el Contralmirante japonés Kajioka, cuya insignia ondeaba en el crucero Yuhari, llevó una formación de cruceros destructores, unidades de transporte y submarinos, frente a Roi-Namur, en la gran laguna de Kwajalein, donde fondeó.
 La misión de Kajioka era apoderarse del atolón de Wake, apoyado  ´por la 24 escuadrilla de aviones con base en tierra. Cuando las posiciones americanas hubieran sido convenientemente bombardeadas, Kajioka desembarcaría para ocupar el islote. 
INFORME
A las 6.50 del 8 de Diciembre llegó a Wake, desde Hawai, un informe que decía que los japoneses estaban atacando Pearl Harbor y el aeródromo de Hickham. Pocos minutos después sonó la alarma para los marines. Los soldados se precipitaron fuera con sus cascos y fusiles, mientras los vehículos blindados se dirigían a sus posiciones brincando sobre el terreno coralino.
Hacia el mediodía cayó sobre el atolón de Wake un inmenso aguacero. Mientras los Wildcat realizaban su vuelo de reconocimiento hacia el Norte, 36 bombarderos japoneses llegaron procedentes del Sur. El primero en divisarlos fue el oficial que mandaba una batería antiaérea, quien por medio de un teléfono de campaña, dio a sus hombres la orden de abrir fuego inmediatamente.
La máxima violencia del ataque se centró en la pista de aterrizaje. Siete cazas americanos fueron incendiados o quedaron destruidos. El fuego acabó con las ya escasas reservas de material, piezas de repuesto y manuales de instrucción de los defensores. Las instalaciones de radio para el enlace tierra-aire quedaron asimismo inutilizadas. De los 55 hombres, entre oficiales y tropa, que se encontraban en tierra en el momento del ataque, el VMF-211 registró 23 muertos (incluidos 3 pilotos) y 11 heridos.
Más tarde un piloto japonés escribió: “Todos los pilotos sonreíamos satisfechos. Cada uno de nuestros aviones inclinaba sus alas como diciendo: “¡Banzai!” Y tenían razón al sentirse satisfechos pues  su éxito podía considerarse casi completo. Dos tercios de los cazas disponibles en el atolón de Wake acababan de ser destruidos, las instalaciones militares americanas experimentaron  muy graves daños y en cambio ellos estaban de regreso a sus bases sin haber sufrido ninguna pérdida.

Moneda conmemorativa de la ocupacion de la isla.

