jueves, 15 de octubre de 2015

PRIMER CONSUL DE ARGENTINA EN LIMA

El primer Cónsul que tuvieron las Provincias Unidas del Río de la Plata en Lima, fue un porteño distinguidísimo, figura arrogante y de abolengo ilustre: Jose de Riglos y La Sala, nacido en Buenos Aires el 30 de Enero de 1797, del matrimonio de Miguel Fermín de Riglos y San Martín, caballero de Santiago, sargento mayor de la Plaza de Buenos Aires, gobernador político y militar  de Mosos y Chiquitos, y de María Mercedes de la Sala Fernández Larrazábal, primera presidenta de la Sociedad de Beneficencia de Buenos Aires.
Riglos tenía como sus antepasados a personajes de gran relieve histórico entre los que mencionaremos al General Rodrigo Ponce de León y Vera Guzmán, Alférez  Real de Buenos Aires. Al General Alonso Riquelme de Guzmán, caballero veinticuatro de Jerez y conquistador del Paraguay.  Al General Domingo Martínez de Irala, conquistador del Plata y Paraguay y fundador de la Asunción. Y al General Alonso de Escobar, vecino fundador de Buenos Aires y su corregidor y alcalde. Estando además entroncado con Juan de Garay, el fundador de la capital argentina y con Alvaro Núñez Cabeza de Vaca, el célebre explorador y adelantado de claro linaje y resonantes hechos.
Fruto de una raza seleccionada, Riglos podía ostentar, como pocos en  aquellos tiempos de linajuda prestancia, los más relucientes cuarteles de la heráldica, y como si aquello no bastara, dentro de la noble supervivencia de la estirpe, le unían lazos de parentesco con el Virrey Sobremonte, de quien vienen los Primo de Rivera, apellido en sonora actualidad hoy, y con muchos de los próceres y fundadores de las patrias americanas, como el propio libertador San Martín, Cornelio Saavedra, los Soller y los Guido.

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Jose de Riglos: toda una figura diplomática.

ABOLENGO
Con su abolengo tenían relación también Juan Gutiérrez de la Concha, de quien proceden los marqueses de La Habana y del Duero y los duques de Fernán Núñez y de Rivera. No era poco añil el que su sangre tenía el emprendedor caballero de Riglos, quien supo hacer honor a su tiempo, vinculándose no obstante sus raigambres con la anquilosada colonia, con las más vivas corrientes republicanas, que alcanzaron en plena juventud al estudiante del Real de San Carlos de Buenos Aires.
Riglos se incorporó al movimiento renovador y asistió como ayudante de campo del General Alvear, al sitio de Montevideo, mereciendo la medalla decretada a los vencedores del 23 de Junio de 1814, después de lo cual dejó la carrera militar y dedicó sus actividades a prósperas empresas comerciales, hasta que se anunció la expedición que, saliendo de Cádiz, debería venir a sofocar las sublevadas provincias del Rio de la Plata.
Es muy interesante este proceso de la vida de Riglos que nos la presenta como un hombre de vanguardia pues a pesar de sus enraizamientos coloniales, se orientó  hacia las rutas nuevas, insospechadas para los que seguían viendo la vida americana dentro de los moldes que se encargaron de romper los libertadores.
FINANCIAMIENTO
Pero la forma con Riglos sirvió a la causa americana tuvo características especiales de un romanticismo eficiente de modalidades prácticas. Fue uno de los que, como decíamos ahora, financió la atrevida y gigantesca empresa de San Martín.
Ocupada Lima por el Generalísimo, Riglos traslado sus negocios y su casa comercial a esta ciudad, donde se vinculó rápidamente y ganó magníficas relaciones aún entre las más recalcitrantes familias godas.
Fue en Lima apoderado de casi todos los argentinos de esos tiempos y sirvió como tal a San Martín, en cuya nutrida correspondencia hay muchas cartas que aluden a este hecho. El año 1825, ya completamente ligado a la sociedad limeña, contrajo  matrimonio con Manuela Diaz de Rábago Abella-Fuertes, hija del brigadier de los ejércitos reales Simón Díaz de Rábago y Gutiérrez de Morante, caballero de Santiago, secretario de cámara, gobierno y capitanía general del Virreinato del Perú, diputado a Cortes, regidor perpetuo de Lima y presidente del consejo de guerra de oficiales generales.
El matrimonio debió ser sonadísimo en Lima. La familia Rábago y Abella-Fuertes era de lo más empingorotados de la ciudad, y aunque el linaje de Riglos era de los más lúcidos y sin mácula, no dejaron de haber comentarios entre los renuentes monárquicos, que estaban en la capa, al ver que la hija del que había sido secretario de Abascal casaba con un republicano tan decidido como José de Riglos.

