lunes, 26 de octubre de 2015

CAE EL FASCISMO

No era tiempo ya de arengas a los legionarios que iban a combatir a las candentes arenas del desierto africano. Lejos los días jubilosos de Junio de 1940, y más aún el esplendor de las ceremonias en las que se consumó el “pacto de acero”. Hasta Rommel el astuto zorro, era un expulsado más del  continente negro y la guerra había llegado a suelo italiano.
Las columnas acorazadas de Patton avanzaban sin cesar en Sicilia. No pasaba día sin que cayera algún reducto erigido en esperanza por la desesperación. La invasión al propio territorio continental de la península era inminente
Urgía el tomar decisiones rápidas para terminar con el creciente descontento de un pueblo cansado de guerra. Forzado por los mismos acontecimientos, Mussolini no tenía otro recurso que convocar al Gran Consejo Fascista.
Quizás un voto de confianza le permitiera obtener un punto de apoyo y así pactar con el enemigo. Quien había sido capaz de marchar sobre Roma bien podía ahora aplastar al ambicioso Badoglio y a los menguados adversarios que se atrevían a conspirar, minando su autoridad ante el Rey.
Una mañana  comenzaron a llegar los altos jerarcas. Serios, impenetrables saludaron al jefe. En vano, este escudriñó  sus rostros. Sin embargo, aún no sospechaba la traición. Todos los que le tendían la mano en esos momentos se habían comprometido a desalojarlo del poder.

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Mussolini frente a la masa cuando era popular.

NADA DE NADA…
La reunión fue dramática. Nada se había hecho para evitar el desastre de Africa. Nada para evitar los males que, en esos momentos, soportaban las castigadas poblaciones sicilianas. ¡Le acusaban! Tuvo una fugaz reacción. Llamó traidor a su propio hijo político. Por un momento, pareció que su antigua autoridad se restablecería.
Jugó entonces la carta decisiva: era necesario votar a favor o en contra de su gestión. Tras una breve vacilación, fue aceptado este temperamento.  Cada voto fue una confirmación del veredicto establecido de antemano.
Con un gran cansancio, el Duce se levantó de su sitial. No le quedaba otro recurso que presentar su dimisión al Rey. Apenas hubo salido, una comunicación telefónica era atendida por un alto oficial en el palacio real: “Ha salido por ahí”… “Ya saben que su Majestad no quiere violencias…
Breve fue la entrevista con Víctor Manuel. La renuncia es aceptada de inmediato. Al salir de palacio fue informado de que se hallaba arrestado. No hizo el menor ademán  de protesta. Se resignaba a su destino. Poco después, Italia capitulaba ante los aliados. El fin del fascismo había llegado.
A comienzos de Septiembre de 1944, el coronel de los cascos de acero alemanes, Otto Skorzeny, fue llamado al despacho del  Coronel Kurt Student donde recibió esta orden sorprendente: “ Por decisión del Fuhrer, se le ha encomendado la misión de rescatar a Benito Mussolini.

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Manifestaciones en contra y al poco tiempo vino la caída.

EN UN HOTEL
Puede elegir 50 hombres para que le secunden en esa misión. Por esa época, Mussolini que había estado confinado en la Isla  Villa Santa Magdalena se encontraba en el hotel Sports, en Monte Gran Sasso.
Sobre este lugar, Skorzeny efectuó un vuelo de reconocimiento comprobando que no era factible la operación con paracaídas y menos con planeadores, por considerarla demasiado arriesgada. Finalmente, decidió utilizar tres aviones que, el 12 del citado mes, aterrizaban a pocos metros del hotel.
Los guardias, tomados totalmente por sorpresa, opusieron escasa resistencia. Minutos después el jefe de la partida se hallaba en las habitaciones del Duce. Este, sorprendido, temió en un momento por su vida, pero pronto advirtió que se trataba de amigos.
Subió a un avión que tuvo alguna dificultad de partir, pues se había dañado el tren de aterrizaje en el terreno escabroso. Tras un corto vuelo, llegó a Practica de Mare, trasbordando un aparato que lo llevó a Viena.
Se había consumado el más espectacular rescate de ese tiempo, o por lo menos, el que causó más sensación. Tiempo después el ex dictador al frente de un gobierno “republicano” en el norte de Italia.
Era el precio por su salvación: una vez más su socio lo utilizaba con fines políticos. Poco duró ese gobierno. Tanto como la resistencia alemana. Un tiempo más tarde, en la frontera suizo-italiana, las balas de los guerrilleros pusieron fin a su vida aventurera. Se había cerrado el ciclo que comenzara en Roma, 23 años antes, cuando al frente de sus seguidores, entró poniendo condiciones en la Ciudad Eterna.

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