viernes, 30 de mayo de 2014

LAS BEATITAS

Hay un tipo limeño, rezago de pretéritas épocas, el de la beata o beatita, que ya es matiz diverso y que constituye faz importante aún de nuestra vida. Entre las beatas, las hay, en distintas categorías, beatas simples, beatas silenciosas, beatas parlanchinas; todas con un fondo místico y maniático a la vez, en las que junto a ejemplares simpáticos de admirable efusión y abnegadas, hay individualidades sombrías, adustas y crueles.  Algunas conservan un recuerdo atormentador en el alma, que pretenden ahogar en el rezo: beatas por desengaño, merecen nuestro respeto y nuestra piadosa comprensión.
La beatita genuina, es la que usa manta, esta siempre vestida de negro, camina sin garbo, como distraída, cruza las calles muy temprano, mirando sin ver, eludiendo las ojeadas  pecadoras de los hombres.
 La beatita genuina madruga, lleva en la memoria todas las distribuciones piadosas, tiene preferencias por determinada iglesia y por tal o cual padre, no se desayuna, sino a la vuelta de la santa misa, porque es de comunión diaria;  sólo se ocupa en cosas de religión tomando la palabra en su sentido estrictamente ritual.
 Por lo común es silenciosa y apenas se exalta e ilumina cuando habla de su padrecito. Vive agobiada por los escrúpulos, siente revolverse en su alma angustias inenarrables cuando alguien sonríe en puntos de devoción.

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Beata de aquellos tiempos

LO QUE HACEN
 Va ensimismada, sin saber nada del mundo, pensando en el trisagio, en la novena, en el triduo y en la adoración perpetua. No bien regresa en la mañana de misa, vuelve a salir de la casa, va al Cristo Pobre o al Jubileo.
Después de almuerzo va de nuevo a San Pedro o San Agustín, a la visita de la Virgen, acude luego a algunos talleres religiosos en los que tiene amigas, frecuenta los conventos, en los que la conocen de seguro y cose en los locales destinados a la costura sagrada, no para los pobres, sino para los padres misioneros, para los que hacen casullas, capas de coro, albas y roquetes.
 Rendida por la monótona peregrinación, vuelve a su hogar ya tarde, dirige el rosario de la servidumbre, se persigna antes de comer y tras de repetir las largas oraciones de la noche, se acuesta y sueña atormentada con la visión pavorosa del demonio
Vive siempre planteando a sus confesiones intrincadas consultas espirituales. Es la clásica beata atribulada y supersticiosa que tiene particulares afectos por determinados objetos piadosos, que cree en la superior eficacia de unos templos respecto a otros, de unas advocaciones e imágenes milagrosas sobre las no acreditadas que guarda aún vagas reminiscencias de fetichismo o a lo menos de religión meramente formulista. 
EGOISTAS
Para ella no hay ajenos dolores que consolar, le basta a su angustia con su propio afán. No ha tenido hijos, ni ha amado a los de otras: es egoísta, severa, rígida por temperamento y por costumbre.
Otro matiz de la beata lo forma las suntuosas, la que no desdeñan de personal elegancia, ni el regalón bienestar. Son las que dan dinero para las iglesias, las que creen comprar la generosidad celestial con opulentas dádivas y atienden de preferencia las solemnes y sonadas fiestas religiosas, las que pertenecen a las instituciones de piedad que guardan visos de aristocracia y suelen hacer alarde de una religiosidad distinguida, chic.
De ordinario, son presidentas de asociaciones, a las que dan prestigio y en las que hacen gala de su autoridad. En las distribuciones religiosas hacen circular invitaciones “a lo mejor de Lima”, van en coche a sus devociones y tienen también predilección por determinadas iglesias, a las que pomposamente protegen.
Se confiesan y comulgan de cuando en cuando, pero rodean estos actos de imponente publicidad. Reciben en sus salones a frailes de reputación intelectual o que están de moda. Son en el fondo ingenuas que llevan su carácter de grandiosidad a todo lo que hacen.
Son pródigas y, más que caritativas, protectoras. Dan limosnas a las recomendadas de sus capellanes. Van a la iglesia, pero tienen oratorio particular, que reúne tres características de elegancia castiza, pues tiene casi igual de templo, de blasón y de museo.

Una iglesia refugio de creyentes.

