sábado, 9 de agosto de 2014

NUESTROS BALNEARIOS

Es muy antigua la costumbre de salir al campo en el verano. Nuestros antepasados durante la estación de los calores, habitaban en las afueras de la ciudad funditos y quintas, como los Pacayares del Barranco, historiados por don Ricardo Palma.  En otros tiempos fue moda salir a los barrios del cercado que, como se sabe, era un pueblo distinto, separado por las murallas de la ciudad de los virreyes.
Hasta hoy mismo puede apreciarse el sinnúmero de jardines que hubo en aquel lugar así como en otros barrios apartados donde las gentes adineradas poseyeron rincones floridos en los que reposaban de los diarios afanes.
 Mayor sensación campestre que las propias chacras dieron estos arrabales contiguos a la ciudad, donde engalanados con palacetes, miradores, estanque, cenadores y merenderos blanqueadas de cal como viejecitas o coquetas empolvadas del siglo galante, se alineaban fraganciosas y tranquilas, sembradas de naranjos, olivos, albahacas, alhelís y rosas.
Famosas fueron las quintas del Virrey Amat en el Prado y Abajo el Puente. Castell-dos- Rius convocaba también en una casa de campo su academia poética. Los otros virreyes veranearon sucesivamente en Surco, la Magdalena, Limatambo y Bellavista. El Conde Salvatierra prefería la aldea de Surco.

El malecón del antiguo e histórico Chorrillos

CHORRILLOS
El Libertador Bolívar, la Magdalena. Del severo Conde de Lemos cuentan que no se holgaba sino en las haciendas inmediatas de los Jesuitas o del Arzobispo. El Presidente Castilla, en su primer periodo,  convalecía en el Callao. Después fue asiduo protector de Chorrillos.
En los primeros años de la República y mucho antes de que hubiera ferrocarril, ya la villa de pescadores de San Pedro de los Chorrillos, albergaba en ciertas épocas del año buen número de fantasías distinguidas y ricas que pasaban allí los meses caniculares. Desde los tiempos coloniales era esa playa de Chorrillos, de tan suave y elegante curva, el paseo preferido de los limeños.
En ella se dio el año de 1670 un famoso banquete al Virrey Conde de Lemos, ya rememorado. En la Flor de Academias, los poetas amigos de Castell-dos-Ríus  hablaban de las cabalgatas y meriendas que allí había. Pero era lugar de excursión y jolgorio, a la manera de Lurín no de residencia en temporadas, como después. Su promoción a la calidad de balneario vino con la boga de los baños de mar, a principios del siglo XIX. Santa Cruz, Presidente interino del Perú, veraneaba en Chorrillos cuando lo depuso el golpe de estado de Enero de 1827.
Quien visita hoy Chorrillos, recibe seguramente una decepción. Y, sin embargo, ningún balneario sudamericano alcanzó la fama de éste. Una racha de grandeza pasó un tiempo sobre la aldea de pescadores humildes y silenciosa, y se elevaron magníficos ranchos en la ribera y jardines italianos en su quebrada inmediata.
EMBARCADERO
El antiguo caserío, con su cruz de los molinos, sus callejones de hacienda, su embarcadero con botes y caballitos de totora de los indios y sus chacritas con cabañas de carrizo y quincha enlucida, se convirtió en el tiempo y en el lugar predilecto de la sociedad de Lima.
Una sensación de elegante bienestar y de fortuna emanaba de las construcciones que se multiplicaban. Edificaron los ricos caprichosos chalets y vino a ser Chorrillos poblado refugio de fresa y sedante tranquilidad para los habitantes de Lima. Fue esa la época brillante que se inicia hacia 1840, cuyos comienzos viven en la comedia de Felipe Pardo y que acaba con la destrucción de la guerra.
Durante al apogeo comenzaba la temporada a fines de Diciembre y concluía en Abril. En esos meses, todos los ranchos tenían tertulia, la verdadera tertulia que hiciera tan simpáticas las casas de Lima, los enamorados vivían en grandes, pues se daban antaño fiestas suntuosas. Allí se dieron bailes magníficos, se recibieron máscaras lujosas en los carnavales y se improvisaron paseos a Villa, San Juan y al Salto del Fraile.
En las fiestas religiosas como la Semana Santa y San Pedro, patrón del pueblo, se cuadruplicaba la población y de las vecinas capital, sobre todo, afluía enorme cantidad de curiosos y de fieles que hacían gala de su aparatosa piedad en aquellas célebres procesiones de San Pedro y del Viernes Santo, verdadero aguafuerte, sobrio cuadro de carácter, netamente español. Chorrillos era entonces una villa encantadora.


