miércoles, 26 de febrero de 2014

SERVULO BOHEMIA Y PINTURA

Constantemente lo veían a Sérvulo Gutiérrez caminando raudo por las calles del centro de Lima de los años cincuenta y  comienzos del sesenta del siglo pasado. Completamente elegante con terno, camisa de cuello y corbata impecables. Su figura inconfundible. Expresión  dura  con una cicatriz prominente en la cara.  Mestizo de baja estatura, ojos pequeños y rasgados. Amante de los puños y boxeador persistente. Llevaba en el brazo papeles cartulinas y hasta lienzos pequeños. No le faltaba en los bolsillos lápices, crayolas, acuarelas y pinceles para poder pintar en cualquier sitio.  Bohemio total, amante consuetudinario del licor. Pero sobre todo y ante todo: pintor de polendas, de los expresionistas, de los mejores del país.
Vida intensa, vida de amores apasionados y al lado siempre de mujeres bellas. La periodista Doris Gibson una de  sus encantos preferidos a la que, prácticamente, retrató con su pincel innumerables veces. En el  esplendor de su belleza candente.  Colores fuertes multiplicados de diversas caras y cuerpos con paisajes, religiosidad persistente y objetos angulosos, atractivos, expresivos a primera vista. Era su pintura tan singular y de valor.
 Mientras que otra vez le acompañaba a cada rato y cuando no, el trago espirituoso a raudales que quizás le servía de inspiración total y completa a sus creaciones, las mismas que las hacía  en cualquier momento. Exactamente, cuando se le ocurriese.


Sérvulo Gutiérrez.

LAS PAREDES
Como le diese la gana. En las  servilletas a su alcance en las mesas donde, acompañado de sus amigos como el periodista Alfonso Tealdo y el poeta Jorge Pool, decía salud constantemente, levantando ceremonioso la copa y zuacate para adentro entre pecho y espalda. Como dice la canción criolla que tanto le gustaba. El objetivo era  embriagarse más porque ahí estaba la cueca mágica y el gusto.
 Y de pronto  llegaba caminando incluso a trompicones, bamboleándose por los efluvios de lo bebido, a las paredes de las tabernas que concurría para adormecerse sensible y persistente en el alcohol.
 Luego, para la posteridad, se registraban sus trazos inconfundibles de estética pictórica. Si allí, aunque no lo crean, las paredes de esos mismísimos establecimientos de aserrín en el suelo, de mucha  gente, bullicio y conversación, de rockolas y música pegajosa, romanticona, tropical, a todo volumen  que eran habituales y familiares para él.
En efecto, hasta ahora están imperecederas sus pinturas en el restaurante café del Hotel Salvatierra de Huacachina en Ica su tierra natal, en varios bares de toda clase y condición del centro de  Lima. 
BARES
Entre sus preferidos figuraban: el Zela en la Plaza San Martin, muy cerca el Negro Negro,  el Dominó de las Galerías Boza y el de Los Valientes implacable y desafiante. Muchos otros en  el Rímac, Santa Beatriz, Jesús Maria y Miraflores que visitaba para solazarse, ver en el malecón la inmensidad del mar y mandar al lienzo sus impresiones.
También pintaba en las casas de amigos. Como la del escritor Esteban Pavletich, ubicada en Magdalena, en cuyo patio de atrás aparecía, en uno de los muros reluciente, uno de sus trazos que ojalá hoy se conserve. Era la cara de una mujer con mirada impresionante y colorida En fin, no había lugar donde este hombre imaginativo crease con trazos impecables.
Lo curioso es que cuando aparecían estos arrebatos artísticos, tan peculiares, los responsables de los lugares donde se hacían protestaban y lo rechazaban por completo. Incluso trataban, a como de lugar, que no ocurriesen. Ayer un fastidio permanente, hoy un valor evidente de arte.
Así era la personalidad abierta y desenfadada de Sérvulo Gutierrez Alarcón, a quien hay que recordar porque, si viviese, habría cumplido este año 2014 nada más y nada menos que 100 años. Hay la sensación que pasan los tiempos raudamente y por eso mismo,  para no pecar en el olvido, existe la obligación de darle homenajes por  su fuerza, su destreza y su evidente singularidad.