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Uno de sus titulos nobiliarios

AÑORANZAS
El matrimonio se realizó en el hogar de los Rábago en la calle de San Pedro, en la casa que hace esquina, junto a los Marqueses de Torre Tagle. Por cartas de la época que hemos visto en el archivo de la familia Moreyra descendientes de don José, nos hemos enterado de las quejumbrosas añoranzas de muchas gentes por los días virreinales.
Los primeros años republicanos fueron duros, para los marqueses limeños. ¡Nadie quería pagar”, dice una dama de esos días. Felizmente Riglos es todo un caballero y se porta muy bien. El hidalgo argentino al unirse a la familia Rábago, la salvó de las odiosidades que surgieron inmediatamente después entre los choques monárquicos y republicanos y pronto los salones del argentino imponente y elegante fueron el centro social más animado de Lima
Cuenta la tradición que Miguelita de Riglos unía a su distinción y buen gusto una avanzada cultura para una mujer de esos tiempos. Sus salones de la calle de San José se vieron concurridos por la más antigua aristocracia y por lo más conspicuo de la intelectualidad. Cuando se haga la historia de los salones literarios de Lima, entre los que habrán de ser evocados, el de Manuelita quedará como uno de los más expresivos del buen tono y de la gracia limeños. 
ABUELO
Aunque al señor de Rábago no le faltarían ganas de volverse a su España, después de los triunfos emancipadores, sus  múltiples intereses, su larga familia y sus años, le obligaron a permanecer en Lima a la que, a pesar de las novedades republicanas, todo lo ligaba.
Además ya veía venir las horas patriarcales de ser abuelo y como, según la leyenda  familiar, era querendón y majadero en achaques  hogareños, continuó respetando y respetable en su casa de San Pedro, de donde cotidianamente mandaba a una de sus esclavas a casa del yerno Riglos por los pañales de los pequeñines, para juzgar por sí mismo, como lo haría hoy el más concienzudo de los puericultores, el estado de salud de los nietos.
Y ya por el año 27 Riglos estaba sólidamente atado a la vida de esta ciudad. Prosperó en sus negocios, apuntaló con gran versación económica la fortuna de los deudos de su esposa y se rodeó de grandes consideraciones y prestigio.
 Gobernaba el austero La Mar y se advertían el malestar y el descontento contra los rezagos inevitables después de toda larga intervención, que había dejado la política bolivariana, al punto que corría de boca en boca una picara cuarteta del  satírico Larriva, la que los jaranistas de la ciudad coreaban entre el rauco pespuntear de las guitarras en las tenidas de rompe y rasga de las huertas limeñas, donde señoritos elegantes de fraques oscuros y pantalones de gamuza alternaban con seductoras mulatillas de floreadas faldas y enjazminadas cabezas.
NOMBRAMIENTO
Dícese que don José de Riglos, como buen argentino y buen alimeñado, no desdeñaba mezclar a su vida de gran señor las encerronas en que se cantaran relaciones. La copla de moda era ésta: Sucre en el año 28/irse a su tierra promete/ ¡Como permitiera Dios/ que se fuera el 27!.
El año 28, precisamente, José de Riglos recibió el nombramiento de Cónsul  General de las Provincias Unidas del Río de la Plata que le otorgó Bernardino Rivadavia. Miguel Riglos, en carta que hemos visto en la colección del doctor Luis Varela Orbegoso, bisnieto de  José, le decía que aunque ellos no son amantes de los cargos públicos, debería aceptar el nombramiento de Rivadavia, quien manifestaba mucho interés en afirmar las relaciones con los nacientes países de América especialmente con el Perú y se empeñaba, dada sus relaciones con los Riglos, en no ser desairado.
Este don Miguel de Riglos y La Sala, hermano de nuestro héroe, es uno de los abuelos de Joaquín Anchorena. En la gran urbe platense existió hace mucho tiempo ya, el balcón de Riglos sobre el que escribió una preciosa tradición Pastor Obligado.