Un balneario de aquella época.

LA GUERRA
Fue sencillamente encantadora hasta que el clarín de la guerra llegó vibrando con su cortejo de malos augurios. Las familias cerraron sus ranchos, y los desastres se sucedieron, cada vez más decisivos y próximos, y un día el cañón anuncio que estaban tras el Morro los enemigos. La polvareda, los gritos, el rítmico paso de los soldados sobre las desiertas y silenciosas calles de la villa, anunciaron la eminente ruina.
La derrota entregó a la furia del vencedor los aristocráticos tesoros de aquel rincón deleitoso y, desde Lima, los azorados ojos de los antiguos pobladores, siguieron en la lobreguez del cielo el purpureo horror de las llamas ondulantes. La soldadesca ebria y enfurecida no se dio cuenta del estólido salvajismo que cometía.
Disiparon como envueltos en sombras fúnebres los recuerdos de opulencia, los bailes suntuosos, los rocambores de apuestas, en que los hacendados jugaban sus chinos con el mismo desenfado de un antiguo príncipe ruso al disponer de almas de mujícs.
 El viento que barría las cenizas fue el único rumor de la ciudad muerta, trágica y espectral como la Pompeya clásica, cuya imagen evocan sus calles estrechas, sus construcciones bajas y truncas, sus mármoles calcinados. Y con el purificador incendio de esta villa del  placer, el Perú liquidó, en símbolo amargo y viviente, toda una época de prodigalidad, imprevisión y molicie.
CAMBIOS
Pasaron años aunque no se reprodujeron los desvanecidos esplendores, sobre los destrozos se levantaron algunos edificios. Voluntades animosas regresaron entristecidas por el sendero, blanqueado con las osamentas de los combates. Tornaron a abrirse los  poquísimos ranchos salvados o reconstruidos y continuó la predilección de las familias antiguas por el devastado balneario.
Quedó así como marcado por una huella siniestra. Y hasta la luz del sol se posa en sus callejuelas, cegadora y hostil, con impresión de tristeza, esa acerba tristeza del sol que es agobiadora en su radiante congoja.
 Los ranchos evocan recuerdos de jaulas y de prisiones. Los corredores y traspatios, sin flores, sufrieron una urbana decadencia. Pero el éxodo acostumbrado siguió llevando anualmente la peregrinación soñolienta de los veraneantes. De trecho en trecho, quedan señales en la ruina: paredones ennegrecidos; rejas abolladas, ventanas tapiadas, marmóreos zócalos rajados y empotrados en casas mezquinas. Son los despojos del naufragio, los duros testimonios del escarmiento.
Pero, si embargo, nuevas generaciones quisieron sacudir el siniestro manto. Se reanudó, atenuada discretamente, la era de los paseos, de los bailes y de las tertulias. Resonaron de nuevo las músicas en ls retretas; sobre el malecón, ante la benéfica caricia de la brisa salobre que venía del mar y bajo la comba luminosa del firmamento estrellado, discurrieron las parejas románticas, se enlazaron muchas veces las manos en promesas ingenuas de felicidad, que luego la vida destruye, y uno como piadosa resignación fluyó en les miradas, quietas por el dolor y por el tiempo.
LAS TARDES
En las tardes se extrema su aspecto melancólico. En las calles estrechas, el sol cae a plomo, alargadas por el silencio, estas callejuelas sólo salen de su cálida modorra con el vibrar agresivo que en notas agudas ponen los pregoneros.
 Los ranchos, con sus toldos caídos, sugieren hálitos de encierro sofocante y de sus interiores viene un desordenado bullicio de chiquillos malcriados y de muchachas perezosas, que gritan desde la hamaca en que se tienden a devorar novelones cursis.
 A lo lejos los chillones manoteos en un piano. Arriba, el graznar de una banda de gaviotas que surcan la quietud azulada del cielo. Y como un compás eterno, el rumor del mar mansísimo que se tiende, albo y brillante, en la bahía resplandeciente, sonora y curva como un árbol de lira.
Uno que otro bote perdido en la lejanía espesante, deja llegar a intervalos hasta el malecón desierto alguna voz de mando. Tres indios pescadores echan a la tarraya con actitudes de terracotas académicas, y en la playa, algunos bañistas se refrescan en el agua tranquila y aquí algo turbia.