Colorido impecable y rotundo.

ICA
Nació en Ica el 20 de  Febrero de 1914. Era el  quinto hijo de una familia numerosa de 16 hermanos que se dedicaba cotidianamente a la artesanía y la restauración artística. Sus padres fueron: Daniel Gutiérrez y Lucila Alarcón Velarde.
En sus actividades cotidianas para ganarse  la vida fue múltiple desempeñándose en diversos oficios como mozo de restaurante y peón de construcción de carreteras. También se dedicó a fabricar huacos con tanta maestría que muchos expertos llegaron a considerarlos auténticos.
Las actividades descritas en primer lugar aquí son negadas por sus familiares y algunos biógrafos. Concretamente, ellos dicen que no es cierto lo de los oficios. También aseguran que el pintor estudió, por aquel entonces, normalmente y hasta se hizo” la vaca” en el colegio. Si vagaba mucho, mataperreando en la laguna de Huacachina.
En cuanto a la afición por la bebida, ellos aceptan que eso era cierto pero dicen y subrayan que el artista tomaba de manera selectiva. Pisco, whisky y champagne. Nunca ron de caña, ni menos aguardiente.
Hay una etapa muy deportiva en su vida cuando fue boxeador y llegó a ser campeón nacional de peso gallo. Como destacó en este deporte, lo incluyeron en la selección nacional del Perú e intervino en el Campeonato Sudamericano realizado en  Córdoba, Argentina, y resultó subcampeón en su categoría. 
MATRIMONIO
Atraído ya por la pintura se quedó en Buenos Aires laborando en distintos medios artísticos y apoyado por un pintor y maestro de la talla de Emilio Petonutti, cuyo taller estaba ubicado en la ciudad de La Plata.
En territorio argentino, contrajo matrimonio con Zulema Palomieri con quien procreó una hija de nombre Lucy que falleció el año 2001. De ahí se dirigió al viejo mundo y recaló en Paris. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, retornó a la capital argentina repatriado.
 Fue por aquella época que conoce a  Claudine Fitte, uno de sus grandes amores. Con ella retornó por vía terrestre de Buenos Aires a Lima a fines de 1940, donde se convierte en uno de los grandes animadores de la bohemia limeña de esos años. La novia murió en 1999
Obtuvo en 1942 el primer premio con unas esculturas que representan a las amazonas como arqueras  que las creó y las mostró, durante  una exposición artística realizada con motivo de celebrarse el cuarto centenario del descubrimiento del río Amazonas. Estas joyas del arte hoy en día pueden ser vistas en el Museo de Historia Natural Javier Prado de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos
Por aquella época, pintó su famoso cuadro “Los Andes” que para los entendidos y críticos es su obra maestra. Posteriormente expuso varias escenas de la  naturaleza iqueña en la entonces Galería de Lima. Ahí aparecen impecables sus paisajes, el desierto  con sus lagunas, pantanos y huarangos.

Uno de los retratos de Doris Gibson.