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Libro que se escribió sobre su vida.
FAMILIAS
Del caballero Riglos que se avecindó en Lima, descienden muchas familias principales de nuestra sociedad. Panizo, Varela, Prevost, Moreyra, Riva Agüero, Riglos. Y de las ramas que quedaron en Buenos Aires las de Anchorena, Oromí, Escalada, Pinedo, Avellaneda, Irigoyen, entre otras. El gran poeta Guido Spano y los presidentes Avellaneda y Quintana estaban entroncados también con los Riglos.
El primer Cónsul argentino tuvo en Lima, más que un consulado, una verdadera legación. Por sus salones suntuosos desfilaban las más encumbradas personalidades. Su esposa era centro de una verdadera corte de políticos, intelectuales y artistas.
Vez hubo en que se la citó en los discursos de la Cámara. Con la oratoria recargada de esos días, se le comparaba con las matronas de las clásicas eras. José Joaquín de Mora que ejerciera aquí, como en Buenos Aires y Chile, un intenso pontificado literario, le dedicó no pocas composiciones, entre ellas un pulido soneto que acompañaba el fino obsequio del “Ivanhoe” de Walter Scott.
Un apuntar del romanticismo hubo en estas reuniones, a las que concurrieron, junto con los rutilantes generales de la época, Santa Cruz, Orbegoso, Necochea, Salaverry, representativos como García del Río, Olmedo Vidaurre, Pardo, Ros, Vivanco, Rodulfo. Aunque parece que la de Rábago no era muy bonita, un atractivo especial emanaba de su aristocrática figura, un no sé que de lánguido que no todos podían percibir.
UNA TAPADA…
Tanto que se cuenta que cierta vez, en la calle, cuando iba de bracero con su arrogante esposo, una de esas “tapadas”, esencia de gracia y de lisura, que se cruzó con ellos, dijo entre una carcajada y un suspiro: ¡Qué lástima de buen mozo! En el salón de Manuelita Rábago de Riglos podría encontrarse, tal vez, una de las motivaciones generadoras del romanticismo entre nosotros.
El obsequio de Mora ya es un dato. La lectura de versos de Víctor Hugo, a quien admiraba la Rambouillet limeña, nos afirma en la eminencia de la sospecha y la blanca enfermedad que se llevó en el pintoresco pueblo de Tarma, especie de Suiza de nuestras serranías, a la administradora de Chateaubriand y de Manzoni, pone su nota consagradora y melancólica en la figurina diáfana tan dilectamente cantada por los poetas de su tiempo. “A Manolita” se titula una romántica y desolada elegía de Mora.
De los años subsiguientes a los primeros del flamante consulado poco se sabe. Rivadavia el representante de la ciudad y de la cultura, tan bien descrito por Capdevila en su libro “La Vísperas de Caseros”, había sido arrollado  por el hombre de la pampa, “por el más de a caballo”, como decía  Sarmiento, por aquel extraño y recio señor don Juan Manuel de Rosas.

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La capital, Buenos Aires, de su época.

MUERTE
Riglos continuó, seguramente, bajo el gobierno rojo  la nominal secuela de su cargo. Su familia no era, por lo menos en los primeros tiempos, enemiga del tirano. Pero como éste no se interesara  por las relaciones con los demás países, a los que veía con desconfianza, seguramente también el Cónsul de las Provincias Unidas ya no tuvo mucho que hacer en su papel consular, que terminó por la fuerza de las circunstancias en el periodo de Santa Cruz, cuando declarada la guerra de la Confederación Peru-Boliviana, el General Braun derrotó  a las fuerzas rosistas, con lo que se rompieron las relaciones entre los confederados peruanos y los argentinos.
El 22 de Febrero de 1839, a los 42 años, murió en Lima Riglos. Suerte produjo dolorosa impresión en la sociedad de entonces. Se le dedicó un laudatorio folleto necrológico. José de Riglos se había hecho, como tantos otros argentinos, completamente nuestro.
El Gobierno del Perú, en retribución de sus servicios y del caudal que puso a disposición de su expedición libertadora, le dio las casas que en una esquina de las calles de Trapitos y Plaza de la Inquisición habían sido, en días remotísimos, de los Marqueses de Lara y en las que rondaba, cuando había fantasmas y duendes en Lima, el espectro del Virrey Conde de Nieva, abogado por unos sacos de arena que sobre su tenoriesca humanidad descolgaron contundentemente los criados de un esposo ofendido.
100 AÑOS
En este año de 1924 se cumplen, precisamente, 100 años del definitivo avecindamiento en  Lima de Riglos. Durante los 100 años su estirpe ha crecido y e ha multiplicado con extraordinario brillo. Entre los actuales descendientes del primer Cónsul argentino podemos citar a Enrique de la Riva Agüero, ex Ministro de Relaciones Exteriores y ex plenipotenciario en Argentina y España. A  José de la Riva Agüero y Osma, historiador y sociólogo, una de nuestras más robustas mentalidades. A Luis Varela y Orbegoso (Clovis), gran cronista y gran señor, uno de nuestros más finos, más cultos y más autorizados periodistas. Al doctor Federico Panizo y Orbegoso, ex Ministro de Estado y actual Presidente del Tribunal Superior de Lima.
Ligado en el ayer a legendarias figuras de la conquista y de la colonización, colocado el mismo en la encrucijada decisiva entre el antiguo mundo y el nuevo, cuya senda contribuyó a abrir y esclarecer, y generador en estas tierras del Perú de una plecara secuencia de varones insignes y de mujeres graciosas y bellas, el primer cónsul general, casi un ministro, que tuvo  la Argentina en tre nosotros, fue un hermoso ejemplar de hombre, en el que, desde aquellos  tiempos precursores de una más amplia solidaridad se juntaron todas las condiciones eficaces y vitales que contribuyeron a la continuidad de las glorias comunes de Argentina y Perú. (Páginas seleccionadas de las "Obras Completas" que pertenecen como autor al consagrado escritor y político, José Gálvez Barrenechea.)

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