martes, 27 de octubre de 2015

MARCHA SOBRE ROMA

Hombres silenciosos andaban por las sendas y  caminos de los Abruzzos. Campesinos, estudiantes, obreros llegados de distintos lugares, todos en marcha. Era el 28 de Octubre de 1922,  a una hora que apenas presentía las luces de la mañana.
A la pregunta invariable de ¿A dónde van?, la invariable respuesta: “¡A Roma”! Esas escuadras respondían a una consigna e iniciaban para Italia un capítulo histórico destinado a abarcar las dos décadas más tumultuosas y terribles vividas por los pueblos de Europa y el mundo.
Las causas que lo determinaban, venían de atrás, de los días difíciles que sucedieron a la terminación de la contienda bélica. En el caos de la desmovilización, el desempleo, los conflictos sociales y la ocupación de las fábricas, pasó a un primer plano la figura contradictoria de un hijo de Dovia de Predappio, expulsado del Partido Socialista Italiano en 1914 por su campaña intervencionista, apresado por sus ideas pro-aliadas, soldado en la trinchera del Alto Isonzo y herido de guerra: Benito Mussolini.
Alzó primero la bandera de la reivindicación adriática, apoyando la romántica aventura de d’Annunzio para singularizarse luego en la lucha contra el bolchevismo, al fundar, en Marzo de 1919 los fascios italianos de combate, en los que reunió las fuerzas anticomunistas dispersas hasta entonces en toda la extensión de la península.

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Miles de miles rumbo a la capital eterna.

EL DUCE
En Octubre del mismo año, apareció ya, en el Congreso de Florencia, como el Duce del Fascismo. Vinieron años de lucha, de choques violentos. Pero un problema de orden económico-social  fruto de la depresión de posguerra, significó como fundamental aliado de la nueva corriente a la que se sumaron idealistas, especuladores y descontentos, heterogéneos elementos que sólo una mano  de hierro podía amalgamar.
1922 fue el año decisivo. La inestabilidad del gobierno de coalición que dirigía los destinos de Italia precipitó los planes de Mussolini. Luego de rechazar acuerdos transaccionales con un régimen cada día más debilitado, se decidió a obrar y, el 27 de Octubre, ordenó la movilización general de los camisas negras.
La orden fue acatada tanto en las grandes ciudades como en los pueblos pequeños, pero no sin oposición de los sectores adversos. Esta circunstancia determinó una serie de choques, algunos sangrientos, que crearían un clima de agitación en la península. El gobierno se vio obligado a tomar medidas, pero no todo lo enérgicas que reclamaba la grave situación
En Tívoli, tras duros días de marcha, los hombres por millares se agolpaban en las terrazas de la Villa D’Este en que estaban acampadas y miraban hacia Roma ¿Qué significaba para ellos la ciudad?

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La dirigencia fascista con Mussolini al centro.

SINTESIS
José Bottai, uno de los luchadores de la primera hora del fascismo, sintetizó así el pensamiento de todos: “En verdad, el fascismo, al principio, no fue otra cosa que una revuelta de Italia contra Roma, la capital inerte, insuficiente, mezquina”.
El 28 al caer la tarde, luego de solemne fusilería, entraron las primeras columnas por la puerta de San Lorenzo. El propósito principal quedaba cumplido. Hubo aún otra tentativa para pactar con el jefe victorioso, llegado el 30 a la ciudad.
El rechazo de toda negociación precipitó la caída del gobierno. De inmediato el Rey invitó a Mussolini a organizar el ministerio nacional en el que se reservó dos carteras vitales: Interior y Relaciones Exteriores.
Así  culminó el episodio que hizo culminar esperanzas, pese al augurio de quienes preveían el fin del civismo democrático en Italia. Pero los más prefirieron aguardar los acontecimientos, enfrentados al hecho cierto de que el poder absoluto quedaba en manos de un hombre. Indiscutiblemente que la marcha sobre Roma fue uno de los acontecimientos políticos que, con mayor fuerza, gravitarían en el curso del siglo.

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