Rancho de una Lima que se fue muy cerca del mar.

REGATAS
Así sobre el marasmo actual se insinúan pálidas imitaciones que son como continuación debilitada de aquel esplendor lejano. El  Chorrillos de los abuelos, de las onzas de oro, de los ranchos con laureles y estatuitas, de las juveniles cabalgatas y las cacerías en las lagunas de Villa, de los baños concurridísimos.
El Chorrillos de las regatas en que participan todos los muchachos distinguidos, de las estaciones henchidas a las horas de los trenes de cinco y seis de la tarde y de las retretas pasmosas, parece muerto. Y ha acabado de robarse la poesía con su vértigo y su tun tun chinesco el tranvía eléctrico, que deshizo el encanto de los trenes sociables, los cuales a su vez habían desalojado a los balancines solemnes y señoriales.
Cuentan que en épocas pretéritas antes que los españoles vinieran, muchísimo antes, existió entre el Callao, Maranga y la Magdalena, una población secular y riquísima. Aún puede observarse el plano de la ciudad. Y las huecas numerosas diseminadas por todos los senderos lo atestiguan. Sobre aquellos escombros los españoles crearon una villa recogida y plácida, en la que plantaron los primeros olivares y las primeras vides.
Con el tiempo, la aldea risueña y durmiente fue refugio de enfermos y de empobrecidos. El radio pequeño no se ensanchó. Pasaron los años sin que perdiese su vetusto aspecto característico la aldea llena de árboles y de rumores. Quedaron las avenidas antiguas, la quinta virreinal y las huertas ubérrimas y perfumadas.
MAGDALENA
San  Martín y Bolívar escogieron este apacible rincón para descansar de las fatigas del gobierno. Cuando la guerra con Chile, García Calderón instaló allí su régimen provisorio, y desde San Martín hasta nuestros días poco ha cambiado seguramente aquel rústico pueblecito.
Con sus leyendas de bandoleros, su gente pobre y sencilla, sus tísicas románticas que iban tras la salud y la felicidad, creóse un ambiente como para la cura de almas, acariciador y sedante. Vieja, empolvada,  patriarcal y agreste, la Magdalena tiene el encanto de sus olivares centenarios, de sus fundos de casas ruinosas, de su iglesia churrigueresca y pródiga en oros y tallados, de sus avenidas sombrosas que no dejan pasar el sol y que tejen en las noches de luna albos poemas de encaje, cuando la brisa les presta, como en una danza antigua, la música y el movimiento.
Allí está rebelde a la civilización, algo desmejorada para los enfermos de sueño y necesitados de reposo, con sus anatópicos focos de luz eléctrica. Allí esta con su ancha plaza, rodeada de añosos árboles, sus recuerdos históricos y su ingenuidad de anciana y buena hospitalaria. Allí está la laguna de Oyague, plata liquida bajo el plenilunio. Pueblo de calma y suavidad, hechizo vago de aldea en ruina.


