domingo, 20 de diciembre de 2015

TRAGEDIA EN ITACUMBU

Acababa de terminar la fiesta de confraternidad en Paso de los Libres. Los presidentes de la Argentina y Brasil, participantes de la ceremonia inaugural de los monolitos del puente internacional que unía a dos naciones, se confundieron en estrecho abrazo, presidiendo luego el desfile de tropas y el paso de las columnas ciudadanas, certificando una vieja amistad. El 7 de Enero de 1938 finalizaron los festejos.
En un campo adyacente a Paso de los Libres todo está listo para emprender el regreso a El Palomar, cada piloto frente a su máquina. Momentos antes se habían recibido los partes meteorológicos. A las 18 horas llega el Presidente de la Nación, Agustín P. Justo, con su comitiva. Se le informa de los inconvenientes que puedan surgir en la ruta, pues se ha desatado un temporal.
La respuesta es breve, casi cortante: “Lo que deseo saber es  sí podemos o no podemos partir. El diálogo se reduce a pocas palabras: “Si podemos partir”. “Vamos entonces”. El Presidente es el primero de ocupar su asiento en el Lockheed y le sigue su comitiva.
Surge un inconveniente. El Jefe de la Casa Militar, Coronel Schweizer, el Edecán, Teniente Coronel Firmo H. Posadas y el Teniente Coronel Antonio Berardo, jefe del 1 de Artillería, se han retrasado. El tiempo apremia, pues el temporal se ha extendido ya por una vasta zona del trayecto.
Se resuelve entonces que ocupen los lugares vacíos el Coronel Kelso y el Capitán de Fragata Schak, disponiéndose que los retrasados viajen en el Lockheed al mando del Teniente Coronel José F. Bergamini. La fatalidad se cierne sobre los ausentes.


    Uno de los aviones.

VUELO
El destino ha elegido sus víctimas. Rugen los motores. El avión parte. El Teniente Vacca, piloto del aparato, enfrenta poco después la tormenta. Toma más altura, vira al Este, luego al Oeste, baja hasta ver brillar el sol sobre la campiña.
El arribo a El Palomar se realiza sin inconvenientes. Se espera ahora el avión de Bergamini. Todos los aparatos de escolta se encuentran ya en el campo, menos el Lockheed, entre cuyos pasajeros se halla Eduardo Justo, hijo del Presidente.
Pasan las horas. Y con el desvanecerse de esperanzas, surge la incertidumbre y la angustia. Es necesario esperar el nuevo día. Con el alba casi, levantan vuelos varios aviones. Buenos Aires  vive el clima tenso de la premiosa búsqueda.
La aeronáutica de naciones vecinas también presta su colaboración. Al fin, la noticia anonadante. Emergiendo de las aguas del arroyo Itacumbú, son avistados los restos del Lockheed. Ninguna señal de vida.
Sólo el silencio de los montes cercanos. Venciendo inconvenientes, pues un aterrizaje es imposible en esa región, llegan baqueanos hasta el lugar y comprueban que nadie ha quedado con vida a bordo.

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La zona de Itacumbú.

VICTIMAS
Es evidente que el avión, tomado por la tormenta, perdió su rumbo y, en cierto momento,  sea por efectos de un rayo o una falla de los motores exigidos al máximo, se ha precipitado envueltos en llamas. Algunos lugareños confirman la versión. Vieron como una llamarada bajaba del cielo para incrustarse en la tierra.

La ciudad que ha recibido acongojada los restos, los acompañó hasta su última morada. Desde entonces, en Itacumbú, en la soledad del paisaje, una blanca cruz con los escudos argentino y uruguayo, vela la paz eterna de los nueve nombres grabados a su pie: Schweizer, Berardo, Posadas, Bergamini, Oresnick, Vergani, Justo, Leverato y Castillo. Esa cristiana cruz y el recuerdo es todo lo que queda de la tragedia.

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