LAS MISTICAS
Hay otro género muy superior, desde los puntos de vista filosófico y humano, pero no frecuente en Lima (aunque sea patria de Santa Rosa): el místico, el de la beata por vocación irresistible que siente impulsos de elevación misteriosa, que padece irremediable sed de vida ultraterrena y que se embelesa en un perpetuo deliquio de amor y de dolor, de fatiga, de fervor y de tormento.
Son las de este matiz, almas teresianas que ponen sinceramente los ojos en la altura, que no saben nada del mundo y nada quieren saber de él, ingenuas y complicadas a la vez. Por lo común son delgadas, pálidas, casi transparentes.
Miran con afiebrados ojos, que cercan violáceas ojeras, se visten al desaire, caminan deslizándose con rapidez, como creyendo que pueden perder el camino del cielo.  Lloran fácilmente y oran sin cesar.
 Están más cerca de lo sobrenatural que el resto de los mortales. Van descalzas a las procesiones, leen el Año Cristiano, La Vida Devota, y a menudo el Kempis que les deja en el alma la suave ceniza de su melancolía, en que hay ocultas purpúreas rosas. 
DESCOLORIDAS
Niñas descoloridas, con un sello de dulce inquieta tristeza en la mirada soñadora y en cuyos rostros, muchas veces hermosos y de líneas puras, se advierte, como a través de una tela diáfana, el ardor de un anhelo infinito.
Son altamente simpáticas las beatas caritativas. Van por las calles apresuradas a toda hora, con los menudos pies deslizantes y silentes. Reparten su tiempo entre las devociones rituales y las obligaciones evangélicas de socorrer a los enfermos y consolar a los tristes.
Son admirables en su actitud de pedir para sus pobres. Van de casa en casa, conociendo miserias, procurando remediarlas, atendiendo a los dolientes, llenando trámites para huérfanos, corriendo a la Beneficencia, a los hospitales, a las casas de misericordia, siempre diligentes, mirando por todos, haciendo rifas, pidiendo para recetas, gastando muchas veces la propia salud.
Son estas mismas las que normalizan las uniones irregulares, las que sostienen grandes campañas moralizadoras, procurando arrebatar de las tentaciones de la pobreza a las niñas en estado de merecer, que el hambre agobia.
Tienen algo de leguleyas, conocen muchos trámites judiciales y administrativos, hablan con soltura, redactan memoriales con facilidad y de haber nacido varones, habrían sido agentes viajeros impagables o cautos y sutiles abogados. Almas que sirven a Dios en la tierra y que practican a maravilla las obras de misericordia.

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Oleo de la época.