Barranco de antaño

MAR BRAVO
La avenida moderna da siempre un sensación de égloga con los cantares campesinos que vienen de lejos, con el incesante ladrido de los perros y la visión resignada de los bueyes que mugen de rato en rato y se vuelven al lado del crepúsculo como para saciarse de sol.
Más allá de la avenida se desperdigan los ranchos, las casuchas y las quintas de la Magdalena Vieja. Cada cual ha hecho su casa donde ha querido, sin tener en cuenta para nada la estructura de la población, y así, frente a una casita con pretensiones, se extiende un potrero, en cuyo extremo se yerguen las torrecillas de alguna finca más o menos lujosa.
 La población es reciente y casi no tiene tradición, muge a sus pies, el mar furioso, el único fantasma del pueblecito. La braveza de su playa es su leyenda. Los ahogados han sido muchos, las pérdidas de los que intentaron detener el mar para construir baños son incontables.
Antaño menos importante que San José de Surco, aldehuela que es la viva poesía de la desolación, el Barranco en nuestro medio es un ejemplo alentador de progreso. En 30 años ha crecido más que cualquiera ciudad del Perú y hace 50 no era sino una pobre ermita rodada de humildes rancherías. Si viera el Padre Abregú el actual florecimiento de su antiguo retiro, bendeciría aquel suelo de tan fértil vitalidad.
El Barranco, más que un balneario de verano, es la residencia predilecta de la burguesía. Entre los balnearios que rodean Lima es el menos aristocrático y el menos típico. Pero ha tenido y tiene aún sus encantos, como una linda bajada a los baños y el camino a Surco.
SENCILLEZ
 Lo que deslumbra a la  gente cursi es lo que menos vale del Barranco. Para el cronista, tiene esta villa en singular de haber sido el lugar de temporada de los genuinos mataperros de Lima y el verdadero centro de las retretas en su estación del ferrocarril, con su desfile de innumerables muchachas y sus trenes llenos de pasajeros ansiosos de llegar al rincón preferido.
Ningún balneario ha tenido mayores características de sencillez. Hoy las ha perdido, sin ganar en gravedad ni distinción. El Barranco era encantador, porque era sobrio y barato, primitivo, campestre de veras, porque la fruta se obtenía regalada o bajísimo precio o por una buena carrera, porque se toreaba bravuconamente, porque en las noches de luna se hacían paseos improvisados, porque raro era el domingo en que no había una excursión a burro a San Juan porque en los Baños se corrían las olas y se jugaba juegos infantiles, con el encanto de los diez años en que no hay mayores bienes que el retozo, la risa y el sueño.
El tranvía eléctrico, a la vez que un pintoresco rincón limeño, destruyó el encanto de la vida sencilla de lso balnearios, la perfecta unión en estos pequeños pueblos, la ilusión de que eran lugares de distracción, de reposo y de campo. Cada vez que el cronista pasa por alguna abandonada estación del antiguo ferrocarril inglés, siente que le sube, desde lo más recóndito de su memoria de adolescente y de  niño, una ola de recuerdos de insuperable le frescura.