METODICOS
Metódicos en extremo, los bombarderos japoneses volvieron al día siguiente, hacia las 11.45. Pero esta vez los pilotos nipones no tuvieron ocasión de sonreír demasiado. Antes de que sus aviones pudieran descargar las bombas, los cuatro cazas de Putnam que aún estaban en condiciones de volar, cayeron de improviso sobre las formaciones enemigas. Un bombardero fue alcanzado y abatido.  Luego las baterías abrieron intenso fuego. Otro bombardero se desintegró y los otros se alejaron dejando una estela de humo. No obstante y a pesar del fuego antiaéreo, los bombarderos japoneses atacaron de nuevo el atolón, causando incendios y destrozos. Pero esta vez sólo 14 de ellos pudieron regresar a duras penas a su base.
Aunque la defensa antiaérea y los cazas americanos siguieron combatiendo con gran eficacia (otros tres bombarderos nipones fueron derribados el tercer día), el Almirante Kajioka se sentía satisfecho por los daños causados hasta aquel momento de las defensas de Wake. El reconocimiento aéreo descubrió muchos edificios destruidos, explosiones, grandes incendios e innumerables cráteres. Todo parecía haber sido arrasado. 
A LA MAR
Así pues el 9 de Diciembre la formación naval japonesa se hizo a la mar para ocupar el atolón. Llegadas al mismo antes del amanecer del  11 de Diciembre, las fuerzas japonesas ocuparon sus puestos en las lanchas de desembarco y al despuntar el día el buque insignia de Kajioka, otros dos cruceros y seis destructores iniciaron el bombardeo. Acercándose cada vez más a la costa, los japoneses lanzaron sobre Wake una gran cantidad de proyectiles, sin que se produjera reacción alguna por parte americana.
A las 6.15, tras un bombardeo que duró 45 minutos, el Comandante Devereux juzgó que había llegado el momento.  Los japoneses ya se habían adentrado lo suficiente en el campo de acción de sus cañones y, sin esperar más, dio la orden de abrir fuego. La primera  en hacer blanco fue la batería de Peacock Point. El buque insignia de Kajioka resultó alcanzado en la línea de flotación por dos proyectiles de 127 mm, que perforaron el casco y explotaron. Y mientras por los boquetes abiertos empezaba a salir fuego y humo, otra salva alcanzó al navío un poco más a popa que la anterior. Perdiendo velocidad, el crucero Yubari se alejó del lugar protegido por una cortina de humo  que un destructor trazó oportunamente a su alrededor.
En el otro extremo del atolón, la batería de 127 mm de la isla Wilkes seguía los movimientos de los tres destructores. Después de ser alcanzado el Yubari, estas unidades se acercaron disparando hacia la costa. Cerca de la escolera el Hayate que iba al frente del pequeño grupo, quedó situado paralelamente a la costa. Y a menos de 4 mil metros como se hallaba, el costado de la unidad japonesa presentaba un blanco verdaderamente tentador para una batería cuyos telémetros habían sido destruidos durante el bombardeo.

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El mapa del historico lugar

FUEGO
Calculando a ojo la distancia, el jefe de batería ordenó abrir fuego.  A la tercera salva, el Hayate fue sacudido por una violenta explosión y apenas disipados el humo y la cortina de agua provocados por la misma, los artilleros americanos pudieron comprobar que el buque había quedado fuera de combate y que se hundía rápidamente. Sin embargo, la tripulación logró vararlo. Fue aquel el primer buque de guerra japonés destruido en el recién iniciado conflicto. Luego, naturalmente, tras la recuperación norteamericana se hundirían muchísimos más. Hasta la total destrucción de la soberbia Flota Imperial.
La batería abrió fuego de nuevo sobre el segundo buque de la formación, que asimismo fue alcanzado por un cortina de humo. Los artilleros americanos lograron alcanzar todavía a otros cruceros, a un transporte que se apresuraba a izar a bordo algunos lanchones y a dos destructores más. Alrededor de las 7 Kajioka se vio obligado a retirarse.
Llegó entonces el momento  de que interviniera  la aviación. Los cuatro cazas de Putnam habían despegado al amanecer para interceptar la llegada de posibles aviones de escolta de las unidades atacantes. Estos cazas llevan inclusive bombas por si se daba el caso que  los cazas japoneses no intervinieran. Al ver a Kajioka en franca retirada.
VUELO
Putnam dirigió su Widcat en un arriesgado vuelo en picado a través del intenso fuego de barreras y atacó a los cruceros. Apenas descargadas las bombas, los pilotos se dirigieron a Wake para repostar.  La segunda oleada fue aún más fructífera. El Capitán Henri T. Elrod alcanzó el destructor Kisaragi, que llevaba sobre su cubierta numerosas cargas de profundidad. Al ser alcanzado, la explosión que se produjo pareció  que iba a arrancar  de cuajo las alas del Grumman Widcat de Elrod. Luego el Kisaragi desapareció en un instante bajo las aguas.
Los cañones y los pocos aviones que aún quedaban en la base de Wake habían conseguido rechazar un ataque anfibio, hundir dos buques de guerra, averiar otros siete y causar a los japoneses la pérdida de casi 700 hombres (casi todos ellos resultaron muertos). Los marines tan sólo tuvieron cuatro heridos. Pero en cambio, tuvieron que lamentar una pérdida muy sensible: dos de los valiosos aparatos Wildcat, tras haber sido alcanzados por el fuego enemigo se vieron obligados a realizar un aterrizaje forzoso y quedaron inutilizados.
Los días que siguieron a este ataque fueron casi todos iguales para los defensores de Wake. Cada día sufrían una nueva incursión aérea. Pero los cazas contrarrestaban todos los ataques y los cañones no dejaron de responder el fuego enemigo, aún cuando quedaban únicamente en servicio una central de tiro y un telémetro de cota. Según el propio Putnam, alrededor de la maltrecha pista de aterrizaje los técnicos realizaron en aquella ocasión un trabajo verdaderamente excepcional, casi milagroso.


