viernes, 23 de octubre de 2015

ARMISTICIO

Bulgaria había capitulado. La destrucción de su frente había dejado abierto el camino de Viena. Ante la fatal e inadmisible invasión cayeron los Habsburgo. Octubre de 1918 encontró a Alemania sin tres de sus más poderosos aliados.
En una democrática reunión, Hindenburg,  símbolo del viejo e invencible ejército alemán, y Ludendorff, habían reconocido ante el canciller del imperio, Príncipe Max de Baden, en el consejo presidido por Guillermo II, que la victoria era imposible y que existía el peligro de la entrada de los aliados en el propio territorio teutón.
Estos acontecimientos trascendieron al pueblo que perdió su fe. El ejército mantuvo aún por algunas semanas la antigua armazón pero ya virtualmente vencido, sólo tenía ante sí la fatalidad de una derrota decisiva. Ante tal situación, se improvisó un nuevo gobierno. Su única misión a cumplir era lograr una paz honrosa. Y el mundo, cansado de guerra, esperó.
8 de Noviembre. En un desvío cerca de de Rethondes, un coche-salón ferroviario alberga del frío y de la lluvia a los representantes aliados, en uno de los lugares más espesos del bosque de Compiégne. Por doquier árboles, zarzales, monte. La hierba ha crecido entre los rieles, pero donde no forma alfombra, un barro espeso dice de la caída implacable del agua.
Sobre una encina, precisamente en el lugar donde se halla el vagón, puede leerse en un cartel de madera esta leyenda: “ “Tren del Mariscal Foch”. El Mariscal está pensativo. De pronto una voz, la del General Weygand, le llama a la realidad: “Ahí llegan”…

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La guerra está por finalizar.

AVANCE
Desde la vecina carretera, chapaleando en el barro, avanzan los plenipotenciarios alemanes. La historia ha recogido estas palabras de Foch en tales circunstancias: “He aquí el Imperio Alemán. Esta vencido y viene a pedir la paz. Pues bien, ya que a mí me toca recibirle, voy a tratarle como se lo  merece. Seré firme y severo. Pero sin rencor ni brutalidad.
Rígidos, pálidos, entraron en el salón. Uno de los plenipotenciarios, Mathias Erzberger pide a Foch que haga las presentaciones. Este se limita a preguntar: ¿“Tenéis vuestros papeles? Y ante la respuesta afirmativa, agrega: “Vamos a examinar su legalidad. Luego el diálogo cortante, dramático.
-¿Qué desean ustedes?
-Hemos venido para recibir las propuestas de las potencias aliadas en vista de un armisticio.
-¿Piden ustedes formalmente un armisticio?
-Sí.
-Entonces siéntense ustedes. Voy a leerles las condiciones de los aliados.
SIN PROTOCOLO
No hubo protocolo y salvo que los franceses e ingleses estaban en un lado y los alemanes en otro, cada uno se sentó un poco al azar. Se inició la lectura que iba traduciendo el intérprete, Teniente Laperdu.
Poco a poco,  la palidez aumentó en los rostros de los visitantes. Winterfelbt lloraba. Al término de la lectura, Erzberger se puso de pie patéticamente y dijo:
-¡En nombre de los cielos, 72 horas pueden ser fatales!... Cesad ya la lucha”. A lo que siguió una respuesta lacónica: “Las discusiones técnicas podrán ser dentro de 72 horas. La ofensiva continuará”
En los dos días siguientes, Foch durmió muy poco. No dudaba que los plenipotenciarios alemanes aceptarían sus condiciones, pero el inalámbrico de la Torre Eiffel había captado el anuncio de que la revolución acababa de estallar en Berlín.

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Los periódicos informan sobre el suceso histórico

RECUERDO
¿Qué gobierno representaban esos hombres en el bosque? Sin embargo, el 10 a la noche considero necesario recordar a los alemanes, por intermedio de Weygand, que al amanecer del día siguiente expirarían las 72 horas.
Había que firmar o marcharse. Apenas terminaba Weygand de cumplir su misión, cuando el Capitán Mierry, uno de los oficiales del Estado Mayor del Mariscal, era llamado por teléfono y se le transmitía el siguiente “sin hilo”, terminado de recibir por la Torre de Eiffel: “El Gobierno alemán a los plenipotenciarios alemanes ante el alto comando de los aliados: 1830 horas.

El gobierno alemán acepta las condiciones del armisticio que le han sido impuestas el 8 de Noviembre. El canciller del imperio 3084 (la cifra era la firma del nuevo canciller Ebert, más tarde presidente del Reich). Horas después, exactamente a las 11, se efectuaba una salva de cañón, anunciando la paz.
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Weygand y Foch


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