El balneario chalaco de La Punta

LA PUNTA
Así como la Magdalena le da una impresión romántica de primer amor y de primera tragedia, el Barranco le trae sensaciones de inocencia, de lunas claras bajo cuya lumbre se corretea como un cabrito suelto, de baños nocturnos en que se sentaban las peligrosas apuestas de natación y de pisar pulpos en el agua marina, a quietud y embrujada por el encanto  del plenilunio
Todo aquello ha pasado  también y no es que ya el testigo haya cambiado, sino que los tiempos huyen y con ellos las almas se transforman, empujadas por los progresos devastadores de lo poético.
La Punta en el Callao. Sensación de barranca de feria. Plaza destartalada, ranchos con pretensiones desmedidas de ambiciosa cursilería. Improvisación endeble, pero fresca, como un vestido de  lona o un sombrero de paja. ¿Poesía? La que dan la luna y el mar. Pedregales inmensos, hoteles del  peor gusto genovés, olor de barco y peligro inminente de ruina próxima. Sólo un encanto: el de los baños de la temporada y el famoso Miércoles de Ceniza en el que se realiza el entierro de Ño Carnavalón. Y basta.
Si no fuera por la travesía tan larga y la visión monótona de los arenales, Ancón sería el balneario ideal. Ninguno tiene mayores atractivos, no obstante su aridez y la calva extensión de sus médanos. Hay tal sensación de frescura de la playa tendía y abierta, es tan suave el rumor del mar, el brillo de la arena.
SEDUCCION
 Atrae tanto la lechosa claridad de la luna y se siente quien vive allí tan distante de Lima, de los ajetreos urbanos y de las cotidianas miserias, que no hay seducción más propicia que la de este seco y luminoso y despejado rincón  salino.
Allí queda aún el sello característico que dan los trenes de itinerario fijo. Hay todavía la comunidad encantadora de las familias que se reúnen todas cotidianamente a ciertas horas. Los intrusos son raros. El ambiente del balneario es genuino. Allí sí que había la sensación de que se descansa sí últimamente no se le hubiera dado un carácter llamativo y alocado en que parece sintieran todos una  imperiosa urgencia de aturdirse.
Y hay delicia incomparable al trepar aquellos cálidos cerros de arena, al perder la vista en las  lejanías de las móviles lunas y  luego sobre el horizonte marítimo tan espacioso, al detenerse en el verdor más atractivo por el contraste de los campos de Huaral y, tras darse un baño de sol y de arena, entrar en el agua, pisando el fondo mullido, mientras en la lejanía marina aparecen las trianguladoras velas de las barcas pescadoras.
 El silencio en las noches es inefable. Y sobre el arenal estéril parpadean tan lucientes las estrellas y su fulgor parece tan concentrado y rítmico, que acude a la memoria la antigua concepción de la música de las esferas
MIRAFLORES
Alguna vez lo dijo ya el cronista: Miraflores es la hermana  menor de un cuento de hadas, la más pequeña y la más bonita de las tres. Si Chorrillos es aristocrático, tradicional y rancio y el Barranco es burgués e improvisado, Miraflores es sencillo, juvenil y fresco. Con sus alamedas, su silencio, la vida para sí que cada cual hace, su aspecto de veras rústico.
Miraflores es el pueblecito preferido por los extranjeros, por las gentes que saben del home y del reposo. Sin notas de chacbacanería ni mal  gusto, poético, apacible y rumoroso. Miraflores tiene dichosa sobriedad que auspicia la idealidad de un idilio y acoge blandamente la realidad amorosa de un hogar recién fundado
Balneario en que se ven cabezas de abuelos venerables, delantales blanquísimos, sonrosados semblantes sajones y aporcelanadas caritas de niños. Miraflores es el lugar que por excelencia aman los que no viven para afuera, sino para su deliciosa y atormentada intimidad. A pesar del progreso, de la muerte de su gótica estación que delineó un alemán sacerdote jesuita y del tranvía eléctrico vulgar, ha conservado su apacibilidad, su mansísimo encanto de árbol que da sombra y fresco.



Verde, floreciente y bello parque de Miraflores.

En su bajada a los baños, florecida y llena de sorpresas, en sus plazuelas calladas o con vocinglerías infantiles, junto a sus casas con huertas, cerca de sus quintas extranjeras, se respira un ambiente de salud y de tranquilidad aldeana, antítesis de todo artificio.
Por eso, sin duda, los que saben de la vida, se refugian allí. Chorrillos es demasiado urbano y anticuado y Barranco es demasiado progresista y burgués. Miraflores tiene algo de propio, de característico. Hay humanidad a la vez poética y  realista en su fisonomía, y por eso, como la Cenicienta del cuento, se ha hecho para que la descubran los príncipes que saben escuchar a las hadas. (Páginas seleccionadas del libro “Una Lima que se Va”, cuyo autor es el consagrado escritor y político José Gálvez Barrenechea). 

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