Bandera no oficial de la isla.

RECURSOS
 Con una abrumadora falta de material y pese a la total carencia del equipo más indispensable, consiguieron realizar todos los trabajos de reparación y de sustitución. Otro informe decía a este respecto: “Hubo que desmontar y reconstruir casi todos los motores… realmente faltó muy poco para que fuesen de nuevo creados de la nada”.
No obstante, los recursos del  atolón de Wake se estaban agotando. El 17 de Diciembre su comandante informó a Pearl Harbor que más de la mitad de los medios de transporte y  del utillaje de reparaciones había sido destruido, que la gasolina se estaba agotando, que todas las oficinas y almacenes se hallaban atrasados y que la moral de la aviación civil era muy baja,
Pero, entre tanto, de Pearl Harbor había salido una formación, al mando del Contralmirante F.J. Fletcher, destinada a socorrer la guarnición de Wake. Comprendía el portaaviones Saratoga, que llevaba a bordo un considerable número de aviones y un nuevo escuadrón para Wake tres cruceros armados con cañones de 203 mm y nueve destructores. La navegación, sin embargo, de estas unidades era  bastante lenta a causa de que el único buque de apoyo que las acompañaba era un viejo navío de la Primera Guerra Mundial que sólo podía desarrollar una velocidad máxima de 12 nudos. 
FORMACION
El 22 de diciembre la formación de socorro se hallaba a 515 millas del atolón. Más por desgracia, al efectuar las operaciones de abastecimiento, Fletcher navegó un día entero en dirección Norte, en lugar de hacerlo hacia el Oeste, camino de su objetivo. El 23 después de rectificar su rumbo  en dirección a Wake, la formación se encontraba a 425 millas de la isla. Pero entonces era ya demasiado tarde para actuar y se ordenó a Fletcher que volviera atrás.
 El Alto Mando ignoraba que al este de Wake se encontraban en aquellos momentos cuatro cruceros japoneses sin apoyo aéreo (como lo estuvieron el Repulse y el Prince of Wales, pero las unidades japonesas tuvieron más suerte que las inglesas), los cuales habrían constituido un magnífico objetivo para los aparatos del portaaviones Saratoga. Si los norteamericanos hubieran tenido conocimiento de este hecho demostrando entonces un poco más de decisión, en lugar de estar tan preocupados por los abastecimientos, no cabe duda que la historia del atolón de Wake habría sido muy distinta.

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Aviones destruidos en el enfrentamiento.

DESTRUCTORES
El 21 de Diciembre Kajioka zarpó nuevamente de Roi. Está vez tenía a su disposición nuevos cruceros y destructores, así como un batallón de tropas de desembarco, llegado apresuradamente de Saipán. Disponía, además, de dos portaaviones: el Soryu y el Hiryu. Las fuerzas de desembarco iban a bordo de dos viejos destructores, cuya misión era alcanzar las costas de Wake a cualquier precio.  Los japoneses tenían a su favor otro factor importantísimo: Kajioka sabía que la guarnición de la isla no disponía ya de ningún avión, puesto que el último fue derribado el 22 de Diciembre durante una desesperada lucha con los aparatos Zero y los bombarderos en picado de los portaaviones.
El día 23, inmediatamente después de la medianoche y en medio de una violenta tempestad, los japoneses se dispusieron en perfecta formación frente a la costa meridional de Wake. Algunos de los medios de desembarco debían flanquear el rápido avance de los destructores hasta las playas. Por otra parte, cierto número de hombres penetraría entonces a la laguna  con lanchas neumáticas para infiltrarse después entre las línea enemigas. A una señal convenida, todos se dirigieron hacia la costa y los destructores vararon en ella,
De pronto un reflector iluminó la superficie del mar y las ametralladoras abrieron fuego. El único cañón americano que podía disparar sobre los destructores varados en la playa se encontraba muy cerca de la pista.