MUERTE
Gutiérrez se dedicó a temas de religiosidad, mística y creencias de este tipo, durante los últimos años de su vida. Los más destacados lienzos de este rubro son el famoso Cristo de Lúren y los de Santa Rosa de Lima que resultaron impecables y dolientes. A la patrona de Lima   Filipinas y las Américas,  le dedicó innumerables ángulos y variantes. Uno de ellos incluso en el muro de un bar.
La intensidad de su vida paralela a la de su obra le cobró la factura correspondiente y, definitivamente, cuando murió el 21 de Julio de 1961 víctima de una dolencia hepática, a la temprana edad de 47 años. Inmediatamente y en acto de justicia, el Instituto de Arte Contemporáneo le rindió un sentido homenaje exponiendo muchas de sus obras.
En Lima, la familia Gutiérrez vivía en una casona  bella e impresionante ubicada en el Jirón Trujillo 228 del distrito del Rímac, donde había un taller de de restauración de obras de arte. Según revelan sus familiares, el artista pintaba rápidamente con mucha concentración y se transformaba por completo. 
HUARANGOS
Era un hombre que demostraba desapego al dinero. Incluso regalaba cuadros a sus amigos a cada rato. Mujeriego desenfrenado. Pero, cuando estaba enamorado, fiel a la beldad de turno. No se le podía considerar buenmozo pero caía simpático. Por eso las mujeres venían con facilidad a él.
Entre los paisajes que concibió el artista destacan los árboles de huarango vinculados sentimentalmente a su existencia personal. Los concibe pictóricamente como símbolos naturales de persistencia y alegría ante la adversidad del medio geográfico. Los tomaba como metáforas para expresar sus emociones con colores puros, contrastados e intensos.
Los amores de Sérvulo y Doris Gibson, hija del poeta arequipeño Percy Gibson y Directora fundadora de la Revista “Caretas”, transcurrieron en cafés, bares y boites de la Plaza San Martín en la Lima pequeña de los años 50 y en el festivo restaurante criollo Karamanduka, ideado por Piedad de la Jara y ubicado en  la Avenida Arenales. La relación fue feliz  pero sobre todo exaltada. Hay un hecho comprobado: el amorío lo llevó a Sérvulo a  la obsesión total.
Por eso mismo pintó a Doris en distintas formas. Como impecable dama vestida. Como exalto exclusivo de su bella faz e incluso enteramente desnuda.  Había una persistencia en el artista que merece subrayarse. En muchos retratos de mujeres que hizo persisten allí, hechos con el pincel, ciertos rasgos de la inigualable hija del poeta. Su figura de luz impecable perseguía al pintor  hasta con otras féminas y les ponía algo físico de la mujer que amó tanto.


La amada desnuda.

ALEGRIA
Para el escritor Ciro Alegría, “Sérvulo representaba la irrupción del color en la pintura peruana. No le tenía miedo al color. Era un derroche al color. Su pintura  completamente original, personal y distintiva con un sentido de viejo y nuevo, características de un artista que ha recorrido un camino individual”.
A los 24 años fue a Europa y conoció por primera vez París. Quedó maravilladlo de la Iglesia de Notre Dame y con los pintores de la talla de Van Gogh, Cezanne y Gauguin. Allí conoció a César Vallejo con quien se asegura conversó varias veces y se internó en la bohemia del Barrio Latino donde llegó “como un potro salvaje en un refinado invernadero”, según palabras del poeta Juan Ríos su amigo y camarada.
En Lima, en el taller de su hermano Alberto, se inició como pintor, restaurando cuadros y huacos. Hasta que un día se pregunta: ¿Por qué yo no puedo hacerlos? Tenía el modelo. Fue así como creó un huaco que al poco tiempo fue a parar al Museo de Nueva York
Su acabado era tan perfecto que la revista “Life” publicó, en Mayo de 1954, un reportaje sobre ese sensacional hallazgo. El Periodista Jorge Donayre Belaúnde descubrió la nota y el diario “La Prensa” la lanzó en primera plana.


El Señor de Luren, según la concepción de Sérvulo.

OPINIONES
Cuando Donayre le muestra a Sérvulo la revista, el pintor le dice: “Pero si este huaco lo hice yo. ¿Qué había sucedido? Que los huacos que se restauraban o duplicaban en el taller de los Gutiérrez los compraba un señor Pedro Velasco, comerciante en antigüedades y luego los llevaba a Buenos Aires donde, seguramente, lo adquirió un turista norteamericano.
La cicatriz que tenía en la mejilla era el recuerdo de un asalto que sufrió, justamente, una noche de torrentosa bohemia durante su estadía en París. Muchos amigos del pintor aseguraron que la marca se la dejaron unos ladrones criminales del Senegal. A las justas salvó la vida.
El pintor Sabino Springett, amigo y compañero de bohemia, dijo de él: “Un representante de la vanguardia expresionista expresada con mucha libertad. Por su parte, el artista arequipeño, Teodoro Núñez Ureta afirmó en una oportunidad: “…Sus trazos son febriles, dislocados, caligráficos, de un lenguaje plástico de gramática particular, en la que se atropellan todas las normas de la lógica y se imponen las de orden propio, instintivo, iluminado…” Sérvulo pintor de pintores. Lo recuerdan  todos a tus 100 años… (Edgardo de Noriega)

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