domingo, 27 de diciembre de 2015

INAUGURACION DEL OBELISCO

Buenos Aires se transforma hacia 1936. Lejos de sentir el peso de los cuatro siglos que en este año la separan de la primera fundación, se aligera de prejuicios. Caen viejas casas coloniales, se ensanchan las calles y apuntan al cielo los nuevos rascacielos, mientras orugas de metal corren por su subsuelo. Avenidas, edificios, trenes subterráneos. Todo lo que significa progreso va venciendo la resistencia de los porteños que miran con nostalgia el solar vacío que ocupara una casa de departamentos, añorando la casona señorial que allí tuvo sus cimientos. Y tan desprejuiciada se siente la ciudad, que no titubea en celebrar su cuarto centenario evocando el desembarco de don Pedro de Mendoza, con su séquito de capitanes y futuros regidores.
Bajo el sol de regular intensidad, la gente los ve descender de un galeón cuya construcción llevó muchos días de duro trajín a un pequeño ejército de obreros. El Adelantado, como corresponde a su titulo, luce el atuendo clásico de los capitanes de España: gorra coronada de pluma y negra coraza.
Luego vienen los segundones, aquellos hidalgos que persiguieron quimeras en el continente nuevo tratando de atenacear las utópicas visiones que traían en sus mentes trabajadas por las fiebres tropicales. Ya descienden. Ondean el pendón  de Castilla y la cruz y la espada marcan el sitio de la fundación.
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El gigantesco e impresionante obelisco de Buenos Aires.

TRANSFORMACION
El puerto de Santa María del Buen Ayre será, de allí en más, hito civilizado en las orillas del Plata. Ni la destrucción evitará que se cumpla ese destino, pues ya vendrá un hijo de las tierras vascas a afirmar la voluntad de aquel imperio que colmó con sus hechos varios siglos en la historia de la humana empresa.
Años hacía que en algunos tramos fue desapareciendo la Corrientes “angosta” tan grata a los recuerdos. Pero la urbe no puede vivir aferrada a su sentimentalismo. Tiene otras urgencias. Y van cayendo los últimos “reductos” del pasado.
La piqueta no descansa. Al fin se abre un amplio claro en lo que fue densa concentración de casas bajas, de viejos teatros, de famosos cafés donde se practicaba la bohemia que nació con el romanticismo, aún antes de nacer el siglo XX.
El sábado 23 de Mayo de 1936, el pueblo se ha dado  cita en la flamante Plaza de la República. El primer magistrado de la nación preside la solemne ceremonia. Son exactamente las 3 de la tarde cuando la Banda Municipal ejecuta el Himno Nacional.
Se cortan simbólicamente las cintas y se declara inaugurado el nuevo tramo del ensanche y el gran Obelisco convertido en motivo inspirador del tradicional ingenio porteño. En la rotonda se han reunido chicos de las escuelas. Sus cánticos tienen resonancia significativa.

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Otra vista del coloso por estos tiempos actuales.

EMOCIONES
Parecen anunciar y saludar a la vez a la gran urbe del futuro. Todos se sienten un poco emocionados. Hasta los más desaprensivos intuyen que Buenos Aires da otro paso hacia adelante. Y es, en  esa tarde,  signo de un tiempo que ya apunta ya hacia  el trasponer cuando la capital latina del Plata experimenta la sensación  de que una nueva etapa, portentosa e infinita, nace para ella.
El pueblo allí reunido lo certifica con su acción de presencia, interpretando el sentir de la población que ha asistido con interés a las obras que se declaraban inauguradas en la oportunidad.
La voz del intendente municipal concreta el pensamiento de todos, encasillando el acontecimiento en su justo marco. Este Obelisco será con el correr del tiempo el documento más auténtico de este fasto del cuarto centenario de la ciudad.
Dentro de las líneas clásicas en que se erige, es como una materialización del alma de Buenos Aires que va hacia la altura, que se empina sobre sí misma para mostrarse a los demás pueblos y que desde aquí proclama su solidaridad con ellos.
Buenos Aires se siente grande, fuerte, pujante. Y como todos los grandes, no alienta sino sentimientos nobles, generosos, fraternales. Porque es grande, no siente emulaciones sino amor. Porque es grande, tiende sus brazos a todos los pueblos, presidiendo desde aquí los destinos de la nacionalidad argentina, particularmente a las demás naciones del continente que surgieron del mismo esfuerzo gigantesco del imperio español.
Y con quienes siente la solidaridad del pasado fecundo, del presente renovado y del futuro indefinido ilimitado. Se apagan las voces y ríos de gente discurren por la gran avenida. En su IV centenario, la ciudad no siente el peso de los siglos transcurridos.

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