Crucero japonés.
GRANADAS
 Y aunque sus servidores eran una curiosa mezcla de marines y civiles, lograron hacerlo funcionar y quince granadas cayeron sobre el destructor más próximo. Mientras los soldados japoneses intentaban ponerse a salvo, el buque de defensores pudo ver a mucho soldados japoneses que saltaban a tierra desde el otro buque, así como desde algunas  de las lanchas de desembarco alineadas en la playa.
Al amanecer habían desembarcado por los menos mil japoneses, los cuales, combatiendo entre la maleza y los arrecifes del extremo meridional de las isla, lograron llegar hasta el aeródromo y ocuparlo. Pero se vieron forzados a detener su avance ante el perímetro defendido por los sobrevivientes del escuadrón 211 que, según una tradición de su cuerpo, después de la pérdida  de su último avión se habían reorganizado en una pequeña unidad de infantería. Al norte de la pista, Devereux defendía un frente algo precario que atravesaba el otro extremo de la isla. Pero era difícil saber cuánto tiempo podría resistir, con aquel reducido grupo de 450 hombres, al ímpetu de centenares de japoneses. Entre tanto, el sol ya había salido y los bombarderos en picado y los cruceros comenzaron a bombardear la isla, con lo que la situación de los norteamericanos se hizo más angustiosa todavía.
Devereux se dirigió a Cunningham (que por razones desconocidas no había informado  a los marines que una formación naval iba en ayuda  de la guarnición de la isla) para averiguar si por lo menos sería posible esperar la llegada de alguna ayuda. Como la respuesta fue negativa, Devereux informó de la gravedad de la situación y en  consecuencia Cunningham decidió la rendición. Tristemente, enarbolando una bandera blanca, Devereux se encaminó hacia las líneas japonesas.


Civiles capturados en Wake

RESISTENCIA
No disponiendo ya de radar, con sólo la mitad de los hombres precisos para poder utilizar los cañones y privado de toda infantería de reserva, del atolón de Wake no podía hacer otra cosa que rendirse cuando sus cazas ya no estuvieron en condiciones de disputarle al enemigo el dominio del espacio aéreo. Pero el hecho de que este puñado de marines lograse resistir más de dos semanas, hundiendo nueve buques japoneses, derribando 21 aviones y combatiendo hasta el último instante con fusiles y bayonetas, tuvo por lo menos la virtud de infundir valor y decisión a todos los norteamericanos. Fue, en efecto, un envidiable ejemplo que dieron, no sólo al resto de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos sino a toda la nación, en unos momentos cruciales en los que todo parecía irremisiblemente perdido y s combatía sin esperanza y sin fe, agobiados todos bajo el signo inexorable de la fatalidad.
Ya en 1942 y en el transcurso de una conferencia de prensa, al comentar un periodista el hecho de que en otros sectores norteamericanos no había sido tan brillante como en Wake, preguntó al comandante en jefe de los marines cómo podía explicar la intrépida y tenaz resistencia ofrecida en el atolón.
La respuesta fue rápida y enérgica como un disparo: “Y bien: ¿Qué otra cosa podía esperarse de los marines? (Editado, resumido  y condensado de la Revista “Así fue la Segunda Guerra Mundial”)

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