COPETE
Las beatas de alto copete. Que aún van de cuerpo gentil por las calles, que no olvidan la moda, sonríen con cierta coquetería, no se amedrentan de hablar con los hombres y se levantan tarde del lecho, son las institucionales y decorativas, las que sirven para los primeros puestos en las juntas directivas de las instituciones piadosas, las que se pintan para organizar fiestas y distribuciones dignas de la nota social.
Tienen vivezas especiales para atender a los chicos y enseñarles el catecismo al revés y al derecho, con las admirables repartidoras de dulces y de juguetes en los bulliciosos festejos de Pascua. No creen que sea pecado reírse, cosen divinamente, bordan y traen la imaginación de niños pobres, las figuras mágicas de las hadas hilanderas. Beatas que saben de la vida mundana, concurren de cuando en cuando al teatro y a las tertulias, hacen una vida mixta, sin exageraciones y durezas.
Pero al lado de estas especies amables y beneméritas, hay un tipo de beata infernal e inaguantable. Lo forman aquellas que se agrupan a la salida de los templos y en circulitos despellejan al prójimo, las que llevan a las procesiones grandes agujas para pinchar a los irrespetuosos, a los irrespetuosos con otras, las que insultan al que pasa por una iglesia y no se descubre, las que corren tras los frailes, encubriendo bajo las faldas rumorosas y mugrientas, unos enormes zapatones.
CUCHICHEOS
Las que cuchichean a la mitad de una plegaria, amonestan y hasta pellizcan a la que se atreve a rozarlas, las que están pendientes con aviesa mirada de las elegantes, le sueltan cuatro frescas a las que van a la casa de Dios con desahogo al vestir, acosan a los sacerdotes a preguntas, a problemas canónicos, a indiscreciones, se confiesan por puro gusto de hablar con sus padrecitos y grandes reservorios de pulgas y de malignidades, llevan a sus casas, cuando vuelven del templo, un semillero de malévolos chismes y un humor endemoniado que la beatitud y la oración no lograron sacarles del cuerpo.
La esperanza de que todos los bienes bajen del cielo y la certeza de que en el cielo está el dispensador de todos ellos, inspiran a algunas beatitas del sórdido interés que ponen en sus oraciones.
 Rezan por sacarse una suerte, porque no se muera el gato, porque le den un destino a fulanito, porque menganita salga con bien del parto: tan a lo serio toman su carácter de beatas rezadoras que tienen un santo para cada cosa y cuando no las escuchan, los castigan poniendo las efigies de cabeza, metiéndolas dentro de un zapato o cosa peor, volteándolas contra la pared,  resintiéndose y hasta diciéndoles cosas feas.
 Llenas de primitiva ingenuidad hacen la lista interminable de las especialidades del Santoral: “A Santa Rita le pedí que me concediera una suerte; no me la saqué y entonces por castigo puse su imagen vuelta a la pared. A la semana, me concedió dos soles, como para que viese que podía hacer el milagro, pero que no me convenía tener más plata…” Esto es sabroso en su infantil paganismo.
HECHICERIA
Hay un tipo verdaderamente extraordinaria entre las  beatas. Tiene cierta relación con la hechicería; se siente como iluminada o poseída por sagradas potencias. Es la curandera. Conoce todos los remedios devotos para las enfermedades: un credo para las muelas, un poco de agua bendita para el hígado; santos y santas para todo. Santa Lucía para los ojos, Santa Apolonia para  la dentadura, San Roque para las epidemias, Santa Ana para los partos, San Andrés para la demencia.
 En cuanto una de estas curanderas místicas va a  una casa, se declara enemiga personal de los médicos: “¡Qué barbaridad! Como si Dios no fuera quien dispone todo. ¡Habrase visto! Un matasanos que explota la infinita misericordia de Dios, cuando lo que sana al enfermo son sus buenas acciones que Nuestro Señor quiere que se repitan.
“Déjate de candideces, Mariquita, que si Dios no lo dispone, tu marido no se muere. Yo te voy a traer una reliquia milagrosa de veras, le rezamos dos padrenuestros, mientras tú le pones la reliquia y ya verás”. Tienen una fe ciega. Si el enfermo salva, ha sido  no obstante el médico. Si muere fue la torpeza del doctor la que no dio tiempo a que se realizara el suspirado milagro.


Religiosidad plena.

SUPERVIVENCIAS
Las beatas forman en todos sus matices, aspectos históricos, que son supervivencias de la antigua vida limeña. Tienen el alma colonial con sus simplezas, sus supersticiones, sus efusiones compasivas.  Son de las pocas que aún escuchan la voz de los bronces místicos de la ciudad y saben interpretar su lenguaje.  En muchas de sus costumbres perdura la imagen de esa Lima que se va y que en estos artículos nos empeñamos en describir.
Ellas aún conocen el secreto encanto de la alhucema y del incienso, que tantas veces hemos loado, y todavía para sus recogidos ojos, el bordado de los detentes, la puerilidad de los briscados, el multicolor encanto de las lamparillas tienen un esotérico sentido.
  En ellos perdura la vida colonial con su agitada pereza, con su chismografía y sus habilidades manuales, con sus horizontes  estrechos para el mundo e ilimitados para las inefables cosas de Dios.
 En días de cuaresma ha querido el cronista volver  a sus visiones de antaño y ha escogida  las beatitas limeñas, que ya de manta, ya de cuerpo gentil, todas en sus diversos matices, son hijas de nuestra ciudad, genuinos productos de nuestro medio y forman un género típico, de los que más fielmente se han mantenido, tal vez porque es la religión, virtual y esencialmente conservadora. Aquí donde casi todo se va, sin que nada lo sustituya, ¿no es un consuelo que siquiera queden, casi en todo semejantes, a las buenas abuelas, las beatitas? (Páginas seleccionadas del libro “Una Lima que se Va”, cuyo autor es el consagrado escritor y político José Gálvez Barrenechea).

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