jueves, 8 de octubre de 2015

EL NAUFRAGIO DEL TITANIC

La noche del 14 al 15 de Abril de 1912 ocurrió uno de los mayores  dramas de la historia de la navegación a nivel mundial. Comenzando la madrugada se estrellaba contra un “iceberg” de gigantesco hielo macizo y se hundía el magnífico transatlántico ingles “Titanic”, el mismo que realizaba su primer viaje entre Southampton-Reino Unido  y la ciudad norteamericana de Nueva York.  Llevaba a bordo 2,358 personas, de los cuales 903 eran tripulantes, 350 pasajeros de primera clase, 305 de segunda y 800 de tercera.
Del total de seres humanos a bordo, sólo lograron salvarse 723. Los 1,635 restantes, de los cuales 903 pertenecían a la tripulación, murieron en el mar. Casi todos a bordo del barco naufrago, que se perdió en la inmensidad del Océano Atlántico.
En la nomina de viajeros abundaban los nombres de abolengo  de la banca y el comercio. El “Titanic” salió de dicho lugar dotado de extraordinario lujo. Lo comandaba el Capitán E. J. Smith, que había reclamado el honor de conducirlo en su primer viaje para retirarse a descansar.
Entre sus pasajeros estaban algunas de las personas más ricas del orbe. Además de cientos de inmigrantes irlandeses, británicos y escandinavos que iban en busca de una mejor vida en Norteamérica.

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La tragedia se ha consumado en la inmensidad del mar.

LUJOSISIMO
El barco era lo último en lujo y comodidad, y contaba con gimnasio, piscina, biblioteca, restaurantes de primera y opulentos camarotes a disposición de los viajeros de primera clase. También estaba equipado con una potente estación de telegrafía para el uso comunicativo correspondiente.
Lo mismo ocurría con las medidas de seguridad, como los mamparos de su casco y compuertas estancas activadas a distancia. Sin embargo, por las obsoletas normas de seguridad de la época, sólo portaba 1,178  botes salvavidas. Es decir, poco más de la mitad de los que iban a bordo en su viaje inaugural y un tercio de su capacidad total.
La noche del 14, los pasajeros de primera se habían reunido en el lujoso comedor, con capacidad para 500 personas. Allí se realizaba un baile de gala celebrando el éxito de la travesía. El tiempo era espléndido con mar en calma y noche fría, iluminada por la luna.
El Titanic avanzaba a más de 20 nudos por hora. El oficial de guardia vigilaba en el puente frente a la inmensidad. Poco antes de medianoche, cuando el baile estaba en todo su apogeo, la voz del serviola avisó: “Iceberg a estribor”.
En su tono se advirtió la inquietud del peligro inminente. Pocos minutos después, ya los proyectores del transatlántico iluminaban de lleno a la montaña de hielo: la misma que se levantaba amenazadora a casi 300 metros sobre el nivel del mar.
FRENTE A FRENTE
Los dos titanes están frente a frente: el de hielo y el de acero. La colisión es inminente. El oficial de guardia, al principio, no concede mayor importancia a la vecindad. Pero toma los telégrafos de maquinas y transmite la orden de dar marcha atrás a toda fuerza.
¡Es demasiado tarde!
El choque fue tremendo. El Titanic se estremeció y la montaña de hielo se derrumbó materialmente sobre él.  En ese momento, el barco se encontraba a la altura del Cabo Race en Terranova, la gran isla entre Canadá y Estados Unidos.  La proa estaba destrozada y se percibía claramente el ruido inconfundible del agua que inundaba los compartimientos de ese sector.
Habían pasado apenas  unos segundos cuando el Capitan Smith que acudió precipitadamente al puente, mandaba mandar la señal “CQD” (Venid en seguida peligro) y, diez minutos más tarde, la clásica “SOS”.
El Titanic estaba herido de muerte… Media hora después de la medianoche se escucha la orden perentoria: ¡Todo el mundo a cubierta! Y de alistarse para tomar puesto en los botes de salvamento, cuatro de los cuales habían quedado destrozados en la colisión.
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La prensa informa de inmediato.

CONFUSION
Tal es el único momento de confusión total. Los oficiales vigilaban enérgicamente para que las mujeres y los niños se ubicaran en las embarcaciones arriadas ya. Hay que ir de prisa. El tiempo apremia y los minutos perdidos pueden aumentar las consecuencias del siniestro.
Una hora después, son más de 700 los pasajeros que se han embarcado en los botes. Como la temperatura es muy baja, muchos de ellos morirán de frio en el barco salvador. Se registran gestos heroicos, como el del telegrafista que no se cansa de pedir auxilio hasta conseguirlo.O el de  de algunos pasajeros que alientan a sus mujeres, ya en los botes, con la esperanza de un próximo encuentro en Nueva York.
Todavía están a bordo 600 pasajeros, además de los tripulantes. Unos intentan aún la construcción de balsas, echando mano a todo lo que queda ser susceptible de flotar. Muchos se arrojan al agua helada y los más, que se resignan a su suerte, se agrupan alrededor del Capitán Smith para hundirse con el Titanic.
Cuando ya se hallan en el extremo de popa, que emerge cada vez más de la superficie, comienzan a corear el “Mas Cerca de Ti Dios Mío”, canción que la orquesta hace oír como una armoniosa despedida. Son los que van a morir en compañía de los tripulantes del vapor que se han quedado a bordo en cumplimiento de su deber.

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Uno de los violines de la orquesta. Todos los musicos murieron.

NO SE OYE….
Son las 2.20 horas del día 15 de Abril. El Titanic se desliza casi vertical hacia los abismos, mientras estallan sus calderas al invadir el agua las cámaras. Apenas había transcurrido un cuarto de hora, la estación radiotelegráfica de Cabo Race que había multiplicado angustiosamente sus llamadas para indicar a los buques la posición en que se hallaba el Titanic, solo dice: “No se oye al Titanic”.
Lacónico epitafio de uno de los dramas grandes de la historia de la navegación. Al llamado de los patéticos avisos, han acudido los vapores Carpathian, Baltic, Virginian, Parisian, Caronia y Olimpic. Este último gemelo de la nave hundida.
Cuando llegan al lugar del siniestro, el espectáculo es impresionante. En los botes la gente aterrada, se apiña y grita para que los recojan. Y comienza el salvamento.
Con el correr de los días se conoció, con todos sus detalles, el saldo aterrador de la tragedia, en la que se perdió el más grande y lujoso barco de la época, verdadero orgullo de la ingeniería naval británica. Medía 268 metros de eslora y desplazaba 46,382 toneladas. Lo dramático y doloroso, evidentemente, era la cantidad de vidas perdidas.
No valió para nada que, pulgada tras pulgada, los técnicos  revisasen sus especiales cámaras de floración que le acordaban una seguridad indiscutible. La nave había costado 1.250.000 libras esterlinas  y desarrollaba una velocidad de 22 nudos por hora. Tragedia total que conmocionó al